Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Las cosas que uno hace por amor



He hecho algunas cosas más difíciles en mi vida, de verdad. Escribir unas cuantas novelas, por ejemplo. No sé: conseguir hablar un par de idiomas aparte del mío con cierta solvencia, aprobar el cinturón negro de karate o empezar a practicar yoga tras cruzar la barrera del medio siglo. No dar un puñetazo a quien me ha insultado, dándome voces y agarrándome por las solapas. En momentos así resulta complicado contenerse, creedme, sobre todo si sabes resolver el trámite sin que la sangre que se derrame sea tuya. También, tratar con amabilidad a quien no lo merece porque me ha hecho daño. Sentarme un día en un estudio de radio a decir lo que me diera la gana sin que se me notase el temblor de la voz y mantener el tipo durante varias temporadas. Conseguir que unas cuantas mujeres estupendas me soporten e incluso se enamoren de mí; hasta me han querido, vaya. Quién sabe si me siguen queriendo. No perder de vista al niño que fui, no traicionarlo, sobre todo. Ganarme el aprecio de un puñado de amigos que se sienten orgullosos de serlo y el respeto de ciertas personas a las que admiro. O irme a Rusia yo solo porque quería escribir una novela y también porque me gusta la aventura. Dibujar con dignidad, he dibujado toda la vida y no sé cómo lo hago. 

Pero nunca había entrado en un estanco a comprar tabaco. Ni siquiera sé fumar. Y aunque me ha llamado mientras iba a verla y me he negado cuando me ha pedido que le lleve tabaco, al final acabo buscando un estanco en el navegador y al cruzar el umbral me doy cuenta de que es la primera vez en mi vida que compro cigarrillos. De pronto vuelvo a ser el niño al que le daba vergüenza entrar en una tienda porque tal vez no sabría pedir lo que le habían mandado comprar. He tenido que llamar a mi hermana para que me cuente qué tipo de tabaco es. Ni siquiera sé cuánto cuesta. Si es caro o si es barato. Salgo del estanco con el paquete en la mano, y un encendedor. Temo que se rompa si lo guardo en el bolsillo. Me pregunto si la gente me mira raro, si alguien me acusará de cometer un delito. No sé cómo se debe andar con un paquete de tabaco en la mano, si igual que de cualquier otra forma o como Travolta por Manhattan en Staying alive.

Me siento con ella. Esta mañana ha conseguido mover el brazo y la pierna gracias a los ejercicios que le ha enseñado Belén, la fisioterapeuta. Se merece un premio. Se lo doy. No le había contado que al final fui al estanco, aunque protesté y le reñí cuando me lo pidió. Ya lo dijo Jamie Lannister en el primer episodio de Juego de Tronos, cuando todavía era malo, antes de defenestrar a Bran Stark: las cosas que uno hace por amor.

 

© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2025 

 

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