Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

El alquitrán del camino



Sabías que antes o después sucedería, pero aunque no la necesitas de pronto te encuentras buscando tontamente una excusa. Siempre pasa, así que ahora no iba a ser diferente. Miles de kilómetros en apenas tres meses, y unas semanas después de que haya terminado la promoción te revuelves inquieto en el despacho, como una fiera enjaulada. Te dices que tienes varias historias en la cabeza pero no te animas a empezar ninguna; también pasa siempre que antes de empezar a escribir una nueva novela te preguntas si serás capaz otra vez, pero estás acostumbrado a la incertidumbre y hasta encuentras divertidas las dudas a estas alturas. En el fondo sabes que no es por eso. O que no es sólo por eso. En realidad, miras por la ventana y ves el mundo, ahí fuera. Te acuerdas de esa vieja canción, y de los viajes. Una de las cosas que has aprendido durante estos años es que las ideas no suelen venir a la cabeza cuando te sientas a pensar. Casi siempre las mejores ideas se te han ocurrido en movimiento: dando un paseo, conduciendo, mirando el paisaje por la ventanilla del avión o de un tren. Te vas y la imaginación se desata. Por eso estás acostumbrado a viajar con tus cuadernos. Pero, ¿por qué tantas excusas? Quieres viajar, simplemente. Marcharte unos días sin más motivos que poner tierra de por medio. Sonríes al hacer las maletas, al imaginarte mañana en el Norte, tan lejos, tan diferente al sitio donde vives. Es una contradicción ser tan hogareño y tan viajero al mismo tiempo. Debe de ser algo así como un vicio, y tú lo llevas en el cuerpo desde siempre. Esa canción lo define bien, sí: “Pero no te engañes pensando que el redil de vuelta va a seguir igual. El alquitrán del camino embriaga más que el suave vino del hogar”
Y al final todo se reduce a eso, a que echas de menos el alquitrán del camino.

(c) Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2013

Comentarios

aureavicenta ha dicho que…
^_^ ¡Cosas de escritor!
Saludos.
Alicia ha dicho que…
Es que sucede que a veces el alma pide aires de otros lugares. Buen viaje.
Pakiba ha dicho que…
A los escritores os gusta mucho viajar para encontrar nuevas inspiraciones .

Saludos
Andrés Pérez Domínguez ha dicho que…
Gracias por vuestros comentarios. Abrazos a las tres

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