Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Adiós a las armas

Bueno, Cristóbal, yo ya tenía escrita otra separata, la verdad. La escribí hace un par de dí-as, y justo cuando la acababa de archivar en el disco duro de mi ordenador, me llaman por teléfono para que encienda la radio: corre, Andrés, pon la radio: ETA ha abandonado las armas. Hay que ver, he acabado de escribir esta frase, y me he quedado parado un momento antes de continuar, fíjate. Vuelvo a escribirla: ETA ha abandonado las armas. Quién me iba a decir a mí que iba a escuchar esta frase, que luego la iba a escribir en un papel y mucho menos que la repetiría en un medio de comunicación, si ya se derramaba sangre en nombre de ETA antes de que yo naciera. Y aquí estamos, celebrándolo. Hoy empieza el alto el fuego, y por muy malo, por muy defectuoso, por muchos flecos o por mucha desconfianza que despierte, tenemos que estar todos contentos. Y ojalá que dure. Tal vez, Cristóbal, deberíamos plantar otro árbol en la puerta C del Estadio Olímpico, igual que se hizo el otro día para celebrar la primavera, un árbol este primer día de un alto el fuego que parece que tiene voluntad de ser duradero, un árbol que crezca cada día, un árbol que no se marchite y que florezca cada mes de marzo, que sirva para infundirnos esperanza y también para recordar a los que se fueron, para respetar a las víctimas, que son, con diferencia, los que más tienen que decir, que alegrarse o que sufrir con esta nueva etapa que empieza hoy. Sólo nos queda cruzar los dedos, Cristóbal, cruzar los dedos, y confiar y esperar, como el Conde de Montecristo, a ver qué pasa, a ver si es posible, de una vez, y para siempre, la paz. Aunque, por desgracia, siempre habrá nubes en el horizonte, y aunque hoy celebremos el adiós a las armas de ETA, no podemos olvidarnos de los otros terroristas, los que en un solo día en Madrid, hace poco más de dos años, en unos trenes de cercanías, dijeron que ya estaban aquí, nos helaron la sangre y, de un plumazo, por un momento, de tan sanguinarios hicieron que los otros terroristas, los de siempre, los que hoy han empezado el alto el fuego, parecieran unos niños jugando en el patio de un colegio. Ojalá que alguna vez plantemos otro árbol, Cristóbal, además del que deberíamos plantar hoy, para celebrar el fin del terrorismo fundamentalista, aunque me temo que para entonces ese otro árbol, ese que podríamos plantar hoy para celebrar el alto el fuego de ETA, estará tan crecido ya que bajo su sombra podremos sentarnos a esperar, querido amigo, a que el adiós a las armas de los otros terroristas, esos que se presentaron en Madrid hace dos años en forma de hecatombe en el metro, sea de verdad para siempre.

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2006


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