Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Algoritmos


En lo que a conciertos se refiere, igual que para otras cosas que mucha gente considera divertidas, soy muy aburrido. Me pasa también con las carreras de coches o de motos: en la tele sólo me arrancan bostezos y sentarme en las gradas de un circuito, con esa mezcla de multitud y ruido, se me antoja la antesala del infierno. Disfruto de los conciertos de clásica o de bandas sonoras en auditorios o al aire libre, pero la música popular la prefiero mientras conduzco o para amenizar las duchas. Solo o en compañía. Me refiero a las duchas.

Bruce Springsteen es uno de mis cantantes favoritos. De jovencito me aprendí muchas de sus letras. De vez en cuando todavía me descubro tarareando alguna. En alguna entrevista me han pedido una canción para usarla como recurso y a menudo ha sido una del Boss: My hometown, I wish I were blind, Brilliant disguise, Hungry heart, Fire… A pesar de mi admiración por el cantante norteamericano, por las razones expuestas más arriba jamás me ha apetecido ir a un concierto suyo. Tampoco creo que lo pagara, aunque pudiera. Algunas entradas alcanzarán los 5.000 dólares, parece; otras sólo 2.000; otras 200… Algoritmo se ha convertido en una de esas palabras comodín a las que echar la culpa de cualquier despropósito. ¿Te llegan muchos correos basura? La culpa es del algoritmo. ¿El banco no te concede la hipoteca? Lo sentimos, pero manda el algoritmo. ¿Se te queman las lentejas, te destiñe la ropa al tenderla al sol o las mujeres ya no te miran como antes? No te sientas inútil, no te agobies, no estás acabado: todo es por el puñetero algoritmo.

También, parece, un algoritmo travieso ha disparado el precio de las entradas para ver a Bruce Springsteen. Y yo tan tonto mosqueado porque la leche se está poniendo al mismo precio que si ordeñaran a las vacas en una granja marciana. 

Si es que me quejo de vicio.

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2022

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