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Stallone

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Ochenta castañas le cayeron ayer a Stallone. Ochenta, sí. Una detrás de otra.  Hace tiempo me topé con un vídeo muy revelador en las redes sociales: el actor bajaba de un coche y docenas de adolescentes hacían cola para retratarse junto a él. Como este año se cumple medio siglo del estreno de la primera de  Rocky   y  Acorralado  llegó a los cines seis años después, ninguno de ellos había nacido, ni era un proyecto siquiera, cuando Stallone era Stallone. Tiene mérito, mucho. Yo, sin ir más lejos, no vi la primera de  Rocky  hasta diez años después y si alguna mujer no ha estado a mi lado el tiempo suficiente para sentarse a verlas todas conmigo no puedo adjudicarle la categoría de novia con todas las letras. O con mayúscula, si lo preferís. Ver ganar un combate al Potro Italiano nunca me ha hecho llorar, pero no soy capaz de ver el momento de la quinta entrega donde el boxeador arruinado recuerda el día que Mickey le regaló un colgante que perteneció a...

Correr

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Soy capaz de pasarme horas sobre un tatami practicando karate, otro tanto me ocurre con el yoga, el tiempo se me escapa caminando y disfruto pedaleando por el campo o sobre una bici estática, pero odio correr. Me ha pasado siempre, pero como envidio a quienes les basta enfundarse unas zapatillas y tirar kilómetros para disfrutar, de cuando en cuando me digo que he de encontrar el modo de divertirme. Tanta gente no puede estar equivocada, creo. Llevo muchos años con esa lucha, sin rendirme. La semana pasada volví a intentarlo en la vieja cinta de trotar que regalé a mis padres hace diecinueve años. Ellos ya no pueden usarla y yo, por alguna razón, acostumbro a elegir el camino más difícil. Si fuera fácil no tendría mérito, me gusta decir. Es como cuando alguien me advierte que algo no es para mí y respondo “¡¿Cómo que no?!”. Más de una novela empezó así. También algunas de las historias más bonitas de mi vida (esas, de momento, me las quedo): alzando una ceja, con aplomo o fingiéndolo, ...

Maricón el último

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Maric ón el ú ltimo es una de esas expresiones  que uno deja de oír y años después regresan a la memoria con la misma nitidez con la que uno recuerda el olor de los pupitres o las gomas Milan.  Las reglas eran sencillas: echar a correr. El último cargaba con el título. Nadie se preguntaba qu é  tenía de malo ser maricó n. Lo importante era no llegar el último. Nos reíamos mucho con los chistes de mariquitas. Seguimos riéndonos, me temo.  Yo pertenecía a la cofradía de los raros, pero sostener que por eso era un adolescente ilustrado que cuestionaba aquellas actitudes sería faltar a la verdad.  Al cabo, y aunque no nos guste, somos  hijos de nuestro tiempo. Pero las bromas tienen una curiosa asimetría: el humor pertenece a quien lo cuenta; la ofensa, a quien la recibe. Y no siempre coinciden. Por eso me molesta mucho ese argumento de quien después de soltar algo sin pensarlo un par de veces, cuando te enfadas te dice que no se te puede decir nada. Los bocach...

Despistado sin genio

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  Sostener que uno es un genio despistado tiene prestigio. Queda elegante,  incluso  romántico,  imagina r  a un sabio caminando con el pelo revuelto mientras resuelve los misterios del universo y se olvida de dónde ha dejado las llaves.  Ya me gustaría, aunque no pasee por una avenida jalonada de tilos (ay, esos aficionados a la filosofía), pero pertenezco a otra cate goría bastante menos glamurosa, lamento decepcionarios: l a del idiota despistado.  Lo del pelo revuelto no tiene arreglo, me temo. Los  lectores pata negra quizá  recordarán que el verano pasado me dejé un brasero encendido durante varios días.  Ya veis :  los científicos dejándose los sesos para  explicar  del  calentamiento global  y  la explicación  estaba en mi casa.  Menos mal que  alguien  señaló el brasero con una mezcla de estupor y compasión . De no haberlo descubierto quizá yo me habría ahorrado docenas de proble...

Más madera

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  Hace dos décadas pasé mucho tiempo investigando la vida del tipo que popularizó la  relatividad . Lo pasé bien, viajé a varios lugares inolvidables en buena compañía y ,  tras descubrir muchas de sus debilidades como ser humano y hablar con gente que lo trató, Albert Einstein acabó cayéndome simpático.  Me gusta la gente que vive y se la juega, que acierta y se equivoca.  Cuánta razón tenía  ese tipo: e l tiempo es  elástico . Cinco minutos  junto a una mujer estupenda  desaparecen sin dejar rastro. Cinco minutos en una oficina puede n durar un cuarto de siglo. Salgo de la de   la  asistente social  preguntándome si Larra también estuvo aquí.   A pesar de  los ordenadores, las fotocopiadoras y las pantallas táctiles,  Vuelva usted mañana  continúa siendo un manual  de sorprendente vigencia . La escena comienza  incluso antes de empezar.  Despu é s de u n mes esperando la cita, me siento ...

Tiburón

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Lo mío debe de tener un nombre en psicología. Si salgo de esta igual me siento en el diván. Quién me  mandaría  venir. Con el biólogo y el policía; y el veterano de guerra al timón. Visto de cerca  el Carcharodon Carcharias  acojona. El diván de un psicólogo, digo. Aunque, ya puestos, viendo acercarse esa manifestación de cuchillos afilando cuentas pendientes, mejor una psicóloga. Con la muerte tan cerca se esfuman las tonterías.  Que le den a la corrección política.  Una psicóloga para contarle que de niño me leí la novela en la playa. Igual era una excusa para quedarme en el apartamento leyendo tebeos. A los trece años ya apuntaba maneras de friki. Y a mucha honra, oye.  No me acuerdo de si vi la película antes o después, pero espero que estos dos tipos que tienen tanto miedo como yo no hayan leído el libro, porque en la novela el biólogo de los ricitos se tira a la mujer del poli. Supongo que Spielberg pensó, con buen criterio, porque es cualquier c...

Los huevos de Reagan

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Tenía dieciséis veranos y, como dice Steven Seagal en el hermoso prólogo de Por encima de la ley, todavía no se me habían abierto los ojos del todo. Hasta de la película menos apropiada se pueden extraer lecciones interesantes. Es lo bueno de no tener prejuicios. Y de que a la edad que tenía cuando estrenaron la primera de Steven Seagal me gustasen las películas de Steven Seagal. Dieciséis veranos, digo. Centro comercial en algún lugar cerca de la frontera de Estados Unidos y Canadá. Un amigo español que también estaba de intercambio vio una figura de cartón de Ronald Reagan a tamaño natural como reclamo en una tienda y pidió permiso para retratarse agarrándolo por los huevos mientras le ponía los cuernos con la otra mano. El encargado se encogió de hombros, indiferente.  —Este es en un país libre. Muy pocos años después, todavía muy joven y con los ojos todavía semicerrados, quién sabe si como ahora, vi una manifestación multitudinaria de mujeres que defendían el derecho al abort...