Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

El viajero solitario. Tour de El silencio de tu nombre XVIII (Madrid)



Ya estoy en Madrid, pero he estado a punto de no llegar porque esta mañana el torno de la estación del cercanías en mi pueblo no funcionaba. Llamo a RENFE y me dicen que no pueden hacer nada. Que salte si no me queda otro remedio. A esa hora de la mañana lluviosa del domingo no hay nadie en la estación, y apenas faltan unos minutos para que llegue el tren que enlazará con el AVE, así que no tengo más remedio que hacer un equilibro precario con el maletón y las suelas de los zapatos mojadas sobre los tornos metálicos. La profesión de escritor también puede tener sus riesgos... En el tren leo a ratos el periódico y a ratos De qué hablo cuando hablo de correr, de Murakami. A pesar de la legión de seguidores que tiene, nunca he conseguido engancharme a una novela del escritor japonés, pero este ensayo sobre su afición a trotar cada día y la relación que el deporte tiene con la escritura me está gustando. Miro el teléfono y no puedo evitar pinchar en el enlace del diario vasco Deia, que hoy saca una entrevista conmigo en la contra. Al atravesar Despeñaperros no puedo dejar de pensar en Gregorio León. Los que hayan leído El silencio de tu nombre sabrán a qué me refiero. Hace dos años que escribí esa parte de la novela, y ya nunca he pasado por Sierra Morena sin pensar en el Gregorio León de verdad y el de la ficción. 
Al otro lado del pasillo una pareja joven dormita abrazada. Vuelvo a Murakami. Anoto una frase que me gusta. Siempre subrayo a lápiz los libros, pero no sé por qué ahora prefiero copiar las frases que me gustan en mi libreta: "No existe en el mundo real nada tan bello como las fantasías que alberga quien ha perdido la cordura". 
En Madrid llueve, pero menos que en Sevilla. Y no hace tanto frío como esperaba. Paseo por las librerías del centro y me gusta ver mi novela bien colocada, en la mesa de los libros más vendidos. La veo a pesar de que los escritores padecemos una enfermedad extraña: nos cuesta encontrar nuestras propias novelas en las librerías. Será por un pesimismo unánime que padecemos los del oficio, pero yo casi me marcho de la Casa del Libro sin darme cuenta los cartelones que hay en la entrada de todas las tiendas de la cadena en Madrid con la cubierta de la novela. 
Ya ha dejado de llover, y ha empezado a hacer frío. Y a mí me encanta, claro. Pero eso ya lo sabéis si sois lectores de este blog.

Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2012

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