Los tomates de Bardem
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Por casualidad me topé el otro día con un artículo del actor Javier Bardem en El País, en el que se quejaba de la piratería en Internet, y ponía el ejemplo de que si los tomates pudieran duplicarse con un ordenador y con solo pulsar un botón mágico uno pudiera descargárselos, nadie acudiría al mercado a comprar tomates.
A mí me pareció un ejemplo muy acertado, y después de poner el enlace del artículo en Facebook y en Twitter empezó un debate interesante sobre estos derechos tan confusos de los creadores y de los usuarios que desean acceder gratis a todo lo que está en la Red. Como el blog me permite todo el espacio que quiera, voy a dejar clara mi postura, por si le interesa a alguien.
Migue, un amigo al que conozco desde hace años, argumentaba que si los tomates pudieran descargarse de un ordenador se acabaría el hambre en el mundo. Yo decía que no, porque los tomates no los fabrica el ordenador, sino un agricultor que los planta, los riega, los cuida y los mima, y el ordenador solo los copia. Por tanto, si con un solo tomate fabricado por él, pueden reproducirse millones, difícilmente el agricultor podrá seguir plantándolos y regándolos, porque para comer necesita obtener un beneficio de su trabajo, como cualquiera. Alguno decía que el beneficio de la industria de la música o del cine, incluso de los libros, es muchas veces exagerado, y que si bajaran los precios seguro que no habría tanta piratería.
Yo no estoy tan seguro de eso, quiero decir de que el beneficio sea exagerado (con toda la subjetividad que tiene este argumento), o de que con unos precios más bajos se acabaría con la piratería. Creo que cuando la gente se acostumbra a conseguir las cosas gratis difícilmente se podrá cambiar su manera de obtenerlas. Además, este razonamiento de un precio desorbitado, a mi juicio, encierra una trampa mayor: justificar el robo. Porque llevarse algo por la cara sin el consentimiento de su dueño legítimo es robar, no nos engañemos. Y que un Ferrari sea caro, explicaba yo, sin mucha esperanza de que alguien me comprendiese, no me da derecho a entrar en un concesionario y llevarme el coche por la patilla. Simplemente, en lugar de gastarme mi dinero en esa marca me lo gasto en otra más asequible, o en ninguna, pero de ningún modo se me ocurre robarlo. De igual manera que si J.K. Rowling se ha podido comprar un castillo gracias a las ganancias millonarias de sus libros, eso no legitima a nadie para robar en Internet las novelas de Harry Potter. Qué curioso, y qué triste, que esta forma de apropiarse de lo ajeno esté bien vista por una gran parte de la sociedad.
Y es que, cuando Javier Bardem o un actor rico y famoso habla de la piratería enseguida hay quien salta porque es millonario. ¿Y qué? En realidad, cuanto más famoso sea uno, a más gente podrá llegar el mensaje que quiere transmitir. Y seguro que las palabras de Javier Bardem tendrán mucho más eco que las mías. Además, no nos engañemos: el cine no es la alfombra roja, sino los técnicos, los guionistas, los maquilladores, los productores que arriesgan su dinero. ¿Que hay subvenciones? Pues sí. Pero también las hay para la industria del automóvil y para los bancos, y seguro que para muchos más sectores, con unas cifras estratosféricas si las comparamos con las subvenciones a las películas. Además, eso daría para otro debate, y no es de lo que quiero hablar.
A mí, el caso que me toca más cerca es el de los libros, claro. Algunos me dicen que, gracias a Internet, mucha gente puede publicar sin tener que pasar por el filtro de una editorial, y que así la Literatura se ha democratizado. Vayamos por partes: que cualquiera que escriba una novela pueda publicarla en Internet no significa, y lo digo con todo el respeto, que merezca la pena ser leída. No digo que no se pueda pescar en la Red alguna obra que valga la pena, pero yo, antes de pasarme meses navegando en Internet hasta encontrar la obra maestra de un escritor inédito, prefiero pagar lo que cueste una novela publicada por una editorial en la que confíe porque sé que tendré muchas menos posibilidades de sentirme defraudado. 
Esto no quita para que, el que quiera, pueda colgar sus novelas, poemas, canciones o películas en Internet para que cualquiera pueda disfrutarlas. Faltaría más. Pero de una forma voluntaria, y aquí es donde creo que está la madre del cordero, porque debe ser el autor el que decida libremente si quiere que su obra esté en Internet. Es tan simple que ni siquiera debería explicarse: nadie, con el argumento cínico de “compartir” debería poder colgar una obra mía en Internet sin mi consentimiento. Sin el modelo original no existiría ninguna copia, y se trata de mi trabajo, de mi esfuerzo, de mis desvelos, de mi vida, vaya, y solo yo debo ser quien decida cómo se puede comprar, o si la quiero regalar, si llega el caso. Y con el apellido Sinde o como se llame en el futuro, me gustaría que hubiera una ley que protegiera mi derecho (un derecho incuestionable, diría yo) a explotar el fruto de mi trabajo como me plazca, igual que cualquiera.
En fin. Ya he dejado clara mi postura. Y todos los creadores creo que deberían hacerlo. No vaya a ser que al final se nos puedan aplicar esos versos tan famosos de Bertold Bretch, y que, cuando vengan por nosotros, ya no quede nadie para protestar.
© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2010
Comentarios
Y es el autor el que debe decidir sobre su obra, venda millones de libros, miles o una docena, pero solo él.
El argumento del precio excesivo no me vale: también son caras las joyas y es ilegal entrar en una y llevarte un collar sin pagarlo.
Feliz Navidad para ti también
Según decía el nombrado los tomates se podrían descargar cuantas veces fuera deseado. Como los archivos de audio, vídeo o texto. Y, aunque este individuo no lo tenga claro, el tomate descargado sería no parecido, sino igual al original. También se podría comprimir con pérdida para obtener tomates no tan exquisitos pero igualmente nutritivos. Si se comieran el tomate original, se podrían descargar nuevas copias a partir de las copias descargadas. Vuelvo entonces a lo que ya comenté: el agricultor podría comer tomates descargados por sus vecinos. Si encima se descargan pan, aceite y jamón, no veas.
¿Que el agricultor quiere vivir de cultivar tomates? Perfecto, está en su derecho a intentarlo. También los cocheros (de caballo) pueden querer vivir de hacer un servicio de transporte público y no paseos turísticos. ¿Son casos muy diferentes? Probablemente. Pero la analogía de los dichosos vegetales rojos con las descargas me parece poco acertada.
Si de verdad existiera una máquina para replicar jamones (o la comida que fuera) con solo darle a un botóncito, apostaría por cuidar de esa máquina y su mejora y mantenimiento antes de cuidar de los que intentaran seguir viviendo de hacer los jamones. Mejor que comamos todos con solo darle a un botóncejo que mantener el oficio.
Muy diferente a lo que pasa con las personas que crean arte o material de lectura y audiovisual de entretenimiento. Tanto si se trata de material autoeditado como si no, si no siguen creando no se podrían disfrutar de nuevas creaciones. Y sí, para crear tienen que seguir vivos. Por ende, tendrán que comer, tomates o papas, pero comer.
Veo mucho más entendible el derecho a decidir si el acceso a tus obras es gratuito o no que el querer luchar contra máquinas de repartir panes y peces. Perdón, tomates. Que seas tú quien lo elige, como elige Disney si la imagen de Jack Sparrow tiene unos derechos de copia aunque algunos seguirán usandola sin el pertinente permiso para cuestiones personales.
Me veo entre los grandes al ser el primer nombrado en tu blog. Hace unos años parecía que no sabía hablar, pero es que me dedicaba a dar por saco escribiendo :D
Saludos, amigo.
Hay muchos enlaces al respecto. Aquí va uno:
http://www.copyright.gov/fls/fl102.html
Saludos.
Oye, pues es un debate muy interesante. También creo que entre las profesiones no puede compararse: por ejemplo, un cantante, tiene otra fuente de ingresos: los conciertos (Lady Gaga cobraba 70 o 100 euros/entrada), cosa que un escritor no tiene. Tampoco veo a muchos escritores promocionando marcas de ropa, saliendo en revistas...etc, etc.. y no digamos los actores... No es por crear rencillas, es por decir, que otras profesiones cuentan con la grandísima ventaja de la imagen y publicidad que un escritor no tiene. Por tanto, es una figura aún más indefensa ante la piratería, más vulnerable, y por ello, más en peligro de extinción, je,je... ah! y yo quiero ser escritor!!! ¿O lo soy?
Bueno, Andrés, ¡Feliz Navidad!
Hace 10 años no existían estas cosas y todos pagábamos por ver una peli, o leer un libro, se trata de poner las cosas en su sitio, y sobre todo que los que más sufren estas consecuencias que son los autores modestos no se resientan tanto.
Si no se hace así, terminaremos por no leer libros ni ver pelis porque no existirán, para qué si se descargan en máxima calidad en 5 minutos y la ves en tu super pantalla de casa?
Tal vez alguno sugerirá que hay que crear un canon para las pantallas gigantes tambien...
Seguramente antes era mucho más difícil ver "gratis" una película que estuviera en cartelera. Pero si el problema es ese, hay que buscar a los que consiguen distribuir copias de buena calidad recién sacaditas del horno. Porque hay que tener muy pocos escrúpulos para ver una película directamente grabada de la pantalla del cine con las risas, toses y temblores propios de la sala.
Lo que se cuestiona desde el otro lado (más allá de los precios, el reparto de beneficios, el libre acceso y demás) es la facilidad que se le pretende dar a la industria para poder cerrar sitios web (puenteando los mecanismos judiciales lógicos). Y si somos capaces de entender que un escritor debería tener derecho a decidir si su obra es de libre distribución o no, creo que deberíamos ser capaces de entender que tendría que ser un juez quien decidiera que tipo de castigo tendría que cumplir si alguien que no respetara ese derecho.
Un abrazo fuerte.
Te dejo este enlace que te puede interesar de un manifiesto en el que yo me acabo de adherir.
Un abrazo y feliz año.
http://www.copirrait.es/manifiesto/
Ha sido un debate interesante.
Un abrazo y feliz 2011