El mejor lector



Suelo acotar mis periodos vitales entre efemérides, casi siempre personales. Hace diecisiete años puse el punto final a La clave Pinner y ahora, pocos días después de haber finiquitado una nueva novela con el mismo protagonista, mi querido Gordon Pinner, no es raro que me pare a mirar estas dos décadas mal contadas, desde la recién rebasada barrera de los treinta hasta los no tan lejanos cincuenta. Mucho antes de la primavera de 2001 había tomado la decisión de entregar mi vida a un oficio tan desconocido como estimulante. Casi veinte años después, aún me sigue pareciendo un oficio extraño y más complicado todavía el negocio de los libros. No recuerdo si todo ha sido como lo imaginé porque no recuerdo muy bien lo que imaginé. Supongo que ha sido diferente, simplemente. Siempre lo es. Pero estos días recuerdo con gran intensidad la sensación al terminar La clave Pinner. Antes de empezar esa novela había escrito muchos relatos cortos y varias novelas breves. Algunos de estos textos tuvieron la suerte de ser premiados en certámenes con más o menos prestigio y eso me animó a seguir escribiendo. Escribir una novela larga era igual que adentrarme en un territorio desconocido, dejar muy atrás la seguridad de la costa y un día, al anotar la distancia recorrida, sentir el vértigo de no haber llegado nunca tan lejos y que, a esas alturas del viaje, lo más sensato es seguir navegando hasta encontrar la otra orilla. Quizá sea eso lo mejor que he aprendido estos años: que por muchas tormentas, por muchas ganas de volver, incluso aunque no sople el viento, si eres capaz de seguir al timón, al final  la aventura habrá merecido la pena. Aprendes también a no tener prisa: prisa por terminar la novela y cierta ansiedad por que llegue a los lectores. En la escritura, como en la vida, es importante saber diferenciar entre las cosas que dependen de ti y las que no. Que otros la conozcan no depende de ti. Que otros se interesen por ella, tampoco. En realidad, es sólo una novela: que para ti sea un tesoro no significa que los demás deseen abrir el cofre. Al cabo, sabes que basta con que un lector muy querido, el más querido de todos, el más exigente, el más duro, el que sabes que jamás te regalará nada pero también el más justo, te cuente su entusiasmo (no puedo dejar de leer, cada capítulo me lleva al siguiente... ), te confiese cuánto está aprendiendo, a sus años. Sólo los grandes de verdad son tan humildes. Tan generosos.
Creedme. Sé de lo que hablo.


© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2018

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