martes, 11 de enero de 2022

La alarma interior

He aprendido unas cuantas cosas durante tantos años jugando a imaginemos. Una es que, aunque puedes sentarse a pensar hasta que aparezca una historia, es mucho mejor cuando viene a buscarte. Suele ocurrir de la forma más inesperada: caminando, en la ducha, durante una conversación, observando a los clientes de un bar, leyendo o viendo una película. Hace unos días me senté a ver una. Pronto me di cuenta de que no me interesaba demasiado. No la terminé, pero un detalle insignificante de la trama encendió la alarma. Enseguida pensé: “Y si…”. Llevo varios días pensando en eso. Lo que se me ocurrió puede servir para un cuento, para una novela breve, para sustentar la trama de la novela que estoy escribiendo o para escribir otra novela que aparque o quien sabe si entierre la escritura de esta. No me preocupa. La sirena sigue sonando a ratos dentro de mi cabeza. Ahora toca darle vueltas a la idea, volar sin motor. Porque esa es otra de las cosas que he aprendido con los años, en la escritura y en la vida: planificar lo justo, disfrutar de sentirme arrastrado por la marea.
No se me ocurre mejor imagen para acompañar a este texto que la de mi atril recién estrenado.



miércoles, 27 de octubre de 2021

Siempre andando

No suelo planificar mucho. Ni en la vida ni en lo que escribo. Prefiero caminar tranquilo, con paso firme, sin pensar en el futuro más que lo justo. Dos años y medio han pasado desde que empecé a escribir mi último proyecto. Veinte meses donde caben cosas buenas y cosas malas, como en la vida de cualquiera. En la primavera de 2019 estaba a punto de publicar una nueva colección de cuentos y me di cuenta que en los últimos tiempos me había alejado imperdonablemente de la narrativa breve, a la que tantos buenos ratos debo. Busqué en mis cuadernos y encontré docenas de notas que nunca llegaron a eclosionar en las historias que apuntaban. Escogí una, la que más me apeteció, y me puse a escribir. Luego otra, sin prisas, y otra, hasta llegar a diez. Por el camino se me ocurrieron muchas más. ¿Por qué diez? Supongo que la rotundidad de la cifra me sugería una falsa sensación de orden o de meta confusa. Tampoco buscaba que las historias girasen en torno a un tema determinado. Como siempre, sólo escribo de lo que me tira con ganas, y eso, por fortuna, suele ser distinto cada vez. Dos años y medio después he puesto punto final a la última de estas historias. Diez relatos, varios de ellos con una extensión que se acerca a uno de mis formatos favoritos: la novela breve. En total son unas ochenta mil palabras. Para entendernos, un libro que rondará las trescientas páginas. Al juntar todas las historias he descubierto algo de lo que no era consciente: cinco pertenecen al mundo cotidiano, con sus miserias y sus alegrías, sus luces y sus sombras, donde los personajes tratan de salir a flote entre celossoledadesconvivenciasamoresdesamores y el propio tedio de vivir; las otras cinco, además de todo lo anterior, tienen un elemento fantástico que las diferencia. Eso que me gusta tanto: torcer la realidad un poco para que pueda colarse algo imposible sin que la trama deje de ser, o parecer, verosímil. Sólo al terminar el último relato me doy cuenta de que he escrito dos libros sin pretenderlo. Quizá más de dos porque alguna de estas historias, dada su extensión, se podría publicar en solitario. Pero esa decisión caerá del lado de los editores. Durante estos dos años y medio también he construido varios capítulos de una nueva novela, se han publicado dos libros con mi nombre en la cubierta, he recibido algunos premios, han visto la luz algunas traducciones y la mayoría de mis novelas se van a lanzar en audiolibro. Al cabo, no es mala cosecha. Me doy cuenta, una vez más, de que lo único importante es seguir caminando. Si no te detienes, siempre llegas a alguna parte. 

