Lo que abrigan mis colores

Imagen
A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

La pareja del bar



Ella es expansiva. Sonríe a los otros clientes, casi les habla o parece que no le importaría entablar una conversación. Se la ve contenta. Camiseta holgada, pantalón corto y chanclas. Es domingo por la mañana, hace mucho calor. Una escapada a la playa. Si es temprano, para esquivar el atasco. O más tarde, justo antes de comer, tampoco es mala opción. Él, más serio, pero contento también. Se peina como yo. Esto es, el cráneo rapado para no lucir guedejas asimétricas. Cuánto debemos quienes perdimos los rizos a Ronaldo Nazario y a Zinedine Zidane. Nunca me ha importado y a muchas mujeres les gusta. La mesa contigua a la mía es grande, rectangular. No se sientan el uno frente al otro, sino uno al lado del otro, las piernas rozándose, los brazos también, mirando el móvil, quién sabe si calculando la ruta, buscando una canción o eligiendo una obra de teatro. Da igual: sólo les atañe a ellos. La clave está en sentarse uno al lado del otro, en cómo siguen queriendo tocarse. Las yemas de los dedos que rozan con discreción el antebrazo de ella, el codo de ella apoyado en el hombro de él. Las sonrisas y la complicidad. Tenían el aire demorado y risueño de quienes acaban de levantarse juntos, eso decía Muñoz Molina en El invierno en Lisboa. Me gusta tanto esa forma de describirlo que rara vez no recuerdo la frase de ese libro que leí hace tantos años cuando veo a una pareja que por la mañana sigue buscándose porque han despertado juntos. O a pesar de ello. 

Lo habría escrito esta mañana en mi cuaderno, mientras desayunaba. Pero se me había extraviado la pluma y no pude sino observarlos, discretamente, con una sonrisa que ni mi peor enemigo me podría arrebatar. Es posible sentir una punzada de envidia y sonreír con sinceridad al mismo tiempo, parece. He perdido la pluma, le dije al camarero a la hora de pagar. Avísame si la encuentras.

Se echó a reír.

Ya me conoce.

Tanto tiempo yendo a desayunar y todavía me aguantan.

 

© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2025

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una hermosa y apasionada historia de amor

Monze, yo también zoy andalú

Presentación en Sevilla