Ir al contenido principal

Burocracia


La experiencia me dice que cuando alguien te plagia no sirve de mucho haber pagado una tasa y entregado una copia en la ventanilla correspondiente, pero la cuota de ingenuidad o esperanza que me queda (y ah
ora que lo escribo no estoy seguro de que ambos sustantivos no sean sinónimos) me lleva siempre a registrar un libro antes de enviárselo a quienes decidirán su futuro. Llevo un cuarto de siglo peregrinando al mismo sitio. Nunca me ha atendido la misma persona (no sé si registrar obras literarias es una tarea muy estresante o tan aburrida que los funcionarios acaban pidiendo la baja o solicitando otro destino más entretenido) y casi siempre en la entrada hay un mínimo de tres mendas (a veces cinco), informándose concienzudamente sobre las noticias en un periódico o charlando (cuando no había teléfonos inteligentes ni redes sociales); o informándose concienzudamente sobre las noticias en sus móviles o chateando (desde que hay móviles y redes sociales). En los viejos tiempos dejabas tu original encuadernado y con todas las páginas firmadas en la mesa mientras ibas al banco a pagar una tasa. Luego cambió el formato y bastaba llevar tu original encuadernado con todas las páginas firmadas y te devolvían un resguardo sin tener que pagar nada. Pero duró poco y a la siguiente visita había que volver a rascarse el bolsillo mientras dejabas en la mesa tu original encuadernado pero ya sólo con la primera y la última página firmadas.

La última vez que registré una obra fue hace tres años. He esperado a reunir todos los cuentos de una nueva colección para llevarlos juntos. Me acerco a donde siempre y, aunque las banderas ondean en la entrada, la delegación se ha mudado. Se me ha hecho tarde. Tengo que dejarlo para otro día. Como los tiempos avanzan, investigo si el trámite se puede realizar de una forma telemática. Sí, se puede. Pero no cantes victoria todavía, Andrés: al llegar a la penúltima fase del proceso, intentas adjuntar el archivo con el texto y una advertencia en letras rojas te indica que debes hacerlo presencialmente. Lo vuelvo a intentar, varias veces, pero el ordenador me sigue dando calabazas. Por la mañana me planto en las nuevas oficinas de la Delegación de Cultura, en un hermoso lugar pero complicado de llegar para quien vive en las afueras. Ahora sólo hay un vigilante, muy amable. Me pide que espere mientras llama a una compañera. Ella me dice que el original no puede admitirlo porque no está bien encuadernado. Sonrío, sin ironía, se lo enseño, tiro de las esquinas para demostrar que no se va a romper y le explico que está tan bien o tan mal encuadernado como siempre y que las normas de presentación no indican que la encuadernación tenga que ser con anillas, como el que me enseña. Supongo que es la primera vez que vienes, añade, con malicia contenida. Vengo a registrar libros desde que ella estudiaba primaria, por lo menos. Pero me muerdo la lengua. Le explico que he intentado hacerlo telemáticamente, pero el sistema no me deja adjuntar el archivo con la obra. Debe de pesar más de diez megas, me aclara. Para nada, respondo. Pesa menos de uno. He probado en PDF y en Word, pero es imposible. Me falta intentarlo con señales de humo, pero creo que no entiende la broma o no le gustan las películas del oeste. Al final accede a registrar mi original imperfectamente encuadernado, no sin antes preguntarme si está paginado y firmado como corresponde. Respondo que sí, me entrega el impreso para ir al banco y voy a buscar una sucursal. En la primera que encuentro, cuando me llega el turno, el empleado me explica que si no soy cliente tengo que ir los martes (hoy es lunes) hasta las once de la mañana y solicitar un número en la máquina para ser atendido. Al menos ha sonreído. Ya se conforma uno con eso. Un rato de caminata más tarde encuentro otra sucursal del banco donde tengo una cuenta. Está salpicada de sillas, mesas, incluso varios sofás. Si no es una tienda de muebles debe de ser una oficina muy moderna porque por más que miro no veo la caja por ninguna parte. En esta sucursal no hay caja, me aclara un empleado desganado por mi ignorancia pueblerina. Pruebe en el cajero. Será porque soy un antiguo prefiero pagar como toda la vida, preguntando qué se debe y metiéndome la mano en el bolsillo. Pero lo intento. No me queda otra y se me va la mañana. Lo hago todo bien, palabra. Hasta soy capaz de poner correctamente el código de barras en el lector, pero la pantalla me dice que la operación no se puede realizar. Ya está bien por hoy. Me rindo. Al día siguiente voy a otra sucursal. Espero un rato en la cola, mirando el reloj porque a las once termina el turno de atención en la caja y, aunque llevo allí desde las nueve y media, no estoy seguro de si pasado el tiempo reglamentario me atenderán. Por suerte aún me queda cierto margen cuando me llega el turno. Esto tienes que hacerlo en el cajero, me dicen. No, por favor, no me vale un resguardo. Quiero un sello, como se ha hecho toda la vida. No es imposible que al volver a la Delegación de Cultura me digan que así no. La cajera suspira. ¿Tienes cuenta con nosotros? Sí, respondo, esperanzado. Unos minutos después salgo de la sucursal con cuatro impresos sellados como quien porta un tesoro. Mañana intentaré otra vez registrar los cuentos. Ya os he dicho que no sirve de mucho cuando te plagian. Conque, si no tengo  suerte, lo mismo acabo regalando el original a la primera persona que me sonría en la calle.

