Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Los nuevos piratas

Oye, Cristóbal, la semana pasada se estrenó la película Piratas del Caribe III, y los dueños de las salas de cine, los distribuidores y los productores deben de andar frotándose las manos y contando los doblones que les van a reportar las aventuras del ambiguo Johnny Depp, el blandengue Orlando Bloom, y la escuálida pero bellísima Keira Knigthley. Pero mientras esto sucede, querido amigo, unos piratas del siglo XXI, más avispados y con menos escrúpulos, nos han birlado cerca del Estrecho un fabuloso teso-ro que llevaba siglos esperando en el fondo del mar hasta que los GPS y la tecnología pudieran ponerse al servicio de los nuevos piratas.
 Y a mí, los piratas, Cristóbal, fíjate, históricamente siempre me cayeron simpáticos. Pero bueno, eso me pasa por haber leído de muy niño La isla del tesoro. Me gustaban esos sinvergüenzas de toda la vida, los de pata de palo, pañuelo en la cabeza y parche en el ojo, esos que pilotaban barcos en cuyo palo mayor ondeaba una bandera que con sólo imaginarla, en mitad del océano, debería a uno cortársele la digestión. Ahora todo es más sutil, Cristóbal, y mucho menos arriesgado: nada de sables ni de abordajes, basta una buena dosis de caradura y que en Gibraltar hagan la vista gorda para que nos bir-len delante de nuestras narices un tesoro espléndido.
 Que no me cuenten milongas ahora. Que nadie venga a decirme que no está claro que las monedas de oro que han sacado los piratas del Odissey no son españolas. Lo que más me duele, querido amigo, es que llevo meses leyendo en los periódicos que había un barco buscando tesoros cerca de Gibraltar y nadie ha sido capaz de mover un dedo por evitar lo que ha pasado. Y lo que ha pasado no es más que la consecuencia lógica de lo que somos: el Ministerio de Cultura estaba más preocupado en averigüar si la espada del Cid Campeador era la de verdad o una copia, y a lo mejor se creían que los piratas del Odissey navegaban frente a nuestras costas para tomar el sol. Yo no soy capaz de imaginarme a un barco español frente a Florida buscando tesoros sin que nadie los moleste. Por ahí debe de andar alguien partiéndose de risa. Y a lo mejor es que nos merecemos, Cristóbal, por mucha rabia que me dé: que nos quiten lo que es nuestro porque no nos hemos preocupado de conservarlo.

 © Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2007

Emitido en Punto Radio el 1 de junio de 2007

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