La dificultad
Un amigo me preguntaba hace un par de días por mi nueva
novela. Chasqueé la lengua, incómodo, sacudí la cabeza. Ahí ando, le
respondí, que es lo máximo que acostumbro a contar cuando estoy atascado, no
sólo en el trabajo, sino en la vida en general. No suelo dar muchas
explicaciones. Por coherencia, tampoco las pido. Pero Alfonso es un
chaval al que aprecio y me explayé un poco: estoy peleándome con ella,
añadí; ya veremos quién gana... Alfonso, que además es compañero de tatami,
sonreía, convencido de mi victoria mucho más de lo que yo puedo estarlo.
No creo haber escrito nunca un libro, y ya van unos cuantos, sin que la incertidumbre
y el desánimo estén ahí agazapados, esperando a que bajes la
guardia. Aún queda la mitad del trabajo por hacer, pero hay días que me cuesta
avanzar ―el calor y el verano no ayudan― porque se me ocurren o descubro
cosas nuevas y para hacerles hueco he de descartar otras ya escritas y
encajadas. Es un continuo cambio de párrafos estos días, de añadir personajes
nuevos y quitar otros para al día siguiente, tras recapacitar y consultarlo
con la almohada ―este trabajo no es bueno para quienes padecemos episodios
de insomnio―, rescatarlos y volver a colocar en su sitio.
Al final lo consigues, claro. Es la única certeza
que puedes tener en este oficio, lo he dicho más de una vez: por
muchas dudas y por muchas ganas de arrojar la toalla que tengas, al
final sabes que lo conseguirás. Es eso lo que te empuja a continuar. Eso y el amor
propio, la ilusión de hacerlo mejor que la última vez aunque quizá
esa sea la principal dificultad porque cada vez te pones el listón más
alto y la exigencia es mayor ―sí, cada nueva novela, por raro que
parezca, es mucho más difícil de escribir que la anterior―; y también sigues
adelante ―también y quizá sobre todo― porque no quieres decepcionar a los amigos
que creen en ti.
© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2017

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