Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

La condición de ex


Veo a Barack Obama de visita privada en España y no puedo evitar pensar en la condición jubilosa de ex. El expresidente de Estados Unidos parece un hombre feliz: tener la vida resuelta ayuda, sin duda, y también dar conferencias o cobrar una pasta por escribir (o dejar que alguien escriba) tus memorias. Puede que hasta el presidente Trump cuando deje el cargo parezca un hombre feliz.
Con los exfutbolistas que comentan los partidos del mundial de Rusia me pasa lo mismo: los veo en la tele o los escucho en la radio y se me antojan más felices que los jugadores en activo, despojados de la presión de los aficionados, de los insultos, de la prensa, del temor a lesionarse o a no cumplir las expectativas de quienes tanto han pagado por ellos. Un futbolista sufre más que goza, he oído alguna vez, y estoy convencido de que muchas veces es verdad. Lo que digo no tiene nada que ver con el dinero.
Sin duda, la condición de expresidente o de exfutbolista tiene mucho de glamurosa. O la de extorero: hace años, durante una corrida en la Maestranza de Sevilla, me fijaba sobre todo en un matador retirado que asistía al espectáculo en el callejón, respetado y admirado por todo el mundo, a salvo para siempre de los pitones del morlaco. Como ahora, pensé entonces que ser un ex respetado y querido no es una mala forma de vivir y tampoco una ilegítima ambición. Sin embargo, dudo que el oficio de escritor admita el afijo mencionado. Exnovelista se antoja sospechoso, huele a desidia, a pereza, a fracaso. Quizá por eso muchos escritores un buen día dejan de escribir (o no dejan de escribir pero ya nadie publica ni lee sus libros) y la gente se olvida de ellos, sin preguntarse si han encontrado la felicidad en la condición de ex.



© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2018

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