Lo que abrigan mis colores

Imagen
A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Reinhard Spitzy, el nazi decente



        (Este texto fue un encargo de una revista en el otoño de 2012, cuando se publicó El silencio de tu nombre. Nunca llegó a publicarse y lo he encontrado haciendo limpieza en mis archivos. Los lectores de El silencio de tu nombre reconocerán enseguida qué personaje de la novela está inspirado en este fascinante agente secreto alemán)


“Sólo me reuniré con un nazi decente”. Ésas fueron las palabras que Allen Dulles, el hombre que llegaría a ser director de la CIA, espetaría a Max Hohenlohe, príncipe austriaco y representante en España de la empresa Skoda, cuando en febrero de 1943 estaba a punto de celebrarse en Suiza una reunión ultrasecreta entre espías aliados y alemanes para negociar una paz imposible. Pero Hohenlohe tenía al hombre adecuado. Protegido del almirante Canaris, jefe de la Abwehr, y de Walter Schellenberg, el hombre al mando de la sección extranjera del SD, y de Joachim von Ribbentropp, el jefe de la diplomacia de Hitler, Reinhard Spitzy (1912-2010) fue uno de los espías más enigmáticos e interesantes de la época. Si escribiera Andrés Martínez López o si contara sobre un tipo barbudo y simpático llamado Ricardo de Irlanda que aspiraba a ser monje en San Pedro de Cardeña, seguiría hablando de la misma persona. Espía de carne y hueso, muy alejado del arquetipo de agente secreto al que nos tienen acostumbrados las entretenidas películas basadas en el archiconocido personaje creado por Ian Fleming, no consiguió llegar a un acuerdo de paz con Allen Dulles en Berna, pero de aquella reunión con los aliados quedó constancia en los papeles del almirante Canaris, y después del atentado fallido de Stauffenberg contra Hitler en el verano de 1944, Spitzy, además de prever la inevitable derrota de Alemania, no tuvo dudas de que la desgracia de Canaris acabaría arrastrándolo y dejó su cómoda vida en Madrid para instalarse con su familia en Santillana del Mar, donde procuró pasar desapercibido montando una empresa de restauración de muebles. Los hombres de la Gestapo en España, de los que siempre procuró guardarse desde que llegó a Madrid bajo la tapadera de ejecutivo de la empresa que representaba su amigo y protector Hohenlohe, no tardaron en buscarlo en su retiro cántabro, pero logró escabullirse. Admiraba al Führer, con quien había tenido ocasión de charlar más de una vez, pero haberse reunido en secreto con los aliados para negociar la paz a sus espaldas lo convertía en un conspirador. Y la rendición de Alemania en un futuro próximo en lugar de ser un alivio para Sptizty significaba un nuevo problema: por haber sido un agente valioso y cercano a hombres importantes del III Reich, los aliados lo consideraban un objetivo prioritario. Spitzy, dotado de un encanto natural y una capacidad asombrosa de adaptación, fue ayudado por el párroco de Santillana del Mar y terminó haciéndose pasar por un postulante en el monasterio burgalés de San Pedro de Cardeña hasta que con la ayuda del abad consiguió negociar la venta al general Yagüe de los planos de un cañón que conservaba de su etapa como ejecutivo de la Skoda.
Con el dinero conseguido pudo empezar una nueva vida en Argentina, donde permanecería con su mujer y sus hijos hasta 1957, cuando regresaron a Austria. Su vida azarosa sin duda daría para una novela.
  




Comentarios

Entradas populares de este blog

Una hermosa y apasionada historia de amor

Monze, yo también zoy andalú

Presentación en Sevilla