Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Emigrantes españoles

Querido amigo:
 ace poco veía en un periódico la fotografía de un barco atestado de emigrantes españoles que habían cruzado el Atlántico en un viejo barco de vela, desde Canarias hasta Venezuela, para buscarse la vida por las bravas. Eran tipos flacos, con los pómulos afilados, las púas de las barbas asomándoles en los mentones sin afeitar, de pie en la cubierta de una precaria embarcación que todavía nadie llamaba cayuco. Calculo que la fotografía debería de tener unos cincuenta años, y lo cierto es que no hace tanto, y todavía hace mucho menos que una de las palabras que primero aprendíamos en el colegio era la palabra emigrante ―los que salían de su lugar de origen en busca de mejor fortuna―, los españoles que hacían las maletas y subían a un tren que los llevaba a trabajar a una fábrica de Alemania o que subían a un barco como el de la foto que te cuento para buscarse la vida en Suramérica. Sin embargo, fíjate, cuando yo iba al colegio la palabra inmigrante no era más que eso, una palabra a la que no había ningún ejemplo cercano que asociar. Muy poca gente venía entonces a España en busca de una vida mejor.
  el caso, querido amigo, cuando ahora pensamos que en España las cosas han cambiado mucho, que al contrario que antes es ahora la palabra emigrante ―los que salen fuera a buscarse la vida, no nos olvidemos― a la que cuesta encontrar un ejemplo que la explique, que ya no somos nosotros los que cruzamos los Pirineos o atravesamos el Atlántico jugándonos el pellejo sino que son los sudamericanos y los africanos los que se juegan la piel y la bolsa para buscar trabajo aquí, viendo un día la tele me encuentro un reportaje en el que varios cientos de anda-luces, muchos de ellos sevillanos, se montan en un autobús que los va a llevar hasta Francia para trabajar en la vendimia. Todo muy reglamentado, claro, con sus contratos, su alojamiento, su transporte y sus pagas estipuladas, pero, al cabo, aunque parezca todo más civilizado, a mí, que soy escéptico por naturaleza, qué le vamos a hacer, me cuesta mucho diferenciar las razones por las que estos paisanos nuestros cruzan los Pirineos ―para mejorar su vida, no lo dudo: no lo dudo y los admiro, además―, de los motivos por los que la gente cruza el estrecho o viene desde la Europa del Este a trabajar en los campos andaluces.
  hay algo que no funciona en esto, algo que me chirría cada vez que lo pienso, querido amigo, y es que al final los españoles no somos tan diferentes de los que vienen a buscarse la vida aquí.
  Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2006


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