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Registrar una obra literaria no sirve de mucho a la hora de la verdad, pero uno hace las cosas por costumbre, o piensa con ingenuidad que siempre es mejor curarse en salud, que en la balanza pesan más las ventajas que las molestias. Hace unos años un guionista me pidió permiso para usar el pasaje de una novela mía en una película. Decliné la oferta amablemente por escrito tras consultarlo con mi agente, y con mi respuesta debieron de hacer suyo aquello que dicen que escribió Muñoz Seca: «La impertinente misiva que remitido me has, ahora la tengo delante, pronto la tendré detrás». Cito de memoria y así se va a quedar, porque es como lo recuerdo, vaya. La película la protagonizó Mario Casas y jamás la vi. Perdonadme la digresión, pero voy por el segundo café para hacer tiempo en esta mañana farragosa que me espera y me siento como un alienígena si mientras desayuno no me baila la muñeca sobre el cuaderno. Registrar la novela, decía. Antes, hace muchos años —ya empieza a hacer demasiados ...

Lo que abrigan mis colores


A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí está lo divertido, el reto, como decía más arriba: que cada uno pueda leer algo distinto en el mismo texto, interpretarlo a su manera, quedarse con una frase, acertar a medias o equivocarse del todo. Como en esta foto de ayer. Unos verán una cosa, otros verán otra; otros nada. A unos les gustará y a otros no. Y a la mayoría le resultará indiferente, como debe ser. Pero muy pocos, no más de tres o cuatro, entenderán lo que significa. 

Tengo en mi despacho el póster enmarcado de uno de los premios que he tenido la suerte de ganar, uno de los más queridos: el Max Aub. Lleva impresa una frase del escritor que me encanta: «Nadie ve de verdad lo que quiero hacer, nadie oye lo que corre por debajo de mis líneas, nadie adivina lo que abrigan mis colores».

El gesto de la foto es una vieja clave entre este fenómeno que me acompaña y un servidor. Una clave compartida con la que nos reímos desde hace décadas. Y ahí seguimos. Y que no falte.

Yo me entiendo.


Septiembre de 2026

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