Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Día del Libro



 

                                                                                       “Amigo que no me lee,

                                                                                                 amigo que no es mi amigo,

                                                                                                 porque yo no estoy en mí

                                                                                                 más que en aquello que escribo.”

                                                                                     

                                                                                            (Bergamín)

 

 

 

                                 

No tiene nada malo la compañía de los libros. No es necesario haber leído todos los que pueblan los anaqueles. En comprarlos y colocarlos ahí, en paciente barbecho, hasta que les llegue el turno. Siempre dije, y sigo diciendo, que cuando tu mayor meta es un rincón tranquilo donde leer y escribir todo resulta mucho más sencillo. Algún viejo amigo que dejó de serlo me tacharía de conformista, pero es lo que hay. Antes o después alguien proyecta sus propias miserias sobre ti. Aléjate de los amigos que no crean en ti, escribió Ray Bradbury. Por tanto, amén. En este lugar paso la mayor parte del día. Donde leo, donde escribo, donde dibujo, donde pienso. O, para ser exacto: donde mejor leo, donde mejor escribo, donde mejor dibujo o donde mejor pienso, porque esas cuatro cosas, y muchas más, también las hago en cualquier parte. Hace tres años reuní la mayor parte de mis libros en este despacho. No sé si será el lugar definitivo porque me espanta pensar que todo será igual siempre, pero quién sabe.

Hoy me siento aquí muy temprano. He dormido muy bien. Por fin, tras varias semanas, mi cuerpo se ha acostumbrado (resignado más bien) al desquiciante horario veraniