Adrenalina
Sucede todos los días, en cualquier sitio. Hay mucha gente y alguien dice “pasen por esta caja en el mismo orden de cola”. Soy un poco ingenuo, ya lo sé, qué le voy a hacer: me permito la licencia porque estoy convencido de que los buenos modales suavizan las horas malas y quiero pensar que alguna vez tratan a los clientes de usted. En mi manía por los grandes almacenes IKEA está el primero de la lista. Me marea tanto el laberinto de pasillos que ni siquiera me consuela pensar que una tal Ariadna venga a rescatarme; las flechas del suelo que me señalan, acusadoras, cuando vuelvo sobre mis pasos porque con tanta gente me he pasado de largo o porque estoy hasta el gorro de dar vueltas y quiero encontrar un atajo. La cola, decía. Suelo quedarme en la misma cuando me ofrecen pasar a la otra por el pudor de ponerme a correr con el carro como si de la carrera de Oklahoma se tratase y porque al final, entre los que se van y los que se quedan, la espera se equilibra. No piensa lo mismo el tipo...