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Mostrando entradas de noviembre, 2023

Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Estos rojos asquerosos...

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No he visto un solo minuto del debate de investidura. La única emoción que me provoca es el aburrimiento, y como la vida aprieta últimamente por varios flancos, el tiempo que me queda lo dedico a leer provechosamente (ando arremangado en un tocho delicioso de Mary Beard: la antigua Roma, sí; como apuntó Terencio, soy un hombre y nada de lo humano me resulta ajeno) y a terminar un cuento que llevaba meses atascado (quiero empezar una nueva novela y no me gusta dejar trabajos pendientes) y que, por inconfesable desidia, lo había ido posponiendo aunque sepa bien que las historias no se escriben y mucho menos se terminan solas.  A pesar de lo apuntado en la primera frase, como no vivo en una burbuja resulta imposible sustraerme a lo que pasa, en el Congreso y en la calle. Soy de los que piensa que al final todo se calmará, cada uno seguiremos con nuestra vida y antes o después habrá otro tema del que ocuparse. Otro asunto del que discutir, vaya. Y entonces esto no será más que un recue...

Saben aquell

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Salgo el viernes con la intención de verla, pero un plan inesperado me lleva por otro lado y acabo pasando una velada memorable, no recuerdo desde cuándo no me reía tanto. El sábado hago lo mismo, pero la hora de la proyección que consulté indicaba que era una hora más tarde. Antes de Internet también pasaban estas cosas, así que os ahorraré un par de líneas que desenmascaren al cascarrabias que llevo dentro. Mañana no puedo, tampoco el miércoles ni el jueves, y como temo que sea de las películas que aguantan en la cartelera menos de lo que deberían, repito el ritual por tercera vez. Total, a Bill Murray no le fue tan mal haciendo lo mismo cada día.  Una sala vacía es el trágico privilegio de un cinéfilo. No conozco un solo loco del cine que no haya fantaseado con tener una sala grande en su casa, con butacones tan cómodos como los del desaparecido cine Bécquer de Sevilla, pero una prueba incontestable de que a menudo no resulta agradable ver tus sueños cumplidos es sentarte en una...