Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Confinamiento



El confinamiento por el coronavirus no ha afectado apenas a mi vida. A no ser que esté de viaje u ocupándome de asuntos ajenos a la escritura, suelo pasar en casa muchas horas, y aunque entiendo la angustia de quienes no pueden entrar en los bares, no los echo de menos. Me incomoda no poder hacer una escapada, pero soy un hombre paciente; ahora no voy a caminar por el campo con mi perro, pero hay alternativas. Por fin he convencido a mis padres de que no salgan a la calle. Me ha costado, pero al final lo han entendido. Lo primero que hago por las mañanas es ir a su casa, recoger la lista de la compra (como recuerdo amable de estos días, he pegado en mi cuaderno el papel que me ha dado mi padre hoy) y hacer los recados. El resto de la mañana ―que son casi todas las horas―, lo dedico a lo de siempre: escribir. Llevaba semanas atascado con un cuento, pero hace unos días resolví el problema técnico que se resistía y ayer mismo, muy temprano, pude darlo por finiquitado. Hoy he empezado otro: mil y pico de palabras en media mañana. No está mal. Después de comer haré cualquier cosa para no quedarme dormido (quizá sea el mejor momento para contestar los correos, asomarme a las noticias o darme una vuelta por las redes sociales): me levanto muy temprano y si duermo siesta me cuesta conciliar el sueño por la noche. Prefiero llegar a la cama exhausto. Cuando pase el peligro de cerrar los ojos, me pondré a leer. Tengo una lista interminable de libros pendientes: tantos que ni en varias vidas podré leerlos. Lo mismo me pasa con las historias que quiero escribir. Pero soy consciente de no poder abarcarlo todo y eso no me estresa. Al caer la tarde, ejercicio, muy intenso, no sé hacerlo de otra forma, cenar y quizá una película, o algún capítulo de una serie, o seguir leyendo. Y mañana vuelta a empezar. 
Pero al contrario de lo que piensa mucha gente, trabajar en casa no es tan fácil. Estoy seguro de que muchos de los que ahora lo han probado por primera vez se han dado cuenta del verdadero significado del verbo procrastinar, que no es más que marear la perdiz mientras vas dejando a un lado las tareas importantes; y también habrán visto que trabajan más horas de las que deben porque no hay jefe más exigente que uno mismo. Ahí os quería yo ver, queridos: imaginad esto cada día, durante años, con la incertidumbre ―cuando no la certeza―de estar gastando tu vida en algo que, con mucha suerte, interesará a muy poca gente.

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2020 

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