El último servicio
Esta vieja amiga ha impreso todos mis textos desde 2009. Aunque soy de letras, si las cuentas no me fallan son ya diecisiete años juntos. Soy bastante inmune a los avances tecnológicos, sobre todo cuando implican jubilar un trasto que todavía funciona, aunque sea a trompicones. La impresora protestaba, a menudo se atascaba, a veces echaba humo —literalmente— y rara es la vez durante los últimos años que tras imprimir un texto largo no he terminado manchado de tóner y con pinta de haber pasado la tarde en una carbonería. Sospecho que cada vez que imprimía una novela ella deseaba que este fuera su último servicio y por fin disfrutaría de una jubilación más que merecida. También, cuando termino una novela, suelo jurarme que no volveré a remar en galeras mientras la vida sucede al otro lado de la ventana. Pero no es menos cierta la sospecha de que mi vieja amiga, que me conoce tan bien como cualquiera que haya pasado tanto tiempo a mi lado ― ninguna mujer ha durado tanto, ahora que ca...