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Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

La mano de Sonny Blue

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Dicen que como la IA puede escribir novelas es una amenaza para los juntaletras. Yo no lo creo: no que un robot no pueda escribir novelas, en algunas librerías ya las ofrecen, parece, y las venden; incluso la gente las compra y hasta las lee. Convivirán en el futuro las novelas escritas por máquinas con las paridas por gente de carne y hueso, me temo. No sé en otros ámbitos si la IA será tan peligrosa como tanto se proclama estos días, es posible, pero no me preocupa en la escritura. Si alguien quiere ver su nombre en la cubierta de un libro escrito por una máquina, allá él, o ella. Pero yo prefiero sentir cómo lo que sale de mi cabeza se convierte en palabras gracias al baile incesante de la pluma en el cuaderno. Si a algunos lectores les da igual leer lo que ha escrito una máquina, allá ellos. Me dan un poco de pena, si soy sincero, porque los libros que prefiero son aquellos en los que puedo ver a la persona que está detrás. Una de las cosas más difíciles de conseguir cuando uno esc...

Adrenalina

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Sucede todos los días, en cualquier sitio. Hay mucha gente y alguien dice “pasen por esta caja en el mismo orden de cola”. Soy un poco ingenuo, ya lo sé, qué le voy a hacer: me permito la licencia porque estoy convencido de que los buenos modales suavizan las horas malas y quiero pensar que alguna vez tratan a los clientes de usted. En mi manía por los grandes almacenes IKEA está el primero de la lista. Me marea tanto el laberinto de pasillos que ni siquiera me consuela pensar que una tal Ariadna venga a rescatarme; las flechas del suelo que me señalan, acusadoras, cuando vuelvo sobre mis pasos porque con tanta gente me he pasado de largo o porque estoy hasta el gorro de dar vueltas y quiero encontrar un atajo. La cola, decía. Suelo quedarme en la misma cuando me ofrecen pasar a la otra por el pudor de ponerme a correr con el carro como si de la carrera de Oklahoma se tratase y porque al final, entre los que se van y los que se quedan, la espera se equilibra. No piensa lo mismo el tipo...

Manos

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Recuerdo que hace tiempo una mujer me contaba con admiración no fingida cómo eran las manos de su ex: enormes, como las de un gigante; duras, salpicadas de callos por trabajar en el campo. A ella le encantaban. Cuando llegaba con una herida le decía: “Niña, ponme crema ahí”, y por la forma en la que le brillaban los ojos cuando me lo dijo estaba claro que eso, ay, la ponía como una moto. No recuerdo qué hice con las manos mientras me lo contaba. O igual sí lo recuerdo pero prefiero reservármelo. Las mías son más suaves, de juntaletras que trajina muchas horas con papeles, con manchas de tinta que tardan más en quitarse que la grasa de los mecánicos; el recuerdo en una yema del colmillo de un cachorro cuando yo era un crío y un hueco en una falange fabricado de tanto apoyar la pluma. Ahora tengo un dedo vendado. Hace unos días me corté con una copa rota y, como la herida se empeña en abrirse y acabo manchando lo que no debo, he terminado por vendarlo. Al hacerlo me he acordado de aquell...

Depuración

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Creo que era en Cómo se cuenta un cuento donde García Márquez revelaba algo importante sobre el oficio: el dilema al que se enfrenta un escritor cuando algún pasaje que ha escrito le gusta mucho pero se da cuenta de que no funciona en la arquitectura de la trama. Hay que romperlo, decía, por mucho que duela. Cito de memoria, pero matizaba el colombiano que duele mucho el primer día, el segundo menos, el tercero menos todavía y luego ya uno ni se acuerda. Recomendaba también tirar esos pasajes para no caer en la tentación de recuperarlos. Lo último nunca lo he conseguido, para qué os voy a engañar, pero suscribo todo lo demás. Me acuerdo hoy de esto porque he pasado todo el día peleándome con un capítulo largo. Pueden dar fe quienes desayunaban en la misma terraza que yo. Me gustan los capítulos largos y los párrafos largos, lo conté en la última entrada de esta bitácora, pero 42 páginas son demasiadas y la paciencia de los lectores es limitada. Hasta la mía lo es. Lo di por terminado ...

400 palabras

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Lo llevo claro, parece. Clarinete. Por raro que parezca con tanta gente pontificando en Instagram, escribir es algo más complicado que colgar una tontería resultona en las redes sociales, una frase o dos debajo de una foto para que los seguidores le den al corazoncito. También se puede hacer, faltaría más —y se hace, y lo hago— y algunas veces hasta tiene su gracia, pero ya digo, escribir es otra cosa. Al menos para un servidor. A mí me gusta dar vueltas, acercarme en círculos, rodear lo que quiero contar, aproximarme un poco, retirarme después, amagar sin golpear, volver por otro lado y, cuando ya parece que me he olvidado de a dónde quería llegar, intentar clavar el aguijón, como un escorpión astuto, en el corazón del lector. A veces lo consigo, a veces no. Algún día, quién sabe, el escorpión acabará picándose a sí mismo, qué le vamos a hacer. Miradlo por el lado bueno: así os libraréis de mí. Suelo evitar los caminos rectos cuando escribo. Prefiero los rodeos y estos necesitan espac...

El tío Gilito del tinto de verano

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Soy todo lo contrario a un gourmet. Lo he dicho muchas veces y además puedo demostrarlo. Cuando el camarero descorcha una botella de vino, sirve un poco en mi copa y espera con solemnidad a que lo pruebe, siempre le digo que no hace falta, que estará bueno. Para qué perder el tiempo. Por suerte tengo buenos amigos que saben bastante más de vinos que yo —de vino y de muchas otras cosas— y me dejo aconsejar. El otro día, sin ir más lejos, Rafa y yo liquidamos un par de botellas de un excelente vino italiano. Habrían sido tres de estar Juan, pero Juan andaba en otros menesteres y tampoco me voy a poner a contar su vida. A lo que iba: el otro día fui al supermercado a comprar tinto de verano. Me gusta el tinto de verano. Ya sé que estamos en septiembre y que las vacaciones se han acabado, aunque yo todavía no las haya empezado, pero con el termómetro a cuarenta grados considero que, mientras se pueda freír un huevo sobre el capó del coche, todavía conservo el derecho a beber lo que me dé l...