Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

El imbécil


Para algunas cosas me falta cintura, lo reconozco. Por la ventana de mi despacho llevo ya muchos días viendo una furgoneta aparcada de mala manera, atravesada, ocupando un espacio donde se debe aparcar en batería y, si el conductor hubiera tenido sólo un poco de respeto por los demás, no la habría dejado ahí —tal vez abandonada— ocupando el sitio donde por lo menos cabrían tres coches. Ayer iba conduciendo por una avenida amplia detrás de un vehículo que, por la velocidad que llevaba, parecía que el conductor había hecho un juramento para no adelantar a un caracol. Me cambié de carril y no pude evitar mirarlo. Pensaba que sería una persona mayor, con algún problema de visión o de esa clase de gente que se pone al volante de un coche y enseguida se le engarrotan los brazos y se pone a sudar de puro miedo a conducir. Pero no, era un hombre de mi edad, y no sé si tendría pánico a conducir, pero me quedó claro que es capaz de circular por un lugar con bastante tráfico mientras mantiene una animada conversación vía whatsapp. Lo del whatsapp y el volante es el colmo. No hace mucho, al cruzar una calle en un paso de peatones, me quedé clavado porque un motorista venía directo sujetando el manillar con una mano mientras que con la otra tecleaba frenéticamente, con ese virtuosismo que tienen quienes parecen vivir en los mensajes de su teléfono. Soy muy radical en cuanto a las normas —si las hay, están para cumplirlas todos, nos guste o no— y veces las de tráfico tienen mucho que ver con las de educación: la gente que aparca alegremente en los lugares reservados para minusválidos, por ejemplo, como si las reglas sólo las tuviéramos que respetar unos pocos tontos.

 Pero mi transgresor favorito de estos días es un idiota que se ha atrevido a conducir por una autovía desde el asiento del copiloto y además lo ha subido a youtube. En cuanto la policía ha visto el vídeo el chavalote lo ha retirado, pero ya no hay marcha atrás. No se sabe su nombre todavía, pero seguro que alguien lo conoce y podrá avisar para que lo detengan. Si alguien lo identifica desde mi blog me daría una gran alegría, la verdad. No creo que al final sea tanto, por desgracia, pero parece que le pueden caer hasta tres años de cárcel. Por conducción temeraria, según tengo entendido. A ver si revisan el código penal de una vez y al próximo gracioso que se juega la vida de los demás —la suya, si quiere perderla, es su problema—, además de por temerario también le caen unos pocos años por imbécil.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2014


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