Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

El oficio equivocado

Pertenezco a esa clase de idiotas a quienes les importa que los demás tengan buena opinión de ellos. No es por mi trabajo. Esa sería la respuesta fácil, la que menos explicaciones requiere y la que usaría para contentar a los demás. Pero no es lo mismo desear que los demás tengan buena opinión de ti (resulta legítimo buscar ser apreciado, amado, respetado o admirado) que permitir que la subjetividad de los demás te condicione. Me provocan un rechazo instantáneo quienes responden alegremente que les importa una mierda lo que digan sobre ellos. Tener presente la opinión de otros, aunque sólo sea por curiosidad, te empuja a ser mejor persona, estoy convencido. Hay un test muy ilustrativo sobre eso, en más de un cuaderno ajeno lo he dibujado para explicarlo, pero no quiero desviarme.

Lo divertido, al menos a mí me divierte, es el desconcierto que los buenos modales (o el autocontrol: como muchas otras cosas, no estoy seguro de que no sean sinónimos) provocan en quienes apenas te conocen. Sin pretenderlo te conviertes en un signo de interrogación.

Eres demasiado educado. A veces es mejor no pedir permiso, me dijo hace poco una amiga, muy guasona, le gusta pincharme. Andrés el formalito, me acordé: así solía motejarme un viejo conocido de la adolescencia cuando me veía llegar. Me halagaba. Quizá también porque lo soltaba con gracia y con respeto. Me gusta que la gente cercana me diga lo que piensa, pero todavía me gusta más cuando me lo dice con gracia y con respeto. No resulta una combinación sencilla. Para bien o para mal, de verdad que no lo sé, prefiero pedir permiso a pedir perdón, respirar hondo y estar callado; sólo hablo mucho cuando estoy muy tenso o muy contento. Lo primero (tenso) procuro evitarlo. Lo segundo (muy contento) lo persigo e intento controlarlo a partes iguales. El exceso de euforia me hace desbarrar y no me gusta. Pedir permiso antes que pedir perdón, decía. La misma persona me vacilaba otro día, con la misma gracia y respeto: no me has mirado con lascivia durante la cena ni una sola vez. 

Hace tiempo otra mujer me dijo que debería ganar un Oscar porque, según parece, no le había dado ninguna muestra de mi interés a pesar de que a mí me parecía más que evidente. Parece que muchas veces mis gestos indican justo lo contrario de lo que creo expresar. O tal vez disimulo de una forma tan natural que no soy capaz de darme cuenta. A menudo me pregunto si me equivoqué de oficio. Si ya no soy demasiado mayor para intentar ser actor. 

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2024 

 

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