 

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2021 

 

domingo, 17 de octubre de 2021

Pseudónimos


Hace trece años me dijo mi agente: “Voy a tener que atarte en corto. Eso, o plantéate firmar algunos libros con pseudónimo”. No sé si hablaba en serio. En 2007 escribí una colección de cuentos y una novela corta. La primera no se publicaría hasta 2009 (en realidad, sólo una parte; la otra en 2019 y ambas fueron seleccionadas como una de las diez mejores colecciones de cuentos publicadas ese año en España) y la segunda en 2015 (aunque ganó un premio en 2009 y un año después los convocantes del mismo lo publicaron en una edición con escaso recorrido). En 2008 publiqué dos novelas (una en enero y otra en septiembre) y en 2009 la primera parte de la colección de cuentos antes referida y otra novela. Como me gusta escribir sigo mi propio ritmo y a menudo los textos se van acumulando en un universo ajeno al negocio editorial. Una parte de ellos (una parte estimable, vaya) se queda para siempre en un cajón. 

Cuento esto porque se ha formado un revuelo divertido y acaso comprensible por la concesión del Premio Planeta a tres escritores que han fabricado a seis manos varias novelas muy vendidas publicadas con el nombre de Carmen Mola. La operación del gigante editorial me parece impecable y aventuro muchas ventas, pero me pregunto qué habría pasado si la primera novela que escribieron juntos los tres guionistas (Jorge DíazAgustín Jiménez Antonio Mercero: felicidades por el premio) la hubiesen firmado con sus nombres en lugar de con el de Carmen Mola. Nunca lo sabremos. No creo que las mujeres escriban mejor que los hombres y tampoco que nosotros escribamos mejor que ellas, pero resulta una obviedad que por cada lector aparecen diez lectoras. Basta una firma de libros o la invitación a un club de lectura para comprobarlo. Hace años a un amigo escritor de pronto los editores dejaron de prestarle atención: no contestaban a sus llamadas y el manuscrito de su última novela 
empezaba a criar telarañas. Entonces se le ocurrió una brillante y perversa idea: lo  volvió a mandar con el nombre de su mujer y el teléfono empezó a sonar. 

Stephen King publicó unos cuantos libros con el alias de Richard Bachman; yo mismo prefiero a John Banville cuando usa el sobrenombre de Benjamin Black; hasta Juan Eslava Galán usó el exótico Nicholas Wilcox.

Ya que no estoy dispuesto a dejarme atar en corto y para no aburrirme tampoco puedo evitar cambiar de registro, tengo que preguntarle a mi agente si aquella vieja idea del pseudónimo iba en serio. Tendré que pensar un nombre nuevo para dar salida a todo lo que escribo. De momento, la célebre aplicación FaceApp me sugiere esta foto para la solapa. 

 

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2021 

 

