Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Elecciones


            No voté el domingo. No lo confieso con el orgullo de quien va a su aire, por mucho que me guste trazar mi sendero en lugar de seguir el de otros. Cuando no deposito la papeleta en la urna me aguijonea un inevitable sentimiento de culpabilidad. Votar, además de un derecho, es una conquista de la que quienes me precedieron no pudieron disfrutar. Como muchos de vosotros estoy cansado de elecciones. Vivo en pueblo de un rincón de un país situado en un rincón de Europa. Por mucho que las decisiones que se tomen en Bruselas me afecten, no dejo de percibirlas tan lejanas como si viniesen de Marte. Cada vez me parezco más al aldeano que le preguntaba al conductor del Mitsubishi si el Madrid había vuelto a ser campeón de Europa. El otro día lo conté, ya lo sé, pero es la puñetera verdad. El domingo por la noche dibujaba (la felicidad de crear habita cada vez más a menudo en mis dedos manchados de pintura) mientras escuchaba la radio. Me enteré de la existencia de un nuevo partido político: Se acabó la fiesta. No es raro. Fue en otras elecciones europeas cuando supe de la existencia de Podemos. Siempre queda un hueco a la derecha y la izquierda, parece. Si hay formaciones más a la izquierda de Podemos, lo desconozco, aunque supongo que sí. Leo algo sobre el líder de Se acabó la fiesta y a su lado Santiago Abascal parece el Che Guevara. No me gustan los salvapatrias: arrastran a mucha gente harta o desesperada o inconsciente y a veces, cuando no se los toma en serio, cruzan los primeros la línea de meta. Ahí tenemos a Milei. Partidos cada vez más a la derecha de la derecha y más a la izquierda de la izquierda. Los extremos acaban tocándose. Al final se darán la mano. Tiempo al tiempo. 

            Esta mañana leo que en un municipio abulense Se acabó la fiesta acaparó el 40 % de los votos. Es un pueblo pequeño. Sólo tiene 56 habitantes. El dato puede resultar irrelevante e inextrapolable. Pero llaman la atención dos cosas: la primera, que sus habitantes apenas manejan las redes sociales y eso contradice los motivos que los analistas esgrimen para justificar el éxito del nuevo partido. La segunda es de índole personal, o literario. Para un lector de colmillo retorcido el nombre del pueblo tiene resonancias inquietantes: Pozanco. En una espléndida nouvellede Antonio Muñoz Molina que leí hace más de un cuarto de siglo, Nada del otro mundo, al protagonista lo invitan a un pueblo a dar una conferencia. Un lugar que no aparece en los mapas y al que cuesta mucho llegar. Los habitantes son zombis. Como me pasa a menudo, no estoy seguro de si tener tanta memoria es bueno o malo. ¿Adivináis cómo se llamaba el pueblo de esa novela breve?

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2024 

 

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