¿Cuándo vas a ganar el Planeta?


Algún día ganarás el premio Planeta. Te lo digo yo, que sé de lo que hablo. Si cada vez que he escuchado esta frase me hubiesen dado un euro, os aseguro que, después de tantos años, ya tendría en mi cuenta los seiscientos mil que ayer se embolsó Santiago Posteguillo. Me lo decían cuando pergeñaba mis primeras novelas, o cuando gané mi primer certamen literario, hace casi veinte años. He asentido con paciencia y aburrimiento cuando me lo han soltado, a menudo al recoger algún premio de narrativa breve, o cuando publiqué La clave Pinner. En 2011, lo conté aquí, alguien sugirió mi nombre entre los finalistas antes de que se fallara el premio Planeta, salió en la prensa y mi teléfono se colapsó de llamadas de amigos preguntándome si de verdad estaba en Barcelona encerrado en la habitación de un hotel esperando a que se hiciera público el resultado de la votación. Y eso que ni siquiera me había presentado. Unas veces me hace gracia que me lo pregunten, otras, la mayoría, me resulta indiferente, pero confieso que en ocasiones me molesta. Al principio, era como si la obligación de un chaval que acaba de debutar en primera división fuese ganar el Balón de Oro. Como si te exigieran ser Messi o Cristiano Ronaldo porque se te daba bien manejar una pelota con los pies. Los premios literarios son otra cosa, ya lo sé, y ningún premio, planetario, sideral o comarcal, significa la máxima gloria que un escritor pueda alcanzar porque, además, a menudo la literatura y los laureles circulan por caminos diferentes. Pero no estoy hablando de eso. La mayoría de las veces te lo dicen con la ingenuidad de que quien no conoce el negocio de los libros,  pero también detectas, aunque son minoría -o no-, un tufillo a condescendencia. Incluso lo asumen como una obligación de la que no puedes escaquearte: oye, Andrés, a ver cuándo ganas el Planeta. Y sonríes para cambiar de tema, o te encoges de hombros.
Me gusta lo que hago, creo que no se me da mal y me va bien en mi oficio. Peor me iría si  la meta fuese ganar premios. A nadie le amargan seiscientos mil euros, claro que no, ni la promoción que suponen, pero también se puede vivir bien y ser razonablemente feliz sin que te toque la lotería. En realidad, lo que suceda desde el momento en que entrego una novela a mi agente me compete muy poco. Y, sinceramente, cada vez me preocupa menos. Creo que hasta que empecé a escribir Los dioses cansados no me sacudí de encima cierto lastre que me acompañaba desde que me sumergí en el primer borrador de La clave Pinner. Un cuarto de siglo atrás me debatía entre la angustia –legítima, pero desaconsejable de no saber si algún editor estaría lo bastante loco para confiar en un escritor desconocido y la ilusión de quien se adentra en un territorio donde todo está por descubrir. Después de publicar aquella primera novela me preguntaba si sería capaz de mantenerme en el oficio. Me estimulaba la incertidumbre, pero también me esforzaba en mantener a raya la presión que me provocaba que una editorial hubiese apostado claramente por mí y se gastase tanto dinero en llevarme de ciudad en ciudad para dar a conocer el libro. Escribí otra novela, y otra más. Las dos encontraron acomodo y fueron convenientemente promocionadas, distribuidas y leídas. Luego, entre otros muchos textos, parí una novela que acabó ganando un premio prestigioso y llegó a muchos lectores, pero, como las expectativas crecían, también aumentaba la presión. Nunca es suficiente. Siempre hay algo más, algo que tú quieres o que los demás esperan que pase. Hasta que un día dejó de importarme: disfrutaría de lo que hacía, como siempre disfruté desde el principio, pero cada vez más convencido de que muy poco de lo que pase tras poner la palabra fin depende de mí. Así que, si volvéis a preguntarme por el Planeta, o por el Nobel, o si me decís, aunque sea con cariño, que dentro de nada seré tan famoso como el maestro Pérez-Reverte, o que mis libros os gustan más que los de Ken Follet, entenderéis que os cambie de tema.


© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2018

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