Rusia


Nunca vuelves de un viaje siendo la misma persona. Malo sería que te sucediera lo contrario. Viajar es la mejor forma que encuentras siempre de explicar la Teoría de la Relatividad: el tiempo se concentra en unos pocos días, y al volver has de contenerte antes de abrir la boca y preguntar absurdamente a los demás si todo sigue igual, como si en apenas una semana la vida hubiera podido cambiar tanto para los que se quedan. Eres tú quien ha regresado con una libreta repleta de notas y cientos de ideas burbujeando en la cabeza para esa novela que estás escribiendo y que ya sabes que no será la misma que habrías finiquitado sin recorrerte un continente desde el sur hasta el norte. 
Apenas llevas unas horas de vuelta y la pregunta que más te han hecho es si prefieres Moscú o San Petersburgo. Difícil elección. Cuando vas dejando un rastro de baba ante la interminable sucesión de palacios entiendes, a pesar de la subjetividad de la cuestión, por qué has oído tantas veces que San Petersburgo (o Petrogrado, o Leningrado: el nombre no importa) es la ciudad más hermosa del mundo. Nunca has sufrido las convulsiones de Stendhal al visitar un monumento, ni siquiera en la Santa Croce florentina, pero la emoción de pasear por los salones del Palacio de Invierno de los Romanov se le debe de parecer bastante. Y sólo hablo del edificio, sin mencionar los tesoros que cobija. 
Vale, San Petersburgo es más bonita que Moscú, pero no te ha gustado más. Tampoco menos. Porque Moscú también es única; porque es una de las ciudades donde, como en Berlín, la Historia pesa igual que los monumentos. Lugares en los que no puedes evitar imaginar otra época. En San Petersburgo también pasa. Me refiero a viajar en el tiempo. Es lo bueno de pasear frente al Palacio de Invierno o los muros del Kremlin de Moscú a mediados de noviembre, de madrugada: no hay muchos turistas tan ansiosos de quietud para atreverse a pesar del impagable regalo de tener las dos ciudades para ti solo durante unas horas, como si además de viajar en el tiempo también fueras el último testigo de un mundo desaparecido.

Nota: sería injusto por mi parte, muy injusto, no dejar constancia pública del esfuerzo, la paciencia y el tiempo que ha dedicado Olga Zuzdaleva, mi guía en Rusia, a enseñarme todos los rincones que me apetecía visitar, a contestar sin perder la sonrisa a cada una de las preguntas incómodas que se me ocurrían. Ya lo sospechaba antes de viajar, pero ahora puedo afirmar que, sin su ayuda, ni este viaje ni la novela que terminará de brotar después del mismo habrían sido posibles. Hace tiempo ella compró en España una novela mía porque, aparte de por la trama, le llamó la atención el tranvía lisboeta de la cubierta. Me escribió para contármelo, y cuando se enteró de que viajaba a Rusia se puso en contacto conmigo para ofrecerme su ayuda. Qué extraño que aquella novela que escribí me vaya a posibilitar afinar otra una década después. 
La vida, como apuntaba el protagonista de aquel libro mío que leyó Olga Zuzdaleva, es como una partida de billar: el taco golpea una bola, ésta golpea a otra, y nunca sabes cómo va a terminar la partida.
 © Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2015 

Comentarios

  1. En las dos he estado,Moscú es impresionante y San Petersbusgo algo mágico , así que fue un viaje maravilloso del que tengo muy buen recuerdo .
    El viaje fue un crucero por el Volga de una ciudad a otra algo que no se olvida.
    Así que espero que tu novela nos traslade a estas bonitas ciudades

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    1. Son dos ciudades increíbles, ciertamente. Y en un crucero por el Volga debe de ser algo mágico. Un abrazo,

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