Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

El síndrome del por si acaso



Qué queréis que os diga: no me sorprende que un pipiolo como el pequeño Nicolás haya estafado a más de un incauto. El otro día un psicólogo apuntaba que la razón por la que algunos han sucumbido a sus encantos es el “síndrome del por si acaso”, que no sé si está catalogado en algún vademécum, pero debería. Los ingenuos que han abierto las puertas de sus despachos, por si acaso, al remedo cutre de Frank Abagnale, ahora estarán preguntándose cómo me ha podido pasar esto a mí. Pero no sorprende, digo, que un chaval con la cara de hormigón se haya sabido mover entre las tuberías del poder para convencer a ciertos desesperados de su capacidad para deshacer entuertos administrativos y, de paso, salvar a España y ganarse un dinerillo. Pasa a menudo, vaya. Mirad a vuestro alrededor. Seguro que enseguida se os viene a la cabeza algún conocido que sólo vende humo, pero muy bien vendido, hay que reconocerlo. A mí se me ocurren unos cuantos nombres, pero me los reservo.
Lo de Francisco Nicolás me hace hasta gracia. No creo que tenga ningún desequilibrio ni trastorno: sólo es un caradura que en el fondo de su alma adolescente se está partiendo de risa; una estrella en ciernes que no sé durante cuánto tiempo brillará. Lo que no me hace gracia ―no me hace gracia y casi me daría pena si no me aburriese tanto― es el desmesurado interés de los medios de comunicación en el chaval: programas serios en prime time ansiosos por contar la vida, y sobre todo sus milagros; periodistas sesudos debatiendo sobre el imberbe más famoso de España. Tal vez también la guerra de audiencias no sea más que otra forma de manifestar el “síndrome del por si acaso”: mejor hablemos del pequeño Nicolás, porque la competencia va a emitir una entrevista con el chico y la audiencia nos dará la espalda esta noche; démosle cancha, por si acaso es un colaborador del CNI y la vicepresidenta, aunque ahora no lo quiera ni lo pueda reconocer, le encargó que se fuera a Barcelona para desenquistar el asunto del independentismo. En fin. No sé adónde vamos a llegar con el pequeño Nicolás. Puestos a exagerar, como  me da escalofríos pensar quién ocupará la Moncloa el año que viene, si seguirá el que está ahora o lo harán Pedro Sánchez o Pablo Iglesias ―a estas alturas ya no sé de cuál me fío menos― al menos con el pequeño Nicolás tendríamos la diversión asegurada, y mucho peor que ahora no creo que vayamos a estar.


© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2014

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