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Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Signos de modernidad

Signos de modernidad Parece a veces que la historia avanza en círculos en lugar de hacerlo en línea recta, o acaso se repite, calcada en lugares diferentes como un grano travieso que brotara en otra parte del cuerpo después de haberlo extirpado. Hasta hace pocos años percibíamos las noticias de los disturbios raciales llegados desde Estados Unidos como un suceso tan distante que pensábamos que nunca nos alcanzaría directamente. Ahora, cuando uno ve las imágenes de los altercados racistas en Andalucía , no puede menos que estremecerse ante la inmensa cobardía de un puñado de indeseables que se agrupan por la noche, como una manada de hienas, de caza en un barrio marginal de trabajadores magrebíes , vociferando al ver llegar el coche de un inmigrante muerto de miedo para avisar al resto de la manada, con la misma alegría que si anunciara la salida de un plato al que disparar. Imagino que son los inconvenientes de un país por fin civilizado después de tantos años de aislamiento, donde lo...

Librerías Pizza Hut

Tras la tregua de unos pocos años la sombra de la libertad de horarios comerciales vuelve a cernirse sobre los pequeños comerciantes, aquellos que no pueden mantener el quebranto que supondría tener que soportar un turno doble de trabajo para mantener abierta una tienda noventa horas a la semana. Con tantas dificultades resulta tan complicado sacar adelante un pequeño comercio que quienes se empeñan cerrilmente en salir adelante contra viento y marea, tal y como está el panorama de las fusiones y las grandes superficies, adquieren, sin proponérselo, un halo de franca valentía o de locura descabellada. Es imposible, por muchas vueltas que uno le dé, que un pequeño comercio puede competir con un gigante, es como la lucha entre David y Goliath, pero sin honda, a pecho descubierto. Dicen, seguramente los grandes para justificar su enorme poder, que los pequeños tienen la ventaja de los gastos reducidos, de la atención personal al cliente, de la especialización. Pero vayamos por partes: ten...

Cuestión simbólica

El año pasado, todo el mundo pudo ver por televisión al todopoderoso Bill Clinton junto a Hillary y Chelsea , sorprendido en un mágico momento de arrobo familiar. La escena tuvo lugar en una playa, durante unas vacaciones de la Primera Familia norteamericana. Me parece recordar que hasta el perro andaba por allí meneando el rabo, emocionado sin duda, igual que millones de telespectadores ante semejante demostración de amor fraterno. Luego dijeron que el matrimonio Clinton se enojó porque algún periodista les había robado una imagen que pertenecía a su más estricta intimidad. Seguro que alguno pensó que la secuencia había sido robada tras arduas horas de trabajo agotador por parte de algún intrépido reportero que había sorteado mil y una dificultades y agentes especiales hasta conseguir acercarse lo suficiente a los Clinton . Pero la mayoría, supongo, enseguida se dio cuenta de la burda, y a la vez inteligente, maniobra del entorno del presidente. El asunto ...

Señalar con el dedo

Señalar con el dedo Uno no deja de asombrarse ante las cosas que puede llegar a hacer un vendedor para ser el número uno a final de mes, o tan solo para que le cuadren las cuentas y poder sacar lo suficiente para afrontar los recibos que, sin tregua, acaban venciendo puntualmente cada treinta días. En los periódicos sucede, supongo, lo mismo, y no hay más que echar un vistazo al expositor de cualquier kiosko y observar las portadas estratégicamente diseñadas y colocadas para atraer la atención de los posibles compradores. Al menos, es de suponer que cada revista está destinada a un segmento muy concreto del mercado y, motivos no confesados aparte, cada uno sabe lo que está comprando. El problema surge cuando uno compra un diario con la inocencia cotidiana de encontrar la noticia de un nuevo atentado, o tal vez con la esperanza de estar al día (para esto hay que leer constantemente) sobre los últimos fichajes del fútbol y encuentra noticias en primera página, ...

Símbolos devaluados

En 1948, un escritor inglés dueño de una salud menos que precaria, excombatiente de la Guerra Civil Española, militante del Partido Obrero Unificado Marxista (P.O.U.M.), escribió una de las novelas más famosas del siglo XX, una utopía que, como todos las grandes utopías de este siglo (a saber, Un mundo feliz, La isla) que aún no se ha terminado, pese al encono de algunos, presagiaba oscuras nubes pesimistas sobre el futuro más o menos inmediato. Planteaba Orwell un estado totalitario en el todavía para él lejano 1984. Conviene decir que esta fecha arbitraria no es más que el resultado del puro y simple azar. Esto es, del cambio de orden en las dos últimas cifras del año en que escribió la novela; por tanto, 1948 pasó a ser 1984. En aquella desasosegadora utopía futurista se nos presentaba a un triste personaje, Winston Smith, que a duras penas ocultaba su “doblepensar” contrario al régimen, agazapado en su vivienda para no ser visto por la pantalla desde donde un circunspecto bigotudo ...

Cosas de familia

No tendría más de tres años. Cuatro, a lo sumo. Rubio, con los mofletes sonrosados, rubicundo, como los niños de los anuncios de pañales. Paseaba con la madre de la mano y se quedó clavado delante de un escaparate. No sé, un juguete, una chuchería: cualquier cosa había llamado poderosamente su atención y se había quedado varado en el suelo, tirando del brazo de la madre y señalando, con la decisión que sólo tiene uno a los cuatro años, el motivo de su inquietud. La madre, joven y guapa, lo miró con paciencia. Con paciencia y con cariño. Se agachó, le revolvió el pelo y le dijo algo al oído, para calmarlo, algo así como que tendría el cuarto hasta arriba de juguetes, si no hacía nada que los Reyes Magos le habían traído los regalos. Fue entonces cuando empezó a patalear y a berrear con esa energía que sólo se tiene de niño para berrear y patalear. Permaneció así un par de minutos. Me quedé mirando la escena después de haber aparcado el coche. Al cabo, algo muy fuerte debió de decir el m...

Armas arrojadizas

Armas arrojadizas Con las pupilas escapándose del objetivo de las cámaras dicen que se encuentran a gusto, que los tratan bien, que jamás cambiarían la residencia por estorbar en casa de algún hijo ingrato. Pero, a poco que uno observe, pronto se dará cuenta de la falsedad bienintencionada del razonamiento, de la honda tristeza de esos viejos desterrados como trastos inservibles, viviendo los últimos momentos de su existencia exiliados lejos de la familia, compartiendo su destino final con otras docenas de expatriados de sus hogares. Recuerdan a los prisioneros de las películas de guerra que no se atreven a denunciar las calamidades del campo de concentración cuando la Cruz Roja los visita por temor a las represalias de sus carceleros. Algunos dicen que están bien, pero no me lo creo. Aunque aún es más triste, muy triste, cuando lo dicen de veras, llegar a viejo, verte relegado al desamparo y, a pesar de todo, asegurar que en la residencia te encuentras mejor qu...