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El tío Gilito del tinto de verano

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Soy todo lo contrario a un gourmet. Lo he dicho muchas veces y además puedo demostrarlo. Cuando el camarero descorcha una botella de vino, sirve un poco en mi copa y espera con solemnidad a que lo pruebe, siempre le digo que no hace falta, que estará bueno. Para qué perder el tiempo. Por suerte tengo buenos amigos que saben bastante más de vinos que yo —de vino y de muchas otras cosas— y me dejo aconsejar. El otro día, sin ir más lejos, Rafa y yo liquidamos un par de botellas de un excelente vino italiano. Habrían sido tres de estar Juan, pero Juan andaba en otros menesteres y tampoco me voy a poner a contar su vida. A lo que iba: el otro día fui al supermercado a comprar tinto de verano. Me gusta el tinto de verano. Ya sé que estamos en septiembre y que las vacaciones se han acabado, aunque yo todavía no las haya empezado, pero con el termómetro a cuarenta grados considero que, mientras se pueda freír un huevo sobre el capó del coche, todavía conservo el derecho a beber lo que me dé l...

El último rincón

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Fui un niño solitario y feliz. Quiero creer que ahora soy un adulto solitario que no ha dejado de ser un niño y también, en la medida de lo posible,  feliz. Una de las ventajas de haber sabido desde muy pronto estar solo es la capacidad de aguantarte a ti mismo, que no es poco. Mucha gente necesita escapar de los demás y sobre todo escapar de sí misma, que se parece bastante al espanto por estar solo. Cada uno es como es y mis respetos para cada cual, sólo faltaría. Pero como sólo soy un experto en mí mismo, y a menudo me asaltan las dudas sobre eso, puedo afirmar que siempre he encontrado un rincón para refugiarme cuando las cosas se ponen feas . No tiene por qué ser un sitio, aunque ayuda, claro. A veces bastaron los libros y las películas. Todavía siguen bastando, y que dure. Otras, los dibujos, dar largas caminatas o perderme unos días. Durante buena parte de mi vida fue el karate, ahora también lo es el yoga; o la bici. Y escribir, claro. Escribir , sobre todo, por muy cansa...

Farmear aura

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Enclaustrado como llevo desde finales de junio, hay días en los que mis conversaciones se reducen a soliloquios donde las expresiones habituales son «no me gusta», «es demasiado esquemático», «esto es demasiado literario», «este párrafo está demasiado seco», «este es demasiado bonito», «aquí sobra una frase», «aquí falta algo, pero no sé qué» o “con la de cosas que se te habrían podido ocurrir, se te ha ocurrido volver a escribir una novela, chaval”. Uno gasta las horas discutiendo consigo mismo y con gente que no existe más que en su cabeza, pero la vida sigue su curso al otro lado de la ventana. Sales a comprar, ves a la familia, haces deporte para que el cuerpo no termine adoptando para siempre la forma de la silla, pero poco más. Y entonces un día asomas la cabeza ahí fuera y descubres que, durante tu ausencia, la humanidad ha inventado otra cosa. Ahora resulta que se puede farmear aura. Me enteré ayer en la radio porque soy de los antiguos que todavía la escuchan. Otro neologismo....

Ruido

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Me puse el reto de terminar el primer borrador antes de que acabara agosto. No por nada en particular, sino por probarme a mí mismo, otra vez, otra de tantas, porque de cuando en cuando me gusta demostrarme que soy capaz. Y porque pocas cosas me motivan más que cuando me dicen que algo no es posible. Entonces se me activa una especie de mecanismo infantil que responde: ¡¿Cómo que no?! Y ahí es cuando se lía todo. Felizmente, digo. Han sido dos meses sin parar, muchas horas todos los días, sin descansar ni uno solo. Al final nunca sé muy bien por qué lo hago si a estas alturas de la película no creo tener nada que demostrar, y mucho menos a mí mismo, pero la vocación es eso: escribir no es más que sentarte todos los días, incluso cuando no tienes ganas, cuando no sale, cuando estás cansado o cuando preferirías hacer cualquier otra cosa. Que no os cuenten milongas. Todo lo demás es ruido. Mi nueva impresora acaba de escupir un borrador de quinientas diecinueve páginas en veinticinco capí...

Los escritores no somos gente honrada

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A los escritores no se nos puede contar nada. Conviene saberlo antes de sentarse con uno a tomar café, confiarle una desgracia familiar, una infidelidad, ese episodio vergonzoso durante las vacaciones o una frase pronunciada hace treinta años y que todavía recordamos. La vida de nadie está del todo a salvo de lo que escribimos. Pensaba en esto hace unos días al ver una noticia sobre Natalie Portman. La actriz, a la que yo tenía un poco desaparecida aunque recuerdo unas cuantas películas estupendas en las que salía, anda enfangada en una polémica literaria por Life of M , la nueva novela de Rachel Cusk. No he leído nunca a Cusk, así que poco puedo decir de ella, pero al parecer su protagonista guarda suficientes semejanzas con Portman como para que mucha gente haya decidido que es Portman aunque se llame M. A partir de ahí viene todo lo demás: dónde termina la ficción, dónde empieza la vida de una persona real y hasta qué punto basta cambiar un nombre para que alguien deje de ser quien ...

El final del verano

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Los últimos días de agosto el aire tiene una consistencia distinta. Más fría, más agradable, como de clausura, de lo que empieza a recogerse aunque nadie lo haya ordenado todavía. No siempre la meteorología tiene la delicadeza de ponerse de acuerdo con el calendario, y lo cierto es que al verano le quedan aún varias semanas, pero ya lo sabemos: el verano termina ahora. Todo lo demás es marear la perdiz. Se nota en el tráfico, en la gente que ha vuelto, en las ciudades que recuperan poco a poco su aspecto habitual y en la dificultad para aparcar. Agoniza agosto y me acuerdo de Verano Azul, de María Garralón llorando y de la canción El final del verano , sonando mientras la lluvia golpea los cristales. Creo que Chanquete ya había muerto y creo también que era el último capítulo, y aunque podría comprobarlo prefiero no hacerlo. Quizá la pintora lloraba en otro episodio porque la tormenta le traía malos recuerdos. Pero no siempre conviene estropear la memoria al contrastarla con los hechos...

El último servicio

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Esta vieja amiga ha impreso todos mis textos desde 2009. Aunque soy de letras, si las cuentas no me fallan son ya diecisiete años juntos. Soy bastante inmune a los avances tecnológicos, sobre todo cuando implican jubilar un trasto que todavía funciona, aunque sea a trompicones. La impresora protestaba, a menudo se atascaba, a veces echaba humo —literalmente— y rara es la vez durante los últimos años que tras imprimir un texto largo no he terminado manchado de tóner y con pinta de haber pasado la tarde en una carbonería.  Sospecho que cada vez que imprimía una novela ella deseaba que este fuera su último servicio y por fin disfrutaría de una jubilación más que merecida. También, cuando termino una novela, suelo jurarme que no volveré a remar en galeras mientras la vida sucede al otro lado de la ventana. Pero no es menos cierta la sospecha de que mi vieja amiga, que me conoce tan bien como cualquiera que haya pasado tanto tiempo a mi lado ― ninguna mujer ha durado tanto, ahora que ca...