Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Estos rojos asquerosos...

No he visto un solo minuto del debate de investidura. La única emoción que me provoca es el aburrimiento, y como la vida aprieta últimamente por varios flancos, el tiempo que me queda lo dedico a leer provechosamente (ando arremangado en un tocho delicioso de Mary Beard: la antigua Roma, sí; como apuntó Terencio, soy un hombre y nada de lo humano me resulta ajeno) y a terminar un cuento que llevaba meses atascado (quiero empezar una nueva novela y no me gusta dejar trabajos pendientes) y que, por inconfesable desidia, lo había ido posponiendo aunque sepa bien que las historias no se escriben y mucho menos se terminan solas. 

A pesar de lo apuntado en la primera frase, como no vivo en una burbuja resulta imposible sustraerme a lo que pasa, en el Congreso y en la calle. Soy de los que piensa que al final todo se calmará, cada uno seguiremos con nuestra vida y antes o después habrá otro tema del que ocuparse. Otro asunto del que discutir, vaya. Y entonces esto no será más que un recuerdo. Otro de tantos. 

Pero nunca deja de llamarme la atención la ligereza con que mucha gente (demasiada, a mi parecer) proclama su desprecio por quien piensa distinto. Hablar de política resulta saludable. Disentir, debatir. Hace poco tertuliaba con un amigo que suele llamarme rojo con cariño. De la misma forma afectuosa lo llamo yo a él facha. Nos reímos, liquidamos una botella de vino, o lo que se tercie, y nos despedimos con un abrazo. No siempre es así, por desgracia. Casi nunca, me temo. Con otros amigos prefiero no hablar de política. Uno anda escaso de buenos amigos y al menos debe esforzarse en no espantarlos. 

Eso, con los amigos. Con los desconocidos resulta más complicado. Esta mañana entraba un tipo en el bar donde suelo desayunar y se paró en la puerta, para que todos lo que estaban, estábamos, en la terraza, escuchásemos lo que pensaba del debate de investidura. Estos rojos asquerosos, dijo, mirando al tendido, presumo que babeando por una respuesta. No me sentí aludido. Muchas veces me han tildado de eso (rojo), también de lo opuesto (facha), y la indiferencia sería la misma de haber usado el tipo otro sustantivo. Es la ligereza, decía, con que mucha gente proclama su desprecio por quien piensa distinto. Nunca estoy seguro de si deseando un enfrentamiento o por pura ingenuidad: acaso creen que todos piensan igual que ellos, que la política es la grada pletórica de hinchas de un estadio con bufandas del mismo color. 

Conque me vuelvo a lo mío: al libro de Mary Beard, al cuento enquistado en su sexta versión ya, a mis cuitas y a mis pasiones. A ese reducto cada vez más pequeño (felizmente pequeño) que con los años se convierte en lo único importante.

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2023 

 

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