¿Emoción o análisis?
(Si no habéis visto Juego de tronos y
tenéis intención de verla, no leáis este post. Avisados estáis...)
Muchos espectadores se han sentido decepcionados con
algún episodio de la penúltima temporada de Juego de tronos.
Traicionados, quizá: suelen ocurrir estos disgustos cuando lo venerado no
alcanza las expectativas. Yo no me encuentro entre ellos, ni siquiera porque el
colmillo se me haya retorcido irremediablemente de tanto inventar historias. Juego
de tronos cada vez me gusta más, y esta temporada que concluyó el otro
día es de las que más he disfrutado. Sí, vale, las elipsis son tramposas y todo
el mundo no tiene por qué hacer la vista gorda. Pero me puede la emoción de lo
que va a pasar aunque lo intuya, o quizá, precisamente, porque lo intuya. Adoro
a la mayoría de los personajes, y los que se me atragantan acaban desapareciendo como
merecen. También han desaparecido muchos que habrían merecido mejor suerte,
pero quién ha dicho que la ficción tenga que ser justa si la vida no lo es. Jon Nieve es
demasiado noble, de acuerdo, pero a lo mejor hacía falta alguien que tomara el
testigo del ya lejano y tal vez olvidado Luke Skywalker. Si las niñas Stark han
sufrido tanto, ¿cómo no vas a perdonarles su frialdad? Jamie Lannister
era un hijo de puta que empezó a caerme bien cuando le cortaron una
mano, y esta temporada me he revuelto un par de veces en el sofá para que no se
lo cepillara el aliento de un dragón o su hermana vengativa. Me encanta cuando
se tapa la mano ortopédica de oro y se marcha solo, esperemos que al peligroso
norte, para terminar de redimir sus pecados. Desde
la primera temporada, mi favorito es Tyrion, el enano cínico (la
ironía, dicen, no es sino amargura destilada): fascinante cuando observa la
batalla y murmura a su hermano que se largue aunque el Matarreyes ni
siquiera sepa que está allí; fascinante también el diálogo con Cersei en
el último episodio. Y ese dragón zombi demostrando que a la hora de la
verdad los muros no sirven de nada; y Jon Nieve llamando a la puerta de Daenerys...
Yo prefiero disfrutar de todo eso sin preocuparme de los tiempos acortados o de
las distancias imposibles de recorrer. Es como ir a un concierto y malgastar el tiempo buscando los
fallos de cada músico en lugar de disfrutar del espectáculo. El exceso de
análisis te impide pasarlo bien, me temo. Puede que no tenga razón, pero es que
nunca he servido para crítico. Y cuando me emocionan soy capaz de perdonarlo
casi todo.

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