La ley de los tontos


Me hago mayor y me alegro. Por el mundo que nos espera, quiero decir. No digo que antes no hubiera acosadores, malnacidos, gente que merecería ser desterrada a una isla desierta en latitudes cercanas al Polo Norte. O a la Antártida, para el caso da igual. Pero ahora resulta que por culpa de estos desgraciados incluyo a los dos géneros, para que no haya dudas, y porque además de no ser políticamente correcto me da pereza desdoblarme en masculino y femenino el mundo se va a convertir en un sitio donde impere la ley de los tontos. Me entero hoy y, palabra, pensé que se trataba de una broma, de las normas que la todopoderosa productora Netflix va a imponer en sus rodajes. A saber: prohibido mirar a otra persona durante más de cinco segundos seguidos, prohibido pedir el teléfono si no es por un motivo exclusivamente profesional, prohibido excederse en los abrazos… No, parece que no es broma. Cuando aparecen noticias como ésta y por desgracia cada vez son más frecuentes, me acuerdo de aquella película de los noventa, Demolition man, en la que tuvieron que sacar a Sylvester Stallone de su condena en estado de criogenización porque Wesley Snipes se había escapado y la gente del futuro era tan blandengue que no había un solo policía capaz de pararle los pies al malo. Echadle un vistazo si no la habéis visto: esas máquinas que ponían multas cada vez que soltabas una palabrota ya no me parecen imposibles.
Si hay algo delicioso, intrínseco a la seducción, es la posibilidad de equivocarse, la ambigüedad, el ahora no pero quién sabe si más adelante, el te miro y no me haces caso o el te estoy poniendo la larga pero eres demasiado tonto el masculino va con toda la intención ahora para darte cuenta. Quién sabe si en el mundo que nos espera esto será posible. Aunque, con un poco de suerte, a mí ya no me pillará. No tengo intención de ser criogenizado. No me cabe duda de que lo que encontraría al despertar sería demasiado aburrido.  


© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2018

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