Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

El mundo de los políticos

Querido Cristóbal: como sabes bien, después de tanto tiempo compartiendo micrófono, a mí los políticos me interesan bien poco. De hecho, procuro no guardar en la memoria los nombres de los ministros y me esfuerzo en no aprenderme los nombres de los concejales ni de los diputados. Siempre he pensado que los políticos, gobiernen o no, viven en un mundo y nosotros ―tú, yo, los oyentes que nos escuchan ahora― en otro que no tiene demasiado que ver.
 Te cuento esto, querido amigo, porque el otro día estuve viendo en la tele al presidente sometido a las preguntas de la gente. No sé si lo habrá hecho porque su valor o su inconsciencia son admirables o porque no le ha quedado más remedio que comparecer ante las cámaras y con los ciudadanos, con la que está cayendo. Y ver el programa ha confirmado mi teoría, Cristóbal, que los políticos parecen vivir en otra dimensión, como si se hubieran colado a bordo de una nave espacial en uno de esos agujeros negros del espacio y se hubieran instalado en una realidad paralela. A los que mandan, como Zapatero, se les llena la boca con las cifras y con las estadísticas, y uno los escucha y se imagina que hay otra España que no sabe donde está, un país perfecto y agradable, donde todos los jóvenes trabajan y son felices, un lugar donde no hay constructores ambiciosos y con malos modales y donde los políticos corruptos son desterrados de inmediato, como en la antigua Grecia. Un mundo perfecto, en fin, donde los cafés cuestan ochenta céntimos.
 Dentro de poco viene Rajoy, al mismo sitio. Y sin haberlo visto ya te digo que el asunto tampoco va a mejorar mucho. El mundo en el que viven los políticos que están en la oposición, suele ser igual de falso y exagerado que el otro pero en un reverso oscuro. La España de Rayoy será una España apocalíptica, un país desintegrado que el gobierno nos dejará como herencia hasta que los españoles les demos nuestra confianza ―y nuestro voto― a su partido. Si ganan las elecciones, dentro de un tiempo será Rayoy el que se instale en ese mundo pefecto que sólo existe en los gráficos y en las estadísticas, y Zapatero el profeta que nos advierta a todos que el apocalipsis está por llegar a no ser que le votemos a él en las próximas elecciones. Y todos los ciudadanos seremos como los espectadores aburridos de un partido de tenis que no se acaba nunca, Cristóbal, mirando a un lado y a otro los raquetazos, con ganas de que acabe el partido y volvernos a casa, al mundo real del que los que juegan el partido en la pista parecen haberse olvidado.

 © Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2007

Emitido en Punto Radio el 31 de marzo de 2007

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