Propiedad Intelectual

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Registrar una obra literaria no sirve de mucho a la hora de la verdad, pero uno hace las cosas por costumbre, o piensa con ingenuidad que siempre es mejor curarse en salud, que en la balanza pesan más las ventajas que las molestias. Hace unos años un guionista me pidió permiso para usar el pasaje de una novela mía en una película. Decliné la oferta amablemente por escrito tras consultarlo con mi agente, y con mi respuesta debieron de hacer suyo aquello que dicen que escribió Muñoz Seca: «La impertinente misiva que remitido me has, ahora la tengo delante, pronto la tendré detrás». Cito de memoria y así se va a quedar, porque es como lo recuerdo, vaya. La película la protagonizó Mario Casas y jamás la vi. Perdonadme la digresión, pero voy por el segundo café para hacer tiempo en esta mañana farragosa que me espera y me siento como un alienígena si mientras desayuno no me baila la muñeca sobre el cuaderno. Registrar la novela, decía. Antes, hace muchos años —ya empieza a hacer demasiados ...

La alarma interior

He aprendido unas cuantas cosas durante tantos años jugando a imaginemos. Una es que, aunque puedes sentarse a pensar hasta que aparezca una historia, es mucho mejor cuando viene a buscarte. Suele ocurrir de la forma más inesperada: caminando, en la ducha, durante una conversación, observando a los clientes de un bar, leyendo o viendo una película. Hace unos días me senté a ver una. Pronto me di cuenta de que no me interesaba demasiado. No la terminé, pero un detalle insignificante de la trama encendió la alarma. Enseguida pensé: “Y si…”. Llevo varios días pensando en eso. Lo que se me ocurrió puede servir para un cuento, para una novela breve, para sustentar la trama de la novela que estoy escribiendo o para escribir otra novela que aparque o quien sabe si entierre la escritura de esta. No me preocupa. La sirena sigue sonando a ratos dentro de mi cabeza. Ahora toca darle vueltas a la idea, volar sin motor. Porque esa es otra de las cosas que he aprendido con los años, en la escritura y en la vida: planificar lo justo, disfrutar de sentirme arrastrado por la marea.
No se me ocurre mejor imagen para acompañar a este texto que la de mi atril recién estrenado.



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