Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Madrugar

El hombre feliz es el que se levanta cuando se despierta. La frase no es mía. La escuché hace tiempo en un podcast de mi querido Óscar Gómez. Tampoco es suya, me contó, se la dijo hace mucho tiempo otro viejo amigo común. No sé si este también se la escuchó a alguien. Es posible: suena a sabiduría popular. El resultado del silogismo sería que quien escribe esto es un tipo feliz. Pero sólo soy feliz a ratos. Una profesora en el instituto me dijo que la gente que piensa nunca puede ser feliz del todo. Se refería a un personaje de El señor de las moscas, pero también hablaba de mí o me advertía de los peligros de la lucidez. Quizá ambas cosas.

A lo que iba: soy de los que, a no ser que tenga una cita mañanera o vaya a salir de viaje, jamás pone el despertador. Y cuando lo pongo rara es la vez que no tengo los ojos abiertos antes de que suene. Me gusta madrugar. Las pocas veces que sigo en la cama después del amanecer estoy un rato enfadado porque me mosquea pensar que el mundo ha empezado sin mí. Hoy a las seis estaba sentado al raso, la primera taza de café en la mano. Aún era de noche. Camiseta, pantalón corto. Sonreía al recordar lo que escribí el otro día sobre el verano porque, precisamente, sentarme al fresco con una taza de café al amanecer en camiseta y pantalón corto sólo lo puedo hacer en verano. Y es una de las mejores formas de empezar el día. Apenas el ruido lejano de un motor en la carretera. Alerta ante cualquier movimiento, como un depredador. Pensando. Me gusta. No tarda en llegar mi viejo amigo, moviendo el rabo. Me regala unos cuantos lametones y se tumba a mi lado. Ahora ronca feliz mientras tecleo este artículo. El segundo de hoy. El primero lo colgaré más adelante. Ya os diré por qué. Ahora estaré un rato corrigiendo mi nuevo cuento y luego me largaré a desayunar y a otras batallas que nada tienen que ver con el oficio de juntar letras. O sí: al cabo, lo de escritor no es un traje que te pones y te quitas. Lo llevas siempre.

Pero el día ha empezado bien, por el madrugón, sobre todo. En las mañanas así me acuerdo del principio de Gladiator, el general que interpretaba Russell Crowe paseando en silencio por el campo antes de la batalla, acariciando la hierba. Él tampoco usaba despertador. Feliz, antes de que el día se complicase. Antes de morir quizá. Nunca sabes lo que pasará cuando comience la batalla. 

 © Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2024

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