martes, 14 de septiembre de 2021

Los vencejos


 Hace trece años recomendé con entusiasmo en la radio un libro que me había gustado mucho: Los peces de la amargura, de Fernando Aramburu. Eran otros tiempos. Los medios de comunicación prestaban más atención a los libros. Sólo un poco más que ahora, pero algo es algo. Se trataba de un libro de cuentos sobre el terrorismo en Euskadi. Nunca había leído nada del autor y busqué otros libros suyos anteriores. Pocos años después el Centro Andaluz de las Letras me ofreció presentar en Sevilla un nuevo libro de cuentos de Fernando Aramburu y no pude o tal vez estaba arremangado hasta los codos terminando un proyecto propio y decliné la propuesta. Lo lamento, porque me habría gustado mucho conocerlo. No siempre pasa con los autores o con los libros que me piden presentar. Además de por su prosa, Fernando Aramburu pertenece al tipo de escritores que suele gustarme: carrera sólida labrada libro a libro, sin estridencias ni hacer el payaso en las redes sociales. Además, en una editorial tan prestigiosa como Tusquets, lo que demuestra la importancia de un editor que apuesta a largo plazo y sin fisuras por un autor de la casa. 
Por raro que os parezca, no he leído Patria, su novela más conocida. Nunca tengo prisa. Tampoco para los libros recién salidos o aupados por los lectores hacia un éxito incontestable. Pero lo haré antes o después. Sin embargo, me apetece mucho leer Los vencejos. La historia que cuenta (un hombre decepcionado y enfadado con el mundo decide poner fin a su vida en una fecha determinada) me llama tanto la atención que muy probablemente rompa esa costumbre de poner cualquier novedad editorial al final de la lista de todos los libros pendientes de leer. También me apetece, lo confieso, porque cuando Los vencejos apenas se había colocado en las mesas de novedades leí varias críticas feroces. Injustificadas también, me temo. Cuando el éxito te pasa la mano por el hombro, como a Fernando Aramburu con Patria
, siempre hay alguien esperando para sacudirte. No dudo de la honestidad de quienes redactan una crítica negativa sobre un libro. No, en serio: más de una vez lo dudo, y más de dos veces… Pero desde luego no dudo de la envidia de muchos colegas, de la inexplicable superioridad o suficiencia con que a menudo se trata a quien ha cometido el imperdonable delito de tener éxito y del interés editorial (quiero decir el interés de otras editoriales) por sembrar dudas y restar ventas a un libro de la competencia.

 

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2021

sábado, 20 de marzo de 2021

La bailarina de San Petersburgo, making of


 

 

            Aunque la memoria suele ser traicionera y organizar el caos de la existencia pertenece al ámbito de la literatura, puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que todo empezó cuando leí Lo que ha quedado del imperio de los zares, de Manuel Chaves Nogales. Fue en el verano de 2013. Hacía menos de un año de la publicación de mi última novela, una historia de espías en el Madrid de 1950 y, aunque me apetecía cambiar de registro  y estaba a p
unto de empezar otra policíaca ambientada en la Sevilla actual, ya tenía en la cabeza otros proyectos. No soy de los escritores que sufren el temido bloqueo. Al contrario: sé que no viviré los años suficientes para escribir todas las historias que me gustaría. Los reportajes que el periodista sevillano escribió sobre los rusos exiliados en París tras la revolución encerraban una serie de elementos muy atractivos para una novela: gente desarraigada, un mundo perdido y la certeza de que ya nada volverá a ser como antes.

Seguí con mi vida, publiqué dos novelas más y un libro de cuentos, pero entretanto me fui zampando todo lo que encontraba sobre el exilio ruso tras la revolución. Como me gusta visitar los escenarios donde van a suceder mis novelas, viajé varias veces a París. Merece la pena acercarse al coqueto cementerio ruso de Sainte Geneveive des Bois, que aparece en uno de los capítulos de La bailarina de San Petersburgo. Allí está enterrado Félix Yusúpov, el noble ruso que acabó con la vida de Rasputin, y también hay un cenotafio con el nombre del general Alexander Kutépov. Ambos juegan un papel importante en la novela. También viajé a Moscú y a San Petersburgo para recorrer las mismas calles que mis personajes, sentir el mismo frío ruso que ellos y recorrer en tren el mismo trayecto entre esas dos ciudades fascinantes. Al volver ya tenía una idea bastante clara de lo que quería escribir: una novela de espionaje, aventuras y emociones que consiguiera entretener, aportar algo nuevo y hacer reflexionar al lector.

