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Farmear aura

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Enclaustrado como llevo desde finales de junio, hay días en los que mis conversaciones se reducen a soliloquios donde las expresiones habituales son «no me gusta», «es demasiado esquemático», «esto es demasiado literario», «este párrafo está demasiado seco», «este es demasiado bonito», «aquí sobra una frase», «aquí falta algo, pero no sé qué» o “con la de cosas que se te habrían podido ocurrir, se te ha ocurrido volver a escribir una novela, chaval”. Uno gasta las horas discutiendo consigo mismo y con gente que no existe más que en su cabeza, pero la vida sigue su curso al otro lado de la ventana. Sales a comprar, ves a la familia, haces deporte para que el cuerpo no termine adoptando para siempre la forma de la silla, pero poco más. Y entonces un día asomas la cabeza ahí fuera y descubres que, durante tu ausencia, la humanidad ha inventado otra cosa. Ahora resulta que se puede farmear aura. Me enteré ayer en la radio porque soy de los antiguos que todavía la escuchan. Otro neologismo....

Ruido

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Me puse el reto de terminar el primer borrador antes de que acabara agosto. No por nada en particular, sino por probarme a mí mismo, otra vez, otra de tantas, porque de cuando en cuando me gusta demostrarme que soy capaz. Y porque pocas cosas me motivan más que cuando me dicen que algo no es posible. Entonces se me activa una especie de mecanismo infantil que responde: ¡¿Cómo que no?! Y ahí es cuando se lía todo. Felizmente, digo. Han sido dos meses sin parar, muchas horas todos los días, sin descansar ni uno solo. Al final nunca sé muy bien por qué lo hago si a estas alturas de la película no creo tener nada que demostrar, y mucho menos a mí mismo, pero la vocación es eso: escribir no es más que sentarte todos los días, incluso cuando no tienes ganas, cuando no sale, cuando estás cansado o cuando preferirías hacer cualquier otra cosa. Que no os cuenten milongas. Todo lo demás es ruido. Mi nueva impresora acaba de escupir un borrador de quinientas diecinueve páginas en veinticinco capí...

Los escritores no somos gente honrada

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A los escritores no se nos puede contar nada. Conviene saberlo antes de sentarse con uno a tomar café, confiarle una desgracia familiar, una infidelidad, ese episodio vergonzoso durante las vacaciones o una frase pronunciada hace treinta años y que todavía recordamos. La vida de nadie está del todo a salvo de lo que escribimos. Pensaba en esto hace unos días al ver una noticia sobre Natalie Portman. La actriz, a la que yo tenía un poco desaparecida aunque recuerdo unas cuantas películas estupendas en las que salía, anda enfangada en una polémica literaria por Life of M , la nueva novela de Rachel Cusk. No he leído nunca a Cusk, así que poco puedo decir de ella, pero al parecer su protagonista guarda suficientes semejanzas con Portman como para que mucha gente haya decidido que es Portman aunque se llame M. A partir de ahí viene todo lo demás: dónde termina la ficción, dónde empieza la vida de una persona real y hasta qué punto basta cambiar un nombre para que alguien deje de ser quien ...

El final del verano

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Los últimos días de agosto el aire tiene una consistencia distinta. Más fría, más agradable, como de clausura, de lo que empieza a recogerse aunque nadie lo haya ordenado todavía. No siempre la meteorología tiene la delicadeza de ponerse de acuerdo con el calendario, y lo cierto es que al verano le quedan aún varias semanas, pero ya lo sabemos: el verano termina ahora. Todo lo demás es marear la perdiz. Se nota en el tráfico, en la gente que ha vuelto, en las ciudades que recuperan poco a poco su aspecto habitual y en la dificultad para aparcar. Agoniza agosto y me acuerdo de Verano Azul, de María Garralón llorando y de la canción El final del verano , sonando mientras la lluvia golpea los cristales. Creo que Chanquete ya había muerto y creo también que era el último capítulo, y aunque podría comprobarlo prefiero no hacerlo. Quizá la pintora lloraba en otro episodio porque la tormenta le traía malos recuerdos. Pero no siempre conviene estropear la memoria al contrastarla con los hechos...

El último servicio

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Esta vieja amiga ha impreso todos mis textos desde 2009. Aunque soy de letras, si las cuentas no me fallan son ya diecisiete años juntos. Soy bastante inmune a los avances tecnológicos, sobre todo cuando implican jubilar un trasto que todavía funciona, aunque sea a trompicones. La impresora protestaba, a menudo se atascaba, a veces echaba humo —literalmente— y rara es la vez durante los últimos años que tras imprimir un texto largo no he terminado manchado de tóner y con pinta de haber pasado la tarde en una carbonería.  Sospecho que cada vez que imprimía una novela ella deseaba que este fuera su último servicio y por fin disfrutaría de una jubilación más que merecida. También, cuando termino una novela, suelo jurarme que no volveré a remar en galeras mientras la vida sucede al otro lado de la ventana. Pero no es menos cierta la sospecha de que mi vieja amiga, que me conoce tan bien como cualquiera que haya pasado tanto tiempo a mi lado ― ninguna mujer ha durado tanto, ahora que ca...

Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Eclipse II

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A las seis de la mañana estoy tecleando con la furia incombustible del conejito de Duracell. Me he despertado muy temprano y ya no consigo dormir. Tengo los ojos como si me los hubieran frotado con papel de lija porque me acosté tarde tras cenar con un puñado de viejos amigos.  Toca acompañar al hospital y a media mañana ya estoy en la sala de espera. Serán, como siempre, muchas horas por delante y también la puñetera incertidumbre con la que aprendes a vivir, no queda otra, cuando las cosas no dependen de ti. Atravieso la hora del almuerzo, indiferente, leyendo un poco. El menú de la cafetería no me estimula, pero tampoco me arranca un lamento por no comer. Hace tiempo que, para sobrellevar estos días tan largos, me acostumbré a una pequeña recompensa: cuando vuelvo a casa me doy un homenaje. No es gran cosa. Me conformo con poco. Sólo hay que esperar. Al final todo llega. Aunque sea de forma extemporánea. Pasan de las seis de la tarde cuando aparece, por fin, el momento del hogar...