La singladura
A partir de un momento dejas de ver la orilla. Y entonces, si te gusta navegar, empieza lo mejor. Quizá porque hacía demasiado tiempo que no me alejaba tanto, no recordaba cuánto me apetecía ponerme al timón y perder de vista la costa. La línea de tierra desapareció hace ya muchas páginas y llegó ese cosquilleo que sólo produce la incertidumbre. No miedo, sino esa mezcla de inquietud y entusiasmo que uno siente cuando comprende que ya no controla del todo el viaje. Eso le añade interés. Mientras todavía distingues la playa de la que has zarpado siempre existe la tentación de regresar, de corregir el rumbo, de decirte que aún estás a tiempo de abandonar la aventura. Pero un día ya no queda tierra a la vista. Sólo agua. Agua por delante y agua por detrás. Y ese cosquilleo, sí; esa mezcla de vértigo e ilusión. Admiro a quienes levantan un plano detallado antes de poner la primera palabra y saben todo lo qué ocurrirá en cada capítulo, pero nunca he sido un escritor de mapas minuciosos...