Llevaba mucho tiempo dándole vueltas a un personaje que pudiera protagonizar una serie de novelas en las que contar las décadas centrales del siglo XX,  y ahora estoy convencido de que ninguno me convencía porque ya lo tenía. En 2004 publiqué una novela en la que aparecía un periodista mitad inglés y mitad español, antiguo colaborador del NKVD. ¿Quién mejor que él para esta nueva novela? Mi querido Gordon Pinner sería el protagonista. El proyecto me planteaba varios retos muy estimulantes: yo tenía menos de treinta años cuando parí a Pinner y ahora me acercaba a los cincuenta. En La clave Pinner él tenía cuarenta y dos años y estaba desencantado; en La bailarina de San Petersburgo tendría veintisiete y, aunque ya empezaba a darse de cuenta de que el mundo ideal en el que creía no existía, aún no se le habían abierto los ojos del todo. La nueva novela no sería una segunda parte de La clave Pinner, tampoco una precuela, sino una historia en la que usaría a uno de los personajes de aquella. La clave Pinner estaba narrada en tercera persona, podría decirse que era una novela coral, y La bailarina de San Petersburgo estaría contada en primera persona, por un Gordon Pinner que asiste y trata de sobrevivir a todo lo que está pasando.

            Han sido varios años de mucho trabajo, siempre es así. También, como siempre, ha merecido la pena. Ahora ha llegado el momento de compartir La bailarina de San Petersburgo con los lectores.

            Disfrútenla.

 

            Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2021

 


 

jueves, 18 de febrero de 2021

En movimiento

 

Hace mucho tiempo le confesé a un colega de las letras que cada vez escribía con mayor desapego. Sé que no usé la palabra adecuada. Pero él lo entendió enseguida. No me corrigió. La gente inteligente no pierde el tiempo tratando de aleccionar a los demás. No te preocupes, me dijo. Es normal. Con los años adquieres oficio y cada vez te distancias más de lo que escribes. 

Llevaba razón. Estos días, cuando una nueva novela con mi nombre en la cubierta está distribuyéndose en las librerías, me doy cuenta de que también he aprendido a relativizar lo que ocurra a partir de ahora. Yo ya he hecho mi trabajo. Lo mejor que he podido y lo mejor que he sabido. Sonreiré para las fotos, hablaré de la novela en los medios que tengan a bien entrevistarme; haré lo posible, y también lo imposible, para que mis editores recuperen lo invertido, pero serán los demás quienes me adjudiquen caprichosamente el éxito o el fracaso. Siempre es así. Algunos lectores incluso algunos amigos tratarán de consolarme si no se han vendido quinientos mil ejemplares, si la novela no se ha publicado en Estados Unidos o no la han comprado para hacer una serie de televisión

Dará igual que explique una vez más que mi deseo es escribir, escribir de lo que me apetezca. Quiero que mis libros se vendan, por supuesto. Cuantos más mejor. Pero jamás pienso en términos comerciales cuando me siento a jugar a imaginemos. Si luego tengo la suerte de que mi trabajo guste a un editor y a los lectores, estupendo. Y si no, no se acaba el mundo. No soy de los que planifican mucho la vida. Me apetece seguir escribiendo novelas, y cuentos, y novelas breves; o poemas ensayos si me da la gana. El oficio de escritor es un juego. Un juego de azar casi siempre. Mi única certeza, y no me refiero sólo al trabajo literario, sino a casi todo lo que hago en mi vida (y no tengo muchos motivos para quejarme) es que necesito sentirme en movimiento, avanzando en alguna dirección, sin importarme la meta pero procurando disfrutar del camino. Cada vez más. Como esos hermosos versos de Thom Gunn que inspiraron el título de la deliciosa biografía 
del neurólogo Oliver Sacks: “En el peor de los casos estás en movimiento; en el mejor, no llegas a ningún absoluto en el que descansar. Siempre estás más cerca si no te detienes”.

 

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2021 

 

sábado, 17 de octubre de 2020

53 gramos



Soy un grafómano irreductible. No reniego de la tecnología pero me encanta escribir a mano, con pluma si es posible, pero me basta un bolígrafo o rotulador de trazo firme y caudaloso. Desde niño he usado cualquier cuaderno. Conservo las libretas de anillas de hace cuatro décadas, con papel cuadriculado, donde escribía en secreto lo que me pasaba por la cabeza, lo que sentía, lo que imaginaba. 

