Lo que abrigan mis colores

Imagen
A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Mutiplicar la vida (II)


En el valle del Guadalquivir siempre tiene uno la sensación no del todo equivocada de que el invierno empieza a mediados o a finales de noviembre y dura hasta poco después de Navidades, porque desde mediados de enero se alternan algunas jornadas luminosas en las que a las horas centrales del día parece que la primavera llegará enseguida con otros días que recuerdan que el invierno empezó a finales de diciembre y aún queda bastante (hace cuatro años nevó en Sevilla, en febrero: no cuajó, pero se trataba de nieve, al cabo). Decía equivocada porque, aunque a mediodía uno esté a gusto al sol, por la noche bajan tan rápida y tan inesperadamente las temperaturas que a quienes visitan las ciudades del sur estos días los pilla por sorpresa y desabrigados.
Esta mañana no había ni una nube en el cielo después de unos pocos días que parecían la llegada del diluvio. Desde muy temprano estoy escribiendo, pero ya es viernes y me gustaría descansar hasta el lunes: no puedo siempre, pero procuro acomodar mi trabajo a los horarios grises y estables de una oficina. Al final de la mañana llega el momento de plegar velas y guardar los folios y cerrar el archivo del ordenador hasta el lunes, pero sabes que aunque no estés sentado en tu despacho de alguna manera el trabajo siempre te acompañará puesto que las ideas vienen y van cuando menos te lo esperas, de una forma que tiene algo de mágica. Lo quieras o no, una de las cosas que debes tener presente cuando empiezas a escribir una novela es que durante un año o dos tendrás que sostener en tu cabeza una trama y unos personajes que no existen más que para ti, y en los que habrás de pensar continuamente hasta que la des por terminada. Han sido demasiados días viendo llover, y aunque hace frío aprovecho el cielo despejado para subir a la bici. Al protagonista de la novela en la que trabajo también le gusta montar en bicicleta. Son préstamos que uno hace a sus personajes. Al cabo de un rato estoy muy lejos de casa, explorando urbanizaciones abandonadas a medio construir porque la crisis pilló a los promotores con el paso cambiado. Me reía esta mañana —me río ahora también, al escribirlo— porque hace unas cuantas semanas escribí un capítulo en el que un personaje de los que ahora sólo viven en mi imaginación pasaba una tarde en una urbanización fantasma como ésas. El cielo empezaba a nublarse —el tiempo en el sur estos días, tan traicionero—, de nuevo amenazaba tormenta, pero en mi novela es finales de junio y hace mucho calor. Da lo mismo. La ficción que  escribes absorbe sin complejos lo que ves cada día, lo que te cuentan, lo que te imaginas, lo que sueñas. Pero también lo que escribes contamina felizmente lo que vives. Ya lo decía ayer: al final se trata de multiplicar la vida.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2014



Comentarios

Entradas populares de este blog

Una hermosa y apasionada historia de amor

Monze, yo también zoy andalú

Presentación en Sevilla