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El final del verano

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Los últimos días de agosto el aire tiene una consistencia distinta. Más fría, más agradable, como de clausura, de lo que empieza a recogerse aunque nadie lo haya ordenado todavía. No siempre la meteorología tiene la delicadeza de ponerse de acuerdo con el calendario, y lo cierto es que al verano le quedan aún varias semanas, pero ya lo sabemos: el verano termina ahora. Todo lo demás es marear la perdiz. Se nota en el tráfico, en la gente que ha vuelto, en las ciudades que recuperan poco a poco su aspecto habitual y en la dificultad para aparcar. Agoniza agosto y me acuerdo de Verano Azul, de María Garralón llorando y de la canción El final del verano , sonando mientras la lluvia golpea los cristales. Creo que Chanquete ya había muerto y creo también que era el último capítulo, y aunque podría comprobarlo prefiero no hacerlo. Quizá la pintora lloraba en otro episodio porque la tormenta le traía malos recuerdos. Pero no siempre conviene estropear la memoria al contrastarla con los hechos...

El último servicio

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Esta vieja amiga ha impreso todos mis textos desde 2009. Aunque soy de letras, si las cuentas no me fallan son ya diecisiete años juntos. Soy bastante inmune a los avances tecnológicos, sobre todo cuando implican jubilar un trasto que todavía funciona, aunque sea a trompicones. La impresora protestaba, a menudo se atascaba, a veces echaba humo —literalmente— y rara es la vez durante los últimos años que tras imprimir un texto largo no he terminado manchado de tóner y con pinta de haber pasado la tarde en una carbonería.  Sospecho que cada vez que imprimía una novela ella deseaba que este fuera su último servicio y por fin disfrutaría de una jubilación más que merecida. También, cuando termino una novela, suelo jurarme que no volveré a remar en galeras mientras la vida sucede al otro lado de la ventana. Pero no es menos cierta la sospecha de que mi vieja amiga, que me conoce tan bien como cualquiera que haya pasado tanto tiempo a mi lado ― ninguna mujer ha durado tanto, ahora que ca...

Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Eclipse II

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A las seis de la mañana estoy tecleando con la furia incombustible del conejito de Duracell. Me he despertado muy temprano y ya no consigo dormir. Tengo los ojos como si me los hubieran frotado con papel de lija porque me acosté tarde tras cenar con un puñado de viejos amigos.  Toca acompañar al hospital y a media mañana ya estoy en la sala de espera. Serán, como siempre, muchas horas por delante y también la puñetera incertidumbre con la que aprendes a vivir, no queda otra, cuando las cosas no dependen de ti. Atravieso la hora del almuerzo, indiferente, leyendo un poco. El menú de la cafetería no me estimula, pero tampoco me arranca un lamento por no comer. Hace tiempo que, para sobrellevar estos días tan largos, me acostumbré a una pequeña recompensa: cuando vuelvo a casa me doy un homenaje. No es gran cosa. Me conformo con poco. Sólo hay que esperar. Al final todo llega. Aunque sea de forma extemporánea. Pasan de las seis de la tarde cuando aparece, por fin, el momento del hogar...

Eclipse

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Los eclipses me encantan en las novelas o en las películas. Mi favorito es cuando Hank Morgan, el protagonista de Un yanqui en la corte del rey Arturo , se salva de ser quemado vivo en el último momento porque anticipa un eclipse de sol y consigue que los brutos caballeros de la Tabla Redonda le perdonen la vida. Algo parecido ocurre en Apocalypto , la espléndida película de Mel Gibson: el eclipse interrumpe un sacrificio en lo alto de la pirámide y a partir de ahí empieza lo bueno. Y luego está la historia, la de verdad. La de Cristóbal Colón. En 1504, durante su cuarto viaje, cuando se encontraba varado en Jamaica, los indígenas habían dejado de suministrar comida a los españoles. Colón sabía que iba a producirse un eclipse lunar y utilizó sus tablas astronómicas para anunciarles que su dios estaba enfadado y que la Luna desaparecería como castigo. Cuando el eclipse comenzó los indios se asustaron y volvieron a alimentarlos. Colón era un tipo la mar de astuto, vaya que sí. No dudo qu...

La singladura

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A partir de un momento dejas de ver la orilla. Y entonces, si te gusta navegar, empieza lo mejor. Quizá porque hacía demasiado tiempo que no me alejaba tanto, no recordaba cuánto me apetecía ponerme al timón y perder de vista la costa. La línea de tierra desapareció hace ya muchas páginas y llegó ese cosquilleo que sólo produce la incertidumbre. No miedo, sino esa mezcla de inquietud y entusiasmo que uno siente cuando comprende que ya no controla del todo el viaje. Eso le añade interés. Mientras todavía distingues la playa de la que has zarpado siempre existe la tentación de regresar, de corregir el rumbo, de decirte que aún estás a tiempo de abandonar la aventura. Pero un día ya no queda tierra a la vista. Sólo agua. Agua por delante y agua por detrás. Y ese cosquilleo, sí; esa mezcla de vértigo e ilusión.  Admiro a quienes levantan un plano detallado antes de poner la primera palabra y saben todo lo qué ocurrirá en cada capítulo, pero nunca he sido un escritor de mapas minuciosos...

Blokecore

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Fue también en verano, hace ya muchos años, si no veinte casi, cuando aquellas colas interminables para comprar un teléfono carísimo antes incluso de que saliera a la venta. Debía de ser el primer iPhone. Tendría que buscarlo para confirmar la fecha, pero me da mucha pereza y además el dato importa menos que la imagen: miles de personas aguardando durante horas para hacerse con un  cacharro que estaba a punto de salir y ya se antojaba imprescindible. Hoy mismo volví a ver una escena parecida en el telediario. No era por un teléfono, sino por la nueva camiseta de la selección española, la primera en la que ya podremos lucir las estrellas de los dos Mundiales. La cola era en una tienda de la Gran Vía madrileña. El precio, nada simbólico: cien euros la de adulto, setenta y cinco la infantil y ciento cincuenta la versión Authentic , a saber: la misma que utilizan los jugadores. La blanca todavía no está a la venta. Miedo me da cuando eso suceda. Cada generación tiene derecho a sus prop...