Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

¿Paraíso?

Hablo por teléfono con mi madre y me cuenta que la playa está llena de sombrillas. Me asomo por la ventana y apenas puedo ver un hueco libre en la arena, me dice. Sé que no exagera. Es quince de agosto, tampoco es para extrañarse. Quizá, como siempre, el raro sea yo, que prefiere estar tecleando este post sin escuchar más que algún sonido familiar en la calle a pesar de tener todas las ventanas abiertas: la conversación indescifrable de algún vecino, el tráfico escaso un poco más allá, en la carretera, los pájaros que buscan la sombra a esta hora.

Cada uno ha de encontrar su propio paraíso, supongo. Buscando un palmo de arena donde clavar la sombrilla frente al mar a mediados de agosto, o tal vez en las ciudades que en días como hoy se me antojan tan acogedoras como si hubiera sucedido un cataclismo nuclear o una epidemia hubiera barrido a sus habitantes. Aparcar en el centro sin tener que dar vueltas -incluso los gorrillas se han ido de vacaciones-, caminar protegido por la sombra de una calle estrecha, entrar en una tienda o en una cafetería refrigerada, meterte en un cine sin hacer cola o, simplemente, leer el periódico en silencio o dedicarte a programar tranquilamente tu próximo viaje sin agobios también puede ser bastante parecido a estar en el paraíso.

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© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2011

Comentarios

Pakiba ha dicho que…
En estos dias de tanto calor que bien se está bajo una buena sombra y con un buen libro.
Esas aglomeraciones de playa y calor no son para mi.
Rosa mary ha dicho que…
Yo este año cambie la playa por el campo,( por la sierra) y me gustó es más tranquilo eso y poder leer un libro es lo mejor .La playa me agobia demasiada gente por todas partes ( coo cambia uno cuando era más joven me encantaba).Saludos Andrés
Andrés Pérez Domínguez ha dicho que…
Gracias a las dos por vuestros comentarios.
Abrazos,

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