Hace muchos años que mis cuadernos de cabecera son los Moleskine. Los he frecuentado en todos sus formatos hasta reducirlos a tres: 9 x 14 y 13 x 21 para notas, según quiera llevarlo en el bolsillo, lo use en mi despacho o lo guarde en la maleta; y 19 x 25 para los primeros borradores, a veces en tapa blanda pero cada vez más en tapa dura negra y siempre con rayas. Al contrario de lo que sostenía Juan Ramón Jiménez y tomó prestado Ray Bradbury en las primeras páginas de Farenheit 451 (“Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado”), me resulta mucho más cómodo y placentero escribir en papel con rayas.

Hoy llega el turno de jubilar uno de ellos. Lo inauguré a finales de mayo de 2019 y lo clausuro a mediados de octubre de 2020. Diecisete meses volcados en una suerte de diariolibro de viajes, notas para historias que quiero escribir, apuntes sobre asuntos que me interesan, palabras que me gustan y conocía y otras que no conocía, frases, entradas de espectáculos y recuerdos pegados en algunas páginas; además, sesenta y dos momentos memorables y espero que no irrepetibles, facturas de hoteles y de restaurantes, pequeños folletos y siete post it colocados en lugares estratégicos para no perder el tiempo cuando tenga que buscar algo importante. 

No suelo releer estos cuadernos. Escribo por el puro placer de desahogarme, esforzarme en ser sincero conmigo mismo y sentir el roce de la pluma sobre el papel. Pero al estrenar hoy otro cuaderno idéntico al que acaba he querido pesarlos. Sólo hay 53 gramos de diferencia, por unos pocos papeles y la tinta gastada en 400 páginas

El mundo ha cambiado mucho desde que empecé ese cuaderno que cierro hoy. Yo también he cambiado. 400 páginas de sueños y de pesadillas, de alegrías y de decepciones, de dudas y de certezas, de viajes y de hospitales, de proyectos y de fracasos. De cosas buenas y de cosas menos buenas. La vida misma en sólo 53 gramos. Más del doble de lo que pesaba el alma en aquella película de González Iñárritu. No está mal.

 

