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Vicios ocultos (segunda temporada)

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Algunos finales deberían prohibir una segunda temporada. El de  Vicios ocultos  pertenece a esa categoría, pero quién se resiste al sonido de las monedas cayendo en la máquina cuando sabe que basta pulsar otra vez el botón. A pesar de la prevención por no malbaratar el buen sabor de boca de la primera, empiezo con mucha curiosidad, y ganas, la segunda. La disfruto, sobre todo porque no quiere parecerse a la primera, porque intenta ir un poco más allá. No debió de ser una tarea fácil para los creadores, pero ese Gastby moderno con ecos de Tom Ripley que interpreta el guaperas de James Marsden (el Cíclope, para quienes vimos  X Men ) es un hallazgo para quitarse el sombrero. Me sobra el último episodio. Aunque entiendo que no quiere sino impulsar la trama hacia la tercera temporada, que ya parece estar en camino, me dieron ganas de levantarme y pedir la hoja de reclamaciones si no fuera porque yo en lugar de pedir la hoja de reclamaciones prefiero golpear con discreción la ...

El Padrino

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Escúchalo bien, Michael. No por lo de Tessio y la entrevista con Barzini. Eso saldrá bien. Con una jugada maestra vas a ventilarte a todos tus enemigos mientras en el bautizo pones cara de no haber roto un plato. Hasta al malnacido de tu cuñado te vas a quitar de en medio. Me refiero a lo que te dice sobre cuánto le entristece haberte endosado este marrón tan grande. Tú ibas para otra cosa: héroe de guerra, abogado honrado, yerno perfecto… Qué sé yo. Pero ese poli corrupto te partió la mandíbula después de que demostrases lo que tenías entre las piernas en la puerta del hospital. Ahí, cuando vi cómo no te temblaba la mano al encenderle el pitillo al tipo que venía a visitar a tu padre, comprendí que eras uno de esos héroes a quienes no les queda más remedio que serlo. Después de aquello a quién le iba a sorprender que te cargases al poli y al Turco durante la cena. Escucha bien a tu padre, insisto, porque todo lo que dice es verdad. Le habría gustado algo mejor para ti. No te va a serv...

Stallone

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Ochenta castañas le cayeron ayer a Stallone. Ochenta, sí. Una detrás de otra.  Hace tiempo me topé con un vídeo muy revelador en las redes sociales: el actor bajaba de un coche y docenas de adolescentes hacían cola para retratarse junto a él. Como este año se cumple medio siglo del estreno de la primera de  Rocky   y  Acorralado  llegó a los cines seis años después, ninguno de ellos había nacido, ni era un proyecto siquiera, cuando Stallone era Stallone. Tiene mérito, mucho. Yo, sin ir más lejos, no vi la primera de  Rocky  hasta diez años después y si alguna mujer no ha estado a mi lado el tiempo suficiente para sentarse a verlas todas conmigo no puedo adjudicarle la categoría de novia con todas las letras. O con mayúscula, si lo preferís. Ver ganar un combate al Potro Italiano nunca me ha hecho llorar, pero no soy capaz de ver el momento de la quinta entrega donde el boxeador arruinado recuerda el día que Mickey le regaló un colgante que perteneció a...

Correr

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Soy capaz de pasarme horas sobre un tatami practicando karate, otro tanto me ocurre con el yoga, el tiempo se me escapa caminando y disfruto pedaleando por el campo o sobre una bici estática, pero odio correr. Me ha pasado siempre, pero como envidio a quienes les basta enfundarse unas zapatillas y tirar kilómetros para disfrutar, de cuando en cuando me digo que he de encontrar el modo de divertirme. Tanta gente no puede estar equivocada, creo. Llevo muchos años con esa lucha, sin rendirme. La semana pasada volví a intentarlo en la vieja cinta de trotar que regalé a mis padres hace diecinueve años. Ellos ya no pueden usarla y yo, por alguna razón, acostumbro a elegir el camino más difícil. Si fuera fácil no tendría mérito, me gusta decir. Es como cuando alguien me advierte que algo no es para mí y respondo “¡¿Cómo que no?!”. Más de una novela empezó así. También algunas de las historias más bonitas de mi vida (esas, de momento, me las quedo): alzando una ceja, con aplomo o fingiéndolo, ...

Maricón el último

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Maric ón el ú ltimo es una de esas expresiones  que uno deja de oír y años después regresan a la memoria con la misma nitidez con la que uno recuerda el olor de los pupitres o las gomas Milan.  Las reglas eran sencillas: echar a correr. El último cargaba con el título. Nadie se preguntaba qu é  tenía de malo ser maricó n. Lo importante era no llegar el último. Nos reíamos mucho con los chistes de mariquitas. Seguimos riéndonos, me temo.  Yo pertenecía a la cofradía de los raros, pero sostener que por eso era un adolescente ilustrado que cuestionaba aquellas actitudes sería faltar a la verdad.  Al cabo, y aunque no nos guste, somos  hijos de nuestro tiempo. Pero las bromas tienen una curiosa asimetría: el humor pertenece a quien lo cuenta; la ofensa, a quien la recibe. Y no siempre coinciden. Por eso me molesta mucho ese argumento de quien después de soltar algo sin pensarlo un par de veces, cuando te enfadas te dice que no se te puede decir nada. Los bocach...

Despistado sin genio

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  Sostener que uno es un genio despistado tiene prestigio. Queda elegante,  incluso  romántico,  imagina r  a un sabio caminando con el pelo revuelto mientras resuelve los misterios del universo y se olvida de dónde ha dejado las llaves.  Ya me gustaría, aunque no pasee por una avenida jalonada de tilos (ay, esos aficionados a la filosofía), pero pertenezco a otra cate goría bastante menos glamurosa, lamento decepcionarios: l a del idiota despistado.  Lo del pelo revuelto no tiene arreglo, me temo. Los  lectores pata negra quizá  recordarán que el verano pasado me dejé un brasero encendido durante varios días.  Ya veis :  los científicos dejándose los sesos para  explicar  del  calentamiento global  y  la explicación  estaba en mi casa.  Menos mal que  alguien  señaló el brasero con una mezcla de estupor y compasión . De no haberlo descubierto quizá yo me habría ahorrado docenas de proble...

Más madera

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  Hace dos décadas pasé mucho tiempo investigando la vida del tipo que popularizó la  relatividad . Lo pasé bien, viajé a varios lugares inolvidables en buena compañía y ,  tras descubrir muchas de sus debilidades como ser humano y hablar con gente que lo trató, Albert Einstein acabó cayéndome simpático.  Me gusta la gente que vive y se la juega, que acierta y se equivoca.  Cuánta razón tenía  ese tipo: e l tiempo es  elástico . Cinco minutos  junto a una mujer estupenda  desaparecen sin dejar rastro. Cinco minutos en una oficina puede n durar un cuarto de siglo. Salgo de la de   la  asistente social  preguntándome si Larra también estuvo aquí.   A pesar de  los ordenadores, las fotocopiadoras y las pantallas táctiles,  Vuelva usted mañana  continúa siendo un manual  de sorprendente vigencia . La escena comienza  incluso antes de empezar.  Despu é s de u n mes esperando la cita, me siento ...