La felicidad de la tierra
Hay un libro de Manu Leguineche
cuyo título recuerdo a menudo: La felicidad de la tierra. Lo tuve
en mis manos, hace muchos años, cuando se publicó, pero no lo compré. Luego lo
he visto alguna vez en puestos de saldo, creo que se ha reeditado hace poco. Al
final acabaremos encontrándonos, seguro. Paseo tanto por el campo andaluz
que el título del libro adquiere una resonancia especial, un significado puede
que distinto al que quieren expresar sus páginas, pero me da lo mismo. Hace muchos
años, cuando empecé a publicar, algunos amigos me sugerían que me fuese a vivir
a Madrid, o a Barcelona. No digo que no tuvieran razón. En Madrid,
argumentaban, parte de tu trabajo sería acudir a saraos literarios,
dejarte ver, conocer a otros escritores, editores, gente de eso
tan confuso y engañoso llamado mundillo literario. Pero nunca lo hice,
ni siquiera me lo planteé. No sé si obré bien o mal, pero no me gusta alternar,
y mucho menos me gusta pasar la mano por el hombro a nadie, ni que me la
pasen o me hagan la pelota. Tampoco sé hacerlo. La pelota, quiero decir.
Paseo estos días de invierno
con mi perro y no me cambiaría por nadie. Durante las horas centrales el
sol apunta a la primavera, aunque falta tanto todavía, y el aire
que sale de la tierra recién roturada tiene una deliciosa
consistencia húmeda. Dan ganas de tumbarte, cerrar los ojos y apretar los
puños para triturar los terrones. Los olores que disfrutaste de niño
te mantienen atado a un lugar, aunque no te hayas dado cuenta: el de la tierra
recién arada, el de la hierba mojada, el aroma impagable del azahar
cuando llega la primavera en el sur de España; el olor de Mowgli:
a veces cierro los ojos, hundo la nariz en su pelo y es igual que viajar cuarenta
años atrás, cuando el mejor momento del día era volver del colegio
y jugar con mis perros. Tal vez uno se pasa la vida buscando al niño que fue. Pocas
cosas me gustan más que viajar, conocer lugares nuevos o volver a visitar los
que disfruté, pero soy consciente, y lo soy cada vez con más intensidad, de que
mi sitio está aquí, por mucho que, como a un querido amigo ―Nico Gallardo:
si no sabéis quién entonces es que esta última reflexión no es para vosotros,
no os preocupéis―, me incomoden los tópicos del sur, sobre todo cuando se cumplen.
© Andrés Pérez Domínguez, enero
de 2018

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