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2020

domingo, 19 de julio de 2020

Héroes tranquilos

Héroes tranquilos


La próxima vez que me encuentre mal no te voy a pedir que me lleves al hospital me dice, y aunque soy lo que más quiere, sé que sería capaz de abofetearme en la consulta . Ni aunque me esté muriendo, vamos.
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Llevamos cinco horas en Urgencias y la doctora nos dice que hay que ingresarla. Se llama Gloria. Nos ha dicho su nombre y su edad cuando ella, imprudente, se lo ha preguntado. 
Has sido un poco indiscreta le recrimino, en la sala de espera. Sé que no lo ha preguntado con mala intención, pero tampoco ha podido evitarlo. Gloria tiene veintiocho años y parece aún más joven.
Con buen criterio, vuelve a convocarnos. 
Mientras esperamos el resultado de los análisis, vamos a hacer una radiografía nos dice.
Después entramos por tercera vez. Los análisis están bien, pero algo de la radiografía no convence a Gloria. Vamos a hacer una ecografía. Después, el propio radiólogo recomienda también un T.A.C. El asunto se complica. Una mujer de la familia me llama sin saber dónde estamos y le explico la situación. En cuanto la doctora la vuelva a ver te digo algo.
Te juro que cojo un taxi y me voy sola a mi casa ahora mismo me vuelve a decir la paciente, cada vez con menos energía. 
Llamo a quien me ha telefoneado antes. Un rato después tengo a las otras dos mujeres de la familia conmigo. Me tranquiliza el refuerzo. Tantas horas ahí solo pasan factura. Además, las mujeres de la familia siempre se han desenvuelto mejor en estas batallas. Pasa casi una hora de la medianoche cuando la trasladan a otro hospital. Tiene que verla un cirujano. Una ambulancia viene de camino. Gloria nos desea suerte en la salida. Intuyo la preocupación de la joven doctora, aunque pretenda disimularla. Me ha ayudado a convencer a la paciente, cuando pataleaba en la consulta pidiendo ir a su casa, para que la seden y se quede un rato en observación. Además de acertar en un diagnóstico complicado, ha sido muy amable y comprensiva. Recuerdo una frase del televisivo doctor House. Cito de memoria: “¿Qué prefiere? ¿Un médico que lo ignore mientras lo cura o uno que le coja la mano mientras se muere?”. Como anécdota para arrancar una carcajada a los amigos puede valer, pero entre un médico amable y otro distante prefiero al primero. En realidad, la amabilidad es una de las cualidades que más valoro. No sólo en los médicos.
Son casi las dos de la madrugada cuando el cirujano nos convoca. Un par de minutos, de pie, las mujeres que están conmigo, él y yo. Nos explica los riesgos. Demasiados riesgos, pero ante la certeza del peligro hay que tomar una decisión. No es que haya que operar de urgencia, nos aclara, con calma y seguridad. Hay que operar de emergencia. Me suena su cara y me suena su nombre. Lo interrumpo y le pido que me lo repita. Conozco a Julio. Él también me conoce. Su padre es un librero en cuya caseta de la feria he firmado más de una vez. Lo recuerdo echando una mano, estaría terminando la carrera; colocando mis novelas en el mostrador, atendiendo a los clientes. La gente capaz de arremangarse para arrimar el hombro siempre se ha ganado mi respeto. Su padre me contó hace unos años, orgulloso, que ya era cirujano. 
Sólo nos queda cruzar los dedos y esperar. Estoy helado. Nos tapamos los tres en la sala de espera vacía con un sábana hurtada de un cesto. Gastamos bromas para aliviar la tensión. Son las cuatro cuando Julio nos cuenta que todo ha salido bien. Quiero hablar un momento con él, a solas, pero no es posible. Una de las mujeres se queda a pasar la noche en el hospital. A la otra la llevo a su casa. Luego recorro un camino que se me antoja más largo que nunca para informar a alguien que espera, paciente, sin pegar ojo pero sin molestar; ni llamar siquiera. Casi amanece cuando por fin hablo con él. Qué paradoja: traigo una buena noticia y es el momento más triste de estas noventa y seis horas. 
Hay que esperar, nos dijo Julio. Y eso hacemos. No vuelvo a ver al cirujano hasta dos días después, cuando visita a la paciente. Lo acompaño al pasillo para darle las gracias. No puedo darte un abrazo por la puta pandemia, le digo, poniendo la mano en su hombro, pero te lo debo. No me debes nada, responde. Palmea mi espalda y asiente, satisfecho, como si salvar una vida no fuera importante. Julio no debe de tener mucho más de treinta años y es un cirujano cabal, tranquilo y amable. La gente grande de verdad se sacude con pudor los méritos que otros les adjudican. Los mediocres caminan como pavos reales esperando que los demás les den las gracias por existir.
Aún tuve ocasión de ver a Julio un rato después: caminaba hacia el ascensor, mochila al hombro. No sabía que lo miraba. Yo tampoco sabía si volvía a casa, buscaba la habitación de otro paciente o acudía a una urgencia. Pero tenía el aire tranquilo de un héroe lúcido. Una de esas personas en cuyas manos sabes que puedes poner tu vida y la de los tuyos. Si, como yo, de niños soñasteis con ser un héroe, os diré que he visto a uno. Y es una suerte: por desgracia, no abundan.


© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2020 

lunes, 11 de mayo de 2020

Fase 1: Ganas de vivir.



