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Mostrando entradas de julio, 2016

Múnich

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Llego al final de una agenda como quien cierra una etapa. El número de cada página anotado en el margen superior hasta llegar a la última, la 244, y apuro las últimas líneas como si no hubiera otro cuaderno intacto esperándome. Este que clausuro ahora me ha acompañado durante los últimos nueve meses en la soledad de mi despacho o en la de la habitación de un hotel, en la mesa apartada de un bar, en un tren o a bordo de un avión (las salpicaduras de tinta, que tan mala pasada te juega cuando falta presión, lo demuestran en más de una página), en ciudades que conocía y en varias que visitaba por primera vez; palabras que me llamaron la atención y otras cuyo significado habría de buscar más tarde en un diccionario; curiosidades, notas para una novela que tengo empezada y otra de la que aún no he escrito una sola frase; una suerte de diario casi siempre incomprensible salvo para mí, como debe ser; apuntes sobre cosas que he leído, he visto o me han contado; gastos de viajes, entradas de e…

Borrar la sonrisa

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Si se te instala una sonrisa en la cara que nadie será capaz de borrar, merece la pena, ya lo creo, recorrer algo más de doscientos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para ir a ver una obra de teatro. No siempre tienes la oportunidad de sentarte en las mismas piedras de las gradas de un teatro donde hace dos mil años se sentaron otros espectadores, como tú, y tal vez también emocionados cuando flameaban las luces de las antorchas antes de empezar la función. Hay cosas que por estar tan al alcance de la mano corremos el riesgo de no darnos cuenta del privilegio que supone disfrutarlas. Alejandro Magno, que se representa esta semana en el teatro romano de Mérida, vale la pena. Eso ya lo he dicho al principio. Pero en un lugar así la función es lo de menos. Es el marco lo que verdad importa. La sonrisa imborrable en la cara, como un niño feliz. La emoción es tan intensa que no te importan los kilómetros recorridos ni los que tendrás que recorrer a la vuelta, ni el tipo tan grande

Truman

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Nunca es fácil el verano. Tampoco éste tendría por qué ser diferente. Estás a punto de salir para un viaje, no muy largo, apenas un día, y cuando llamas a la residencia donde cuidaban de Mowgli el año pasado resulta que no van a abrir, al menos de momento. Mala suerte. Cancelas el viaje, con buen ánimo, y te dices que los problemas están para solucionarlos. Pero no es tan sencillo. Como un ratoncito aplicado buceas en Internet para encontrar un lugar donde puedan acomodar a tu perro, porque ya es verano y el resto de la familia también está lejos y no puede cuidar de él. Miras las fotos de la gente que se anuncia como cuidadores de mascotas, intentas adivinar si tienen un lugar donde tu perro pueda correr, o si lo que está a su espalda es un parque. Mandas correos, llamas a algunos. Están demasiado lejos o las fotos engañan. Vivimos en un piso, te dicen, pero los fines de semana cogemos el coche y nos vamos con los perros al campo. Como el año pasado descubriste un lugar donde lo cui…