Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Un mundo perfecto


   En un mundo perfecto debería haber una ley que prohibiera acercarse a los racistas borrachos a la Puerta del Sol o a cualquier espacio público. En un mundo perfecto tal vez existiera esa ley y además la policía se encargaría de hacerla cumplir a rajatabla. En un mundo perfecto la gente no se asustaría al ver a zoquetes uniformados con camisetas negras serigrafiadas con insignias de las Waffen SS, o luciendo músculos o lorzas y tatuajes de gusto dudoso en el torso mientras beben cerveza en la calle desnudos. No los dejarían entrar en el metro, amedrentando con sus cánticos y su falta de modales a todo el que ha tenido la mala suerte de cruzarse con ellos y no le queda más remedio que apretar los dientes y mirar para otro lado, con los dedos cruzados para que no se fijen en él. En un mundo perfecto, en lugar de a un hombre que sale del metro aterrado, la bestia borracha le daría una un manotazo y una patada a la persona equivocada, alguna que yo me sé, y se le quitarían las ganas de meterse con nadie y le temblarían las piernas y ninguno de los cobardes que lo jalean osaría acercarse. Si viviéramos en un mundo perfecto un chaval negro no tendría la mala suerte de entrar en un vagón donde el más gracioso de los asnos (qué digo asnos, ya quisieran ser tan inteligentes: los animales se acordarían de que la estrella de su equipo tiene la piel del mismo color) al verlo tira de la palanca para detener el metro y obligarlo a bajarse. Lástima no vivir en un mundo perfecto donde alguien pudiera sacarlos a todos del vagón, y ponerlos contra la pared hasta que terminase el partido mientras el tipo al que querían obligar a bajarse sigue su camino, con todo los asientos para él solo, amueblada la cara con una sonrisa que ninguno de esos malnacidos sería capaz de entender.



© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2015

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