El día que dejaron salir a los niños me encontré a un chiquillo paseando con su madre. Era temprano, por la mañana. Yo venía de comprar el periódico y él no tendría más de tres años. Por ese instinto mitad de supervivencia y mitad de solidaridad desarrollado durante estos últimos dos meses, me cambié de acera. Antes de llegar a mi altura el crío agitó la mano efusivamente y gritó ¡hola! Con el mismo entusiasmo le pregunté si estaba contento y me dijo que sí. Para algunos, entre los que tengo la suerte  de encontrarme, hoy era un día distinto. Cada uno lo habrá celebrado a su modo. En mi caso, no echo de menos los bares, pero me he percatado de cuánto me apetecía coger el coche y conducir sin temor a que un policía me parase y me devolviese a mi casa, con multa o sin ella.
Seguimos encerrados, pero para quienes estamos en la fase uno la cárcel se ha ensanchado hasta los límites de la provincia. Con eso me vale: la provincia de Huelva no me queda lejos y pienso en la frontera como en una valla electrificada, pero si voy hacia el norte, hacia el este o hacia el sur puedo conducir durante horas por carreteras secundarias jalonadas de olivos y pinares imponentes. No creo que lo vivido estos dos meses nos vaya a hacer mejores. Eso son tonterías válidas para cuadernos de adolescentes, pero a mí me ha servido para apuntalar una fuerte convicción antigua: me basta con muy poco. El rincón para leer y escribir lo he tenido durante el confinamiento, y la felicidad íntima de conducir sin rumbo, en solitario, como Tom Hanks al final de la espléndida Náufrago, la ventanilla abajo y unas pocas canciones, la he recuperado hoy. Yo, que soy de natural esquivo, como el crío del otro día también habría saludado esta tarde a cualquiera, sin conocerlo, para gritarle lo contento que estaba.


© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2020 

sábado, 2 de mayo de 2020

Miedo a caerse


Casi nunca duermo bien, pero confinado me cuesta más conciliar el sueño.  Esta noche sólo he descansado un par de horas, quizá porque no quería caer rendido al amanecer y despertar cuando ya fuera demasiado tarde para acompañar a mis padres a dar un paseo. Llevan 49 días sin pisar la calle. Me pregunto si mi madre ayer se puso una redecilla con rulos para estar presentable cuando saliera hoy. La llamo para preguntarle si está preparada y voy a buscarla. Mi padre no quiere venir. Le digo a mi madre que procure no caminar cerca de las paredes para evitar tocarlas. Voy a un par de metros de ella, por si aparece la policía, no tengo ganas de dar explicaciones, pero insiste en que me acerque. Si nos llaman la atención diré que tienes que estar a mi lado por si pierdo el equilibrio. No tarda en quedarse sin aliento. Son demasiados días encerrada. Se sienta en un poyete. No toques nada, le digo, procurando no parecer imperativo. Hago todo lo que puedo por ser amable y paciente con ellos, sonreír cuando me recriminan por no comprar exactamente en el mercado lo que me han pedido, pequeños e inevitables roces domésticos. Nada grave. 
Hace unos días tuve que llevar el coche de mi padre al taller. De no usarlo se había quedado sin batería. Cuando lo arreglaron me dijo que quería probarlo. Le pedí que no lo hiciera. No sé quién habrá tocado el coche, argüí. Es peligroso. Humilló la cabeza y se sentó, compungido, como un niño castigado injustamente. No creo haberme sentido peor en todas estas puñeteras semanas.
No te preocupes, me lavaré bien las manos cuando llegue a casa, responde mi madre. Hace mucho calor y está cansada. Le propongo que se quede ahí mientras voy a buscar el coche para recogerla, pero insiste en continuar. Mi madre es mucho más fuerte de lo que aparenta. Mucho más que yo. Mi padre también. No puedes ocuparte tanto de nosotros, replica. Ya tienes sobre tus hombros una carga demasiado pesada. 
Llevo casi dos meses encargándome de hacer la compra, recados, haciendo cola en el banco para tratar de achicar agua en este barco que se va a pique, intentando hablar con gente que jamás se pone al teléfono. 
Los tres formamos un buen equipo, contesto. Y en los equipos todos desempeñan un papel. Esto es lo que toca ahora. En la vida casi nunca ruedan las cosas como quieres. Pero así no puedes escribir. ¿Escribir? Sigo escribiendo, no te preocupes, mamá. Escribir es un juego, una apuesta que la mayoría de las veces no compensa, y cuando compensa la alegría dura demasiado poco. ¿Qué importa ahora escribir?
Cuando termina el paseo de mi madre, le propongo de nuevo a mi padre que salgamos, pero vuelve a declinar el ofrecimiento. Tengo miedo a caerme. La respuesta me recuerda al gran Manuel Alcántara. Ser viejo es tener miedo a caerse, decía.
Tienes las gafas empañadas, me dice mi madre, desde la puerta. Es la mascarilla, respondo, dándole la espalda. La mascarilla y este calor. 