 

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2022

Comentarios

Entradas populares de este blog

La casa de Ana Frank

La última vez que estuve en Ámsterdam fue hace poco más de ocho años. A primeros de diciembre, recién llegado al hotel, a última hora de la tarde, lo primero que hice fue acercarme a la casa de Ana Frank. Faltaba poco para que cerrase, y pasarme por allí fue una gran idea porque al día siguiente había una cola de gente que daba la vuelta a la manzana esperando entrar. Cuando yo la visité sólo había dos o tres personas. La casa de la familia Frank es uno de los lugares que, igual que los campos de exterminio, debería ser de visita obligatoria, sobre todo para esos cabezas huecas que a estas alturas de la película se empeñan en negar el Holocausto. Pero no quiero hablar de eso, sino de un póster que compré entonces: un plano de la casa donde se escondían los judíos, con sus dependencias, detrás del almacén de Otto Frank. Me lo traje desde Ámsterdam a Sevilla con la intención de enmarcarlo y colgarlo en la pared de algún lugar donde me instalase definitivamente, pero me he mudado var

La bailarina de San Petersburgo, making of

                 Aunque la memoria suele ser traicionera y organizar el caos de la existencia pertenece al ámbito de la literatura, puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que todo empezó cuando leí  L o que ha quedado del imperio de los zares , de Manuel Chaves Nogales . Fue en el verano de 2013. Hacía menos de un año de la publicación de mi última novela, una historia de espías en el Madrid de 1950 y, aunque me apetecía cambiar de registro  y estaba a p unto de empezar otra policíaca ambientada en la Sevilla actual, ya tenía en la cabeza otros proyectos. No soy de los escritores que sufren el temido bloqueo. Al contrario: sé que no viviré los años suficientes para escribir todas las historias que me gustaría. Los reportajes que el periodista sevillano escribió sobre los rusos exiliados en París tras la revolución encerraban una serie de elementos muy atractivos para una novela: gente desarraigada, un mundo perdido y la certeza de que ya nada volverá a ser como antes. Seguí con mi

Las tetas de Kate Winslet

                    Si algo hay que reconocer a James Cameron, aparte del talento cinematográfico, es su habilidad para obtener beneficio de casi cualquier aventura que emprenda. No es casualidad que se haya atrevido a ser el primer hombre en bajar en solitario hasta el lecho de la fosa de las Marianas la misma semana que Titanic se estrena en 3D. Dicho esto, no puedo evitar sonreír al enterarme hoy de que el gobierno chino ha mutilado los planos de la película en tres dimensiones donde aparecen los pechos de Kate Winslet mientras Leonardo Di Caprio dibuja sus curvas. Otro golpe de suerte en forma de promoción gratuita. Y, al cabo, van a ser los chinos los que se lo pierdan. Las tetas de la Winslet, quiero decir. Yo recuerdo haber disfrutado mucho con Titanic cuando la vi en el cine, en las dos dimensiones de toda la vida. Pero, si soy sincero, dejando las bromas y las tetas aparte, los protagonistas de la película no me parecieron nada del otro mundo. Tendría que ver Titanic