Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Mad men, o las miserias de los hombres

Permitidme, de nuevo, el fácil juego de palabras con el que titulé una entrada en esta bitácora en febrero: Lost without Lost, o sea, Perdido sin Perdidos. Acostumbrado a las aventuras de los supervivientes del vuelo 815 de Oceanic desde el verano pasado, afirmaba, con sinceridad lastimera, que iba a pasar mucho tiempo hasta que otra serie me enganchase o me hiciese disfrutar (¿acaso no es lo mismo?) como lo había hecho Perdidos. Con las series que me gustan me sucede lo mismo que con los libros que me hacen disfrutar: la tristeza al terminarlos, el vacío, tan grande, y la certidumbre incómoda de que me va a costar mucho encontrar otra historia que ocupe su lugar. Pero al final siempre hay buenos libros apilados en la estantería, y no creo que haya habido jamás una oferta tan interesante de series como la de ahora.

Igual que por otras series de las que aún no he visto un solo capítulo, sentía cierta curiosidad por Mad men. No sabía nada del argumento, salvo que se desarrollaba en una agencia de publicidad neoyorquina en los sesenta, y algún fragmento que había pillado zapeando en Canal +, sin prestar atención, en el que me había parecido distinguir a la actriz que interpretaba a la hija del presidente de los Estados Unidos en otra serie que también disfruté mucho durante sus primeras temporadas: El ala oeste de la Casa Blanca.

Y como a pesar de estar arremangado hasta los codos con una nueva novela, la holganza del verano es muy apropiada para sentarte a ver cómo trabajan los demás, con una novela de esas que igual te sirven para ejercitar los brazos que para pasártelo en grande o con una serie de televisión por descubrir, el otro día empecé a ver la primera temporada de Mad men, y ya estoy envenenado, sin posibilidad de cura, parece. No sé si porque no hay enigmas, ni efectos especiales o una intriga potente tendrá menos espectadores que otras series, pero no recuerdo haber visto retratadas en mucho tiempo en una serie de televisión (haberlo visto alguna vez, quizá), de una forma tan clara y tan contundente las miserias del alma de los hombres: la ambición, la hipocresía, los celos, la vanidad, el machismo, el cinismo, la forma en que las mujeres aceptan con resignación o incluso se aprovechan del papel que les ha tocado jugar en esos años.

Me gusta Mad men. Me gusta mucho. Y no solo lo que cuenta. Me gustan los tonos pastel, me gustan los títulos de crédito. Me gusta la forma sugerente o inquietante como suelen terminar los episodios. Don Drapper se me antoja un galán transportado desde el Hollywood clásico, y su preciosa mujer me recuerda a Grace Kelly. Veo en escena a Joan Holloway, la jefa de secretarias, y es como si en la pantalla apareciese Sofía Loren. La miro caminar por la oficina, con esos andares calculados de quien se sabe culpable de la tortícolis de los hombres que trabajan en la agencia de publicidad Sterling & Cooper y también me dan ganas de girar la cabeza, para no perderme nada, igual que hace Roger Sterling, aunque haya sufrido un infarto. Esa es una de las cosas más maravillosas de la ficción: que consiga que lo que vemos en la pantalla o leemos en las páginas de un libro parezca real, que te haga sentir que es posible, que tengas que reconocer que te gustaría estar ahí.

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2010

Comentarios

Richard Sabogal ha dicho que…
Interesante incitacion a cometer el pecado de inmiscuirse en tan interesante serie. A agarrar la sabana y a morderla cada que los directores nos pongan escenas desicivas. A esperar con ansias el momento en que salga la nueva temporada. En fin, interesante nota, excelente opinion. Felicidad!
Pakiba ha dicho que…
Interesante comentario, en que canal?
Perdidos me enganchó mucho.
rosa mary ha dicho que…
Hola Andres parece interesante,pero no la he visto,solo sigo los Tudor. un saludo
Andrés Pérez Domínguez ha dicho que…
Gracias, Richard.

Pakiba, la ponen en Canal +

Rosa Mary, Los Tudor también me gustó mucho.

Abrazos para todos,
realidadubevista ha dicho que…
Por tu culpa me he sentado hace un momento a ver el primer capitulo de Mad Men. Muy buena, desde el primer capitulo se refleja la miseria humana. La posicion de la mujer, de veras es una interesante serie, Gracias por la recomendacion, desde hacia meses tenia la inquietud de verla, pero tu reseña me termino de convencer. Pidele comision a la gente productora de Mad Men. :-)


Nota: Recuerda, mañana este blog sale en www.negrosobreblancoonline.wordpress.com Un Abrazo feliz domingo
Unknown ha dicho que…
Una serie imprescindible, la verdad que de publicidad he aprendido mucho, parece que no ha cambiado mucho. No sé cómo le hace Matthew Weiner para crear un producto con una belleza estética y unos diálogos sensacionales.

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