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Mostrando entradas de septiembre, 2001

Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

La última humillación

Tengo delante un puñado de imágenes de la guerra civil española, todas de Robert Capa. La más famosa, no me cabe duda, es la del miliciano retratado en el momento de caer abatido cerca del Cerro Muriano en septiembre de 1936. He leído muchas veces que esta imagen es la mejor fotografía de guerra jamás realizada. Decía el fotógrafo húngaro (que en realidad se llamaba Endre Friedman ) que la razón de que una fotografía no fuese lo bastante buenas era por no haberse acercado lo suficiente. El libro, además de la foto antes mencionada, contiene un puñado de imágenes tomadas por Capa que se las queda uno mirando sin poder sustraerse al dolor, al asombro, o a la reflexión: el rostro marcado de arrugas de una mujer en el Madrid sitiado, una niña recostada sobre un par de sacos de arroz abrigada con la chaqueta de un adulto, mirando al vacío durante la evacuación de Barcelona en enero del 39, civiles sobre el precario asfalto de las carreteras españolas de entonces con el cuerpo...

El lunes de cada año

Dice Antonio Muñoz Molina en Ardor Guerrero, ese libro que deberían leer todos los que han pisado con poca o ninguna convicción marcial un cuartel, que es imposible ser feliz un domingo por la tarde. Ahora mismo no tengo el libro a mano, pero recuerdo la cita. Supongo que el escritor se refería a la cercanía inexorable del lunes que tiñe de lánguida tristeza el crepúsculo de los domingos. Y si no quería decir eso, cosa improbable pero no imposible, tampoco me importa demasiado, pues la experiencia de cada lector es tan única como su vida, y esa frase para mí quiere decir exactamente eso: que la mañana del lunes, maldita sea, se cierne sobre nuestras cabezas, como el cielo sobre el casco de Abraracúrcix , a medida que se acaba el domingo. A finales de agosto, al mirar el cielo a la misma hora en la que hace tan sólo unos días aún se resistía a ocultarse el sol mientras adquiría un color naranja fuerte y espeso en el horizonte y descubrir ahora el brillo de la ...