Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

La ballena solitaria

No sabía nada de la ballena solitaria hasta hace pocos días. Por las cookies impertinentes, los algoritmos o cualquiera sabe, al entrar a buscar algo en Google con el móvil me aparecen enlaces relacionados con asuntos que he buscado antes. Gracias a una extraña curiosidad ingobernable, desde niño acumulo cantidades obscenas de saberes cuya única utilidad consiste en quedar como un tipo inteligente (o como un pedante: la línea que separa los dos conceptos es demasiado frágil, me temo) en las tertulias con los amigos o en los encuentros con lectores, donde, a menudo, se termina hablando de cosas ajenas al oficio literario. Me queda el improbable consuelo de sobrevivir a la persecución de un oso en Alaska tras un accidente de avioneta junto a un amigo que se está tirando a mi joven y despampanante esposa. Quienes no sepan de qué hablo pueden buscar la espléndida película El desafío. El personaje que interpreta Anthony Hopkins ironizaba sobre la cantidad de conocimientos inútiles que atesoraba gracias a la lectura. David Mamet firma el guion. Con eso basta. 

Para una historia en la que ando arremangado he estado leyendo sobre cetáceos. Esa es la razón por la que la que Google me ha llevado a Whalien 52. Es el nombre de una ballena que no deja de inspirar teorías desde que fuera descubierta a finales de los ochenta del siglo pasado. Pero en realidad nadie la ha visto. Ni siquiera los científicos parecen estar seguros de si se trata de una ballena azul, jorobada o cualquier otra especie. Sólo saben que deambula por el Pacífico cantando a 52 hercios, el doble de lo habitual en estos cetáceos. Parece, también, que está sola y que su canto, imperceptible para el torpe oído humano y tal vez demasiado extraño para las otras ballenas, es el lamento de un amor no correspondido. Whalien 52 lleva entonando la misma canción durante décadas sin recibir respuesta. Quizá sean términos demasiado románticos. No sabemos cómo es la soledad de las ballenas. Si estarán tristes. Si quizá conocerán esos conceptos. Como estoy tan habituado a imaginar me gusta pensar que sí. Que acaso el canto de este hermoso animal solitario no sea más que el quejido sutil de quien pide auxilio sin que nadie sepa percatarse de su sufrimiento. 

 

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2022

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