Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Conducir


            

Hace muchos años chirriaban los escritores futboleros. Quizá los juntaletras que no se pasaban los días encorvados sobre un papel mientras las telarañas crecían a sus alrededor como guedejas resultaban sospechosos. Pero Vázquez Montalbán se destapó futbolero, y Javier Marías; y antes de que Valdano se reciclase en comentarista de postín, Garci escribió unas crónicas deslumbrantes en el Mundial del 94. Yo las leía, sin ser futbolero. Si sabías mirar, en el juego podía habitar la poesía. Qué bueno. 
Otro tópico sobre los escritores se refiere a los coches. Algo de cierto hay: a más de un colega del oficio conozco que ni conduce ni tiene intención de sacarse el carnet. También ayuda vivir en grandes ciudades y bien comunicadas. Para mí es distinto porque he crecido en la periferia y no conducir era una suerte de exilio. Me gusta cuando Manuel Vilas confiesa su pasión por los automóviles. Me gusta porque la comparto. Me encanta conducir, viajar en coche. No pocos nudos, literarios y personales, he deshecho al volante. Los coches, como casi todo, me gusta disfrutarlos, vivirlos, gastarlos. La vida es como uno de estos quesitos, le dice un personaje de La gran familia a española a su hermano. Hay que comérselos cuando toca. Si no, se ponen malos. Hace ocho años, lo primero que hice cuando me entregaron mi coche fue subir a Mowgli, para asegurarme de que podía viajar en el maletero sin agobios, y me lo llevé al campo. Me daba igual que el coche recién estrenado perdiera el olor a nuevo o que mi perro lo ensuciara de barro. Disfrutarlos, vivirlos y gastarlos, he escrito unas líneas más arriba. 

Ayer lo entregué en el concesionario, con algunos pelos de mi viejo amigo que ni el más concienzudo de los lavados ha conseguido quitar. El domingo por la tarde saqué todas mis cosas. Un habitáculo lleno de recuerdos. Porque cierro una puerta y abro otra sin mirar atrás, nunca me pilla la nostalgia, aunque me da pena que mi perro ya no pueda saltar al maletero porque la puñetera artrosis le ha ganado la partida. Te has librado del paseo campestre, chaval, y mira que lo siento, le dije. Me miró con indiferencia, levantó la pata y vació la vejiga en una rueda, para dejar claro quién manda.

Pero esto iba de tópicos y de escritores. Como cualquier mortal, ayer fui a enseñar mi nueva compra a unas cuantas personas que lo merecen. Las alegrías compartidas saben mucho mejor y a veces, si no se comparten, no saben a nada. También le escribo a mi amigo Dani. Ahora ya puedo decir que tengo un coche igual que el tuyo, le digo. Pero lo siento, tío, tú no puedes presumir de esta matrícula. Nos reímos un rato. Me gusta hacer reír. Lo amenacé con contar nuestra conversación, pero Dani se encogió de hombros porque está vacunado contra los intolerantes. Mejor que no, repliqué. ¿Un escritor y un médico chistosos plantando cara a los inquisidores en las redes sociales? Seríamos carne de hoguera, chaval.

Quizá la próxima vez. 

De momento, conduzcamos.

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2025 

 

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