Lo que abrigan mis colores

Imagen
A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Vuelta a la normalidad

Me entero de la vuelta al colegio de los niños ucranianos y recuerdo que no hace mucho leí que en el país que aguanta las embestidas rusas como una aldea gala irreductible también había comenzado la liga de fútbol. Era una buena noticia. Da igual que te guste dar patadas a un balón o mirar cómo lo hacen otros; o que no te guste. La vida sigue adelante a pesar de las bombas y de los invasores. Igual que la algarabía de los críos en las aulas, los domingos con fútbol es una de esas situaciones extrañas que suponen la vuelta a la normalidad, por absurdas que parezcan. No olvidemos que los Panzer de la Wehrmacht se detenían con disciplina marcial en los semáforos en rojo de Varsovia. Este mes se cumplen ochenta y tres años. Pero lo del fútbol en Ucrania también es una mala noticia: la vida continúa porque no queda más remedio, pero la guerra permanece. O, lo que es peor: se acepta que la guerra va para largo y hay que seguir viviendo. Los rusos se empeñan en la conquista, los ucranianos se empecinan ― qué término tan español―en resistir y el resto del mundo mira la guerra desde la grada hasta que un día, aburrido en un partido que nunca pasa del cero a cero, un árbitro cansado ordene que el resultado se decida lanzando una moneda al aire. Estas monedas suelen estar trucadas y basta un tahúr habilidoso ―si es que no acabo de usar un pleonasmo―para sacar la correspondiente cuando las partes hayan elegido cara o cruz. 

 

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2022

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una hermosa y apasionada historia de amor

Monze, yo también zoy andalú

Presentación en Sevilla