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Mostrando entradas de 2018

Buenas cartas, malas cartas

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Ni siquiera conocía su nombre, pero sabía que si no lo encontraba se convertiría en una culpa que se queda a vivir contigo para siempre, esas que, los que tenemos una memoria demasiado buena, no podemos arrinconar, más bien al contrario, cuanto más lo intentas salen a la superficie para recordarte, una y otra vez, lo imbécil que fuiste o lo fácil que hubiera sido hacer las cosas bien. El centro de Madrid está lleno de mendigos, sobre todo cuando se encienden las luces del esqueleto de abeto en la Puerta del Sol y un hormiguero de gente circula desde Callao hasta la calle Mayor, los vendedores de lotería cantan los números de Doña Manolita y las sirenas de policía aúllan un rato sí y un rato también para abrirse paso entre la multitud. Una de esas mañanas, bien temprano, a esas horas en las que todavía se puede caminar por el centro de Madrid en vísperas de Navidad, vi al mendigo en la acera. Supongo que me fijé en él porque había un perro a su lado. Me conmueven por igual esos pe...

¿Cuándo vas a ganar el Planeta?

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Algún día ganarás el premio Planeta . Te lo digo yo, que sé de lo que hablo. Si cada vez que he escuchado esta frase me hubiesen dado un euro, os aseguro que, después de tantos años, ya tendría en mi cuenta los seiscientos mil  que ayer se embolsó Santiago Posteguillo . Me lo decían cuando pergeñaba mis primeras novelas, o cuando gané mi primer certamen literario , hace casi veinte años. He asentido con paciencia y aburrimiento cuando me lo han soltado, a menudo al recoger algún premio de narrativa breve , o cuando publiqué La clave Pinner . En 2011, lo conté aquí, alguien sugirió mi nombre entre los finalistas antes de que se fallara el premio Planeta , salió en la prensa y mi teléfono se colapsó de llamadas de amigos preguntándome si de verdad estaba en Barcelona encerrado en la habitación de un hotel esperando a que se hiciera público el resultado de la votación . Y eso que ni siquiera me había presentado. Unas veces me hace gracia que me lo pregunten, otras, la mayoría, me...

El placer de empezar

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Aún no tengo claro el destino de la novela que terminé hace poco, pero desde antes de finiquitarla garrapateo cuadernos, me descubro parado en mitad de un paseo, o al volante, o bajo el grifo milagroso de la ducha pensando algún detalle, a menudo un instante nítido de otra historia todavía demasiado borrosa, apenas el embrión de una larga gestación. Hace muchos años, cuando terminaba de escribir una novela, me inquietaba no ser capaz de empezar otra, pero aprendí que en este oficio la experiencia sólo sirve para saber que al final siempre se te ocurrirá algo y que, por muy difícil que se antoje la tarea, sabes que serás capaz de acabar una nueva novela, con mejor o peor fortuna, pero al menos lograrás la satisfacción de concluirla. Aprendes también que la experiencia no facilita las cosas y a menudo ―casi siempre, en realidad― ocurre justo lo contrario porque cada vez es más difícil no repetirte, no aburrirte y, por añadidura, no aburrir a tus lectores. Le doy muchas vueltas a l...