Propiedad Intelectual

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Registrar una obra literaria no sirve de mucho a la hora de la verdad, pero uno hace las cosas por costumbre, o piensa con ingenuidad que siempre es mejor curarse en salud, que en la balanza pesan más las ventajas que las molestias. Hace unos años un guionista me pidió permiso para usar el pasaje de una novela mía en una película. Decliné la oferta amablemente por escrito tras consultarlo con mi agente, y con mi respuesta debieron de hacer suyo aquello que dicen que escribió Muñoz Seca: «La impertinente misiva que remitido me has, ahora la tengo delante, pronto la tendré detrás». Cito de memoria y así se va a quedar, porque es como lo recuerdo, vaya. La película la protagonizó Mario Casas y jamás la vi. Perdonadme la digresión, pero voy por el segundo café para hacer tiempo en esta mañana farragosa que me espera y me siento como un alienígena si mientras desayuno no me baila la muñeca sobre el cuaderno. Registrar la novela, decía. Antes, hace muchos años —ya empieza a hacer demasiados ...

La piel transparente

Yo que tú me iría a la feria con la tableta para hacer retratos. Te forrarías. Me lo dijeron el otro día. Dibujo desde niño, no sé cómo ni por qué. Nadie me ha enseñado. Bien o mal, dibujar me sale solo, de una forma orgánica. Lápices, rotuladores. Con los pinceles me siento inseguro. Hace poco empecé a probar el dibujo digital y me encanta. El proceso es el mismo de antes, cuando sólo usaba lápices, rotuladores y papel: dibujo para mí, por el puro placer de hacerlo; dibujo para gente muy especial para mí, por el puro placer de hacerles un regalo. También escribo sin saber muy bien cómo ni por qué. Pero no quiero saberlo, me aburre racionalizarlo, o quizá prefiero creer que se trata de un misterio y los misterios pierden su encanto cuando los descifras. No me ofendió el comentario sobre hacer retratos en la feria. Más bien al contrario: me pareció un halago descomunal. Igual que cuando me dicen (de broma, seguro: me apresuro a aclararlo antes de que alguien se moleste) que debería cobrar por susurrar poemas al oído de mujeres hermosas. La vida es más agradable y divertida si uno sabe mirarla de la forma adecuada. Vaya por delante que sentarme a dibujar en una esquina mientras la gente se arremolina me parece una forma estupenda de gastar el tiempo, pero no tengo vocación de bohemio. Lo puse negro sobre blanco hace años en la biografía de mi blog: “No tengo manías a la hora de escribir, no soy un bohemio ni vivo atormentado: tres tópicos que he descubierto que mucha gente da por supuestos en quienes nos dedicamos a inventar historias.”
Y ahora me pondré serio. No se me da mal dibujar, pero no soy tan bueno como para dedicarme a eso. Y respecto a susurrar poemas al oído de mujeres hermosas, entenderéis que, de ser así, pertenecería al ámbito privado. Uno quiere pensar que lo que le falta de bohemio le sobra de caballero. Germán Burgos, exportero y entrenador, ha tenido que dimitir o le han indicado el camino de salida en Movistar por un comentario sobre el futbolista del Barcelona Lamine Yamal mientras calentaba antes de un partido: “Si no le va bien, termina en un semáforo.” Como soy tan bromista (y mis bromas suelen ir contra mí mismo), creo que habría dicho algo parecido. Pero a menudo las catástrofes empiezan con el aleteo de una mariposa o porque un joven estudiante se encuentra en una esquina al heredero del trono austrohúngaro: las consecuencias resultan impredecibles. Al final de ese partido el Barcelona y el PSG acordaron no atender a las cámaras de Movistar como protesta por la ocurrencia de Germán Burgos y ahí acabaron sus días de comentarista televisivo. Por mucho que intente explicar que la frase no pretendía ser sino un halago (yo me quedo embobado mirando a quien es capaz de hacer malabares con unos palos, en un semáforo o en una esquina), que a él mismo lo llaman “Mono” Burgos y no se siente ofendido o que prometa hacer el camino de Santiago de rodillas para expiar sus pecados, la corriente de buenismo, me temo que a menudo falsa, se lo ha llevado por delante. 
Tan fina tenemos la piel que se nos está volviendo transparente. En cuanto a mí, si al final no me queda más remedio, me pondré a dibujar en una esquina a cambio de la voluntad. Lo del semáforo lo veo más complicado. No soy tan rápido dibujando. Pero será cuestión de practicar. Por eso debo dejaros ya. Voy buscando un cronómetro mientras enciendo la tableta.
Y, sí, lo confieso: procuraré no abandonar la costumbre de recitar poemas al oído de mujeres hermosas. Malpensados, que sois unos malpensados… 


 © Andrés Pérez Domínguez, abril de 2024 

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