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Mostrando entradas de agosto, 2009

Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

La escalera de Mauthausen

En septiembre empezaré a corregir las galeradas de El violinista de Mauthausen. Las galeradas, para quien no lo sepa, son las pruebas de las novela que uno de ha revisar antes de que se imprima la versión definitiva. A mí me gusta hacerlo. Tener las galeradas en la mano es lo más parecido a ver el libro editado. Aún no lleva la portada, pero puedes ver las páginas tal y como van a quedar en el libro que tendrán los lectores. Trabajar con ellas precisa mucha concentración, pero es el paso previo a su publicación. El chispazo que dio origen a El violinista de Mauthausen , ya lo he contado alguna vez, fue ver a una pareja muy joven en una estación de metro que bailaba un vals, por la mañana muy temprano, sin música, como si nada de lo que hubiese alrededor les importase. Yo estaba en Viena, y apenas veinticuatro horas antes había visitado el campo de concentración de Mauthausen, así que enlazar las dos ideas sucedió de una forma natural. No sé otros escritores cómo lo hacen, pero a mí, c...

El origen de la bomba atómica

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Siempre que llega el dos de agosto me acuerdo. Hoy hace setenta años que Leo Szilard, un inquieto físico húngaro exiliado en Estados Unidos, acudió por segunda vez ese verano a la casa que su amigo Albert Einstein había alquilado en Long Island para que pusiera su firma al final de una carta en la que le iban a advertir al presidente Roosevelt del peligro de una bomba atómica fabricada por los nazis. Quienes hablan más rápido de lo que piensan enseguida culpan a Albert Einstein de la creación de la bomba atómica, del horror de Hiroshima y Nagasaki. Nada más lejos de la verdad. Einstein era un pacifista hasta el tuétano, pero también era judío y se había marchado de Alemania cuando Hitler llegó al poder, en 1933, y como la mayoría de los científicos judíos exiliados en Estados Unidos sabía lo que podía pasar si los nazis eran los primeros en fabricar la bomba atómica. A mí no me cabe duda de que las esvásticas hubieran terminado dando sombra al Big Ben. A finales del 2006 volé a Nueva Y...