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2020

jueves, 23 de abril de 2020

Harto


Cada vez se me hace más cuesta arriba esto, pero no por el confinamiento: ya os dije que estoy acostumbrado a pasar muchas horas en casa y que ando sobrado de paciencia o de resignación. Pero estoy harto, de verdad, de los unos y de los otros (los hunos y los hotros, dicho de forma unamuniana: quien no lo entienda que corra a la Wikipedia). Me cansan los del gobierno y también me cansan los de la oposición; me molestan quienes ponen los altavoces con el himno de España a las ocho de la tarde no porque lo sientan, sino para joder a los que piensan distinto, y asimismo quienes proclaman vivas a la República con el mismo ánimo de incordiar. Desconfío del gobierno y aún más de sus socios, pero no tengo esperanzas en la oposición y todavía menos en sus posibles socios. Tengo la certeza de que si los de la oposición estuvieran gobernando cometerían los mismos errores que los que mandan (o  tal vez otros, pero muchos también: sin embargo en la censura parecen estar de acuerdo, hay que ver), porque quizá en una catástrofe así las cosas no puedan ser de otro modo; pero tampoco tengo dudas de que si los que mandan estuvieran en la oposición vociferarían igualmente o quién sabe si incitarían a la gente a tomar las calles para protestar. Con sus seguidores, lo mismo: basta asomarse un momento a las redes sociales para asistir a una amarga versión politizada de un Betis - Sevilla o un Barça - Madrid. Los que gobiernan son unos héroes y los de la oposición unos villanos, o viceversa; los empresarios son unos explotadores y los trabajadores unos pobres esclavos o los trabajadores unos vagos y los empresarios forman todos parte de una ONG ansiosa por inmolarse para salvar el país. Para qué pensar, para qué matizar, para qué esforzarse en no generalizar. No me sorprende tanto odio, pero me entristece. Igual me pasa cuando mis amigos (aunque mejor decir conocidos porque la palabra amistad se manosea, se desgasta y con frecuencia se usa de un modo exagerado) que son o se consideran de derechas me llaman rojo; o cuando los de izquierdas me dicen facha abiertamente. Hasta hace poco me hacía gracia, me ha pasado muchas veces, desde siempre, pero ahora me incomoda. Si antes había poco espacio para la moderación, ahora da la sensación de que quienes huimos de los extremos deberíamos votar a un partido marciano porque nada de lo que hay nos convence. Quizá no sea tan descabellado. Algunas noches me asomo a mirar el cielo, limpio, sin contaminación, y pienso que, si alguien nos ve desde ahí arriba, tiene que estar pasándoselo en grande: debe de ser como mirar uno de esos programas de Telecinco donde media docena de vagos vocifera en un plató. Y me pregunto, lo confieso con amargura, si no debería este virus llevarnos por delante a todos de una puñetera vez.

© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2020 

La alarma interior

He aprendido unas cuantas cosas durante tantos años jugando a imaginemos. Una es que, aunque puedes sentarse a pensar hasta que aparezca una...