Lo que abrigan mis colores

Imagen
A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

La caducidad de los yogures

Me chiflan los yogures. En realidad, me gustan todos los lácteos. Podría decirse que mi bebida favorita es la leche. Fue uno de los préstamos que hice a mi querido Rafael Montalbán, el protagonista de El síndrome de Mowgli. Los lectores patanegra lo recordarán. Bebía leche y no la pedía en los bares porque le daba vergüenza. Yo siempre tengo una botella cerca. Sobre todo por la noche, bien fría. Me desvelo a menudo y basta un trago para volver a dormir. O como poco me consuela.
Esta mañana tocó ir al supermercado. Los escritores hacemos las mismas cosas que el resto de la gente. Dicen que el indicador de la fama es que te señalen en el supermercado. A veces me señalan, muy pocas, pero prefiero que nadie lo haga.
Soy incapaz de comprar nada sin cerciorarme de la fecha de caducidad. Esa manía, o preocupación, se debe a mi herencia materna. La fecha de caducidad de los yogures se me antoja siempre una advertencia del paso del tiempo. De la llegada de lo inevitable, de la cercanía de lo bueno o de lo malo. Desde primeros de julio, incluso desde finales de junio, ya encontraba impresa en la tapa de los yogures la fecha de mi cumpleaños. En los del pack que he comprado hoy aparece marcada la segunda quincena de agosto. Confieso cierta angustia al constatar en los yogures el final inminente de un verano que apenas he podido disfrutar. El año pasado el verano se me esfumó a mediados de agosto. Quizá por eso hoy miro la fecha de caducidad de los yogures como una advertencia. La vida es corta, sobre todo en verano. A pesar de la ola de calor el verano apenas dura.
Procuraré aprovecharlo. Quién sabe si al final esos yogures se los tendrá que zampar mi perro.
© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2022

Comentarios

Pakiba ha dicho que…
yo también soy fan de los yogures y de la fecha de caducidad y si vieras mi nevera verias que no faltan, hoy mismo he comprado tres paks calculando que como uno cada noche y que no caduquen antes.
Un fuerte abrazo

Entradas populares de este blog

Una hermosa y apasionada historia de amor

Monze, yo también zoy andalú

Presentación en Sevilla