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Mostrando entradas de enero, 2022

Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Burocracia

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La experiencia me dice que cuando alguien te plagia no sirve de mucho haber pagado una tasa y entregado una copia en la ventanilla correspondiente, pero la cuota de ingenuidad o esperanza que me queda (y ah ora que lo escribo no estoy seguro de que ambos sustantivos no sean sinónimos) me lleva siempre a registrar un libro antes de enviárselo a quienes decidirán su futuro. Llevo un cuarto de siglo peregrinando al mismo sitio. Nunca me ha atendido la misma persona (no sé si registrar obras literarias es una tarea muy estresante o tan aburrida que los funcionarios acaban pidiendo la baja o solicitando otro destino más entretenido) y casi siempre en la entrada hay un mínimo de tres mendas (a veces cinco), informándose concienzudamente sobre las noticias en un periódico o charlando (cuando no había teléfonos inteligentes ni redes sociales); o informándose concienzudamente sobre las noticias en sus móviles o chateando (desde que hay móviles y redes sociales). En los viejos tiempos dejabas tu...

La alarma interior

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He aprendido unas cuantas cosas durante tantos años jugando a imaginemos. Una es que, aunque puedes sentarse a pensar hasta que aparezca una historia, es mucho mejor cuando viene a buscarte. Suele ocurrir de la forma más inesperada: caminando, en la ducha, durante una conversación, observando a los clientes de un bar, leyendo o viendo una película. Hace unos días me senté a ver una. Pronto me di cuenta de que no me interesaba demasiado. No la terminé, pero un detalle insignificante de la trama encendió la alarma. Enseguida pensé: “Y si…”. Llevo varios días pensando en eso. Lo que se me ocurrió puede servir para un cuento, para una novela breve, para sustentar la trama de la novela que estoy escribiendo o para escribir otra novela que aparque o quien sabe si entierre la escritura de esta. No me preocupa. La sirena sigue sonando a ratos dentro de mi cabeza. Ahora toca darle vueltas a la idea, volar sin motor. Porque esa es otra de las cosas que he aprendido con los años, en la escrit...