Las nubes del verano
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Pero también bastan unas cuantas horas de cielo encapotado, de gotas que caen por sorpresa y de aire fresco para que, a poco que se descuide, uno sucumba al falso espejismo de un verano más fresco o menos duro. Porque, al cabo, en verano hace calor y en invierno hace frío. Es lo que toca. Pero ayer daba gusto pasear por el campo. El olor de la tierra húmeda, uno de los que más me gustan, tan intenso y la amenaza no necesariamente desagradable en el cielo de una tormenta, y el aire fresco, como si le hubieran dado la vuelta al mapa y Andalucía estuviera al lado del Cantábrico.
Creo que a muchos nos gustan la lluvia y los días nublados en verano por la misma razón que nos agradan las mañanas soleadas de invierno en las que no hay rastro de nubes y el cielo parece una promesa de las vacaciones que aún quedan tan lejos. Ya lo dice esa canción de Fito & Fitipaldis: “Sé que no puedo dormir porque siempre estoy soñando, en invierno con el sol, con las nubes en verano”.
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© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2011
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Un abrazo,