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Eclipse

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Los eclipses me encantan en las novelas o en las películas. Mi favorito es cuando Hank Morgan, el protagonista de Un yanqui en la corte del rey Arturo , se salva de ser quemado vivo en el último momento porque anticipa un eclipse de sol y consigue que los brutos caballeros de la Tabla Redonda le perdonen la vida. Algo parecido ocurre en Apocalypto , la espléndida película de Mel Gibson: el eclipse interrumpe un sacrificio en lo alto de la pirámide y a partir de ahí empieza lo bueno. Y luego está la historia, la de verdad. La de Cristóbal Colón. En 1504, durante su cuarto viaje, cuando se encontraba varado en Jamaica, los indígenas habían dejado de suministrar comida a los españoles. Colón sabía que iba a producirse un eclipse lunar y utilizó sus tablas astronómicas para anunciarles que su dios estaba enfadado y que la Luna desaparecería como castigo. Cuando el eclipse comenzó los indios se asustaron y volvieron a alimentarlos. Colón era un tipo la mar de astuto, vaya que sí. No dudo qu...

La singladura

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A partir de un momento dejas de ver la orilla. Y entonces, si te gusta navegar, empieza lo mejor. Quizá porque hacía demasiado tiempo que no me alejaba tanto, no recordaba cuánto me apetecía ponerme al timón y perder de vista la costa. La línea de tierra desapareció hace ya muchas páginas y llegó ese cosquilleo que sólo produce la incertidumbre. No miedo, sino esa mezcla de inquietud y entusiasmo que uno siente cuando comprende que ya no controla del todo el viaje. Eso le añade interés. Mientras todavía distingues la playa de la que has zarpado siempre existe la tentación de regresar, de corregir el rumbo, de decirte que aún estás a tiempo de abandonar la aventura. Pero un día ya no queda tierra a la vista. Sólo agua. Agua por delante y agua por detrás. Y ese cosquilleo, sí; esa mezcla de vértigo e ilusión.  Admiro a quienes levantan un plano detallado antes de poner la primera palabra y saben todo lo qué ocurrirá en cada capítulo, pero nunca he sido un escritor de mapas minuciosos...

Blokecore

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Fue también en verano, hace ya muchos años, si no veinte casi, cuando aquellas colas interminables para comprar un teléfono carísimo antes incluso de que saliera a la venta. Debía de ser el primer iPhone. Tendría que buscarlo para confirmar la fecha, pero me da mucha pereza y además el dato importa menos que la imagen: miles de personas aguardando durante horas para hacerse con un  cacharro que estaba a punto de salir y ya se antojaba imprescindible. Hoy mismo volví a ver una escena parecida en el telediario. No era por un teléfono, sino por la nueva camiseta de la selección española, la primera en la que ya podremos lucir las estrellas de los dos Mundiales. La cola era en una tienda de la Gran Vía madrileña. El precio, nada simbólico: cien euros la de adulto, setenta y cinco la infantil y ciento cincuenta la versión Authentic , a saber: la misma que utilizan los jugadores. La blanca todavía no está a la venta. Miedo me da cuando eso suceda. Cada generación tiene derecho a sus prop...

Manolo Solo

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  Me llama un amigo muy querido y me pregunta si me he enterado. Como tenemos muchos amigos en común, pienso lo peor. En ese tiempo indeciso en que aún no sabes de qué te hablan, la imaginación suele elegir el camino más oscuro. Sin pretenderlo pero también sin poder evitarlo, empiezo a hacer una lista de nombres mientras contengo la respiración. Pero no, se trata de Manolo Solo. Porque Manolo Solo se ha muerto, y aunque no seamos amigos, ni siquiera nos hayan presentado o nos hayamos saludado al encontrarnos en la calle, me ha dado mucha pena. A veces pasa con ciertos actores. Después de tantos años acompañándote desde una pantalla, uno termina sintiéndolos como a esos tipos cercanos y discretos con los que no hace falta hablar demasiado para saber que están ahí. Mi amigo sabe que me gustaba mucho. Alguna película donde salía él le he recomendado. Se ha ido con la misma discreción con la que parecía caminar por sus personajes. Yo, al menos, no sabía que estuviera enfermo. Y sucede...

La gran evasión

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Teníamos que haber escapado por el túnel, pero cuando los guardias del Stalag Luft III nos descubrieron tocó improvisar y encontramos las motos. Y, también, todo hay que decirlo: este tipo es un rebelde y quería una fuga a su estilo. No me quejo. De qué serviría, además, si sería capaz de seguirlo hasta el fin del mundo, sobre todo en moto. Ya hemos dejado atrás a una patrulla que nos perseguía, pero de seguir así acabaremos rompiéndonos la crisma. Al menos yo, porque él esta loco de atar: salta las alambradas como si le hubieran puesto un cohete en el tubo de escape. Igual habría sido mejor arrastrar la barriga por el túnel, como todos. O como casi todos, porque James Garner, cuando aún le faltaban décadas para rodar esa tontería lacrimógena titulada El diario de Noah, tuvo el cuajo de robar un avión y llevarse de copiloto al cegato Donald Pleasence. Pero nada, aquí estamos, sorteando baches hasta que se nos acabe la gasolina y nos lleven de vuelta al campo. Lo mismo hasta nos fusilan...

El contenido

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Hace muchos años leí la autobiografía de Mark Twain. De todas las cosas que contaba se me quedó grabada una frase que me viene a la memoria estos días en los que ando sumergido en una suerte de frenesí creativo. Si una novela está llena de contenido, afirmaba el autor de Huckelberry Finn, se escribe sola; si no, hay que esperar a que se llene de contenido. Llevaba tiempo intentando dar sentido a algo. No es infrecuente que ciertos momentos de la vida de un escritor acaben travestidos de literatura. Decía Vargas Llosa que escribir es hacer estriptís al revés: empiezas desnudo para ocultarte bajo la ropa. No le faltaba razón. Y, por raro que parezca, resulta un espectáculo más divertido que desnudarse, sobre todo si uno no tiene las hechuras de Brad Pitt. Más divertido para el lector, digo, que luego realizará el proceso inverso al tratar de quitar capas para averiguar lo que hay debajo. Lamento decir que muchas veces la apreciación no es correcta, pero es parte del juego. Y me gusta. Es...

En buena compañía

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Como apuntaría mi apreciado Víctor, voy de narco colombiano. El calor aprieta en el sur, vaya que sí. Hoy toca comer, y beber buen vino, con dos amigos muy queridos. Mañana, otro amigo de los buenos ―¿acaso hay otra forma de ser amigo?― me ha invitado a cenar en su casa, en ese jardín pequeño y coqueto que parece la antesala del paraíso. No está mal para una semana empeñada en convertir mi agenda en un campo de minas. Menos mal que a veces la vida, después de empujarte hacia la cuneta, tiene la delicadeza de ofrecerte un banco a la sombra. Además, he conseguido levantar veintiséis páginas en dos capítulos de una nueva novela. Qué curioso, qué paradójico, que mientras la puñetera vida se empeña en tirar tabiques la ficción siga construyendo habitaciones. Llevaba tiempo sin trabajar en largo, quizá demasiado, pero al volver a remangarme ha regresado esa sensación impagable que sólo aparece al escribir novelas: la obligación deliciosa de sentarte a jugar a imaginemos, a pesar del caos...