Propiedad Intelectual

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Registrar una obra literaria no sirve de mucho a la hora de la verdad, pero uno hace las cosas por costumbre, o piensa con ingenuidad que siempre es mejor curarse en salud, que en la balanza pesan más las ventajas que las molestias. Hace unos años un guionista me pidió permiso para usar el pasaje de una novela mía en una película. Decliné la oferta amablemente por escrito tras consultarlo con mi agente, y con mi respuesta debieron de hacer suyo aquello que dicen que escribió Muñoz Seca: «La impertinente misiva que remitido me has, ahora la tengo delante, pronto la tendré detrás». Cito de memoria y así se va a quedar, porque es como lo recuerdo, vaya. La película la protagonizó Mario Casas y jamás la vi. Perdonadme la digresión, pero voy por el segundo café para hacer tiempo en esta mañana farragosa que me espera y me siento como un alienígena si mientras desayuno no me baila la muñeca sobre el cuaderno. Registrar la novela, decía. Antes, hace muchos años —ya empieza a hacer demasiados ...

Saturación


 

Hace más de veinte años una amiga escritora me regaló una página web. Yo había ganado algunos premios de narrativa breve con cierto lustre y pensó que me resultaría útil para organizar mi biografía y atender a los lectores que, según ella, pronto harían cola para hablar conmigo. Me armé de la mejor sonrisa que fui capaz y le dije que, aunque agradecía mucho su gesto, no deseaba tener una página web. Es la obra la que tiene que hablar por los autores, le expliqué, abrirse camino por sí misma; y el escritor no debe ponerse a pregonar su trabajo para llamar la atención. Puede parecer una tontería, pero entonces no se habían inventado las redes sociales. Unos diez años después de aquel regalo frustrado (espero que no me guarden rencor, todavía, por mi desconsiderado rechazo), un editor me recomendó darme de alta en Facebook. Le hice caso, sin mucho interés ni curiosidad. Pocos meses después publiqué una novela que llegó a muchos lectores y la red social de Mark Zuckerberg resultaba estupenda para atender a los lectores a quienes sin firma o presentación de por medio podía ver. El tristemente desaparecido Fernando Marías se inventó un premio para mí y lo puso en su muro: “Terminator killer autopromoción”, con el subtítulo: “El maestro de los nuevos tiempos que ya están aquí”. Por aquella época contestaba los mensajes privados en mi perfil personal y enviaba dedicatorias personalizadas con mi firma escaneada para las novelas que se iban a regalar en Navidad. Alguien me contó que hasta un profesor en clase me puso como ejemplo del manejo adecuado de las redes sociales para promocionarse. En realidad, todo sucedió de una forma natural, no premeditada. Además, seguía pensando exactamente lo mismo que me llevó a rechazar aquella página web que me regalaron. Supongo que, aunque no quieras, acabas construyendo un personaje virtual que puede no tener mucho que ver contigo.

La forma en que uno se relaciona con los lectores ha cambiado mucho desde que empecé a publicar. Sigo activo en las redes sociales. Cómo podría no hacerlo: si H. G. Wells escribiera hoy El hombre invisible bastaría dar de baja al protagonista en Facebook, Twitter o Instagram para regalarle un barniz de verosimilitud. Pero, por muy quijotesco que parezca, sigo convencido de que lo único que cuenta es la obra, no las fotos tontas que por costumbre, necesidad de llamar la atención o vanidad los escritores colgamos. Perdí el contacto con aquella amiga que me regaló la página web, que sigo sin tener. Me gustaría decirle que ahora me parece la forma más adecuada de mantener una ventana abierta al mundo.

 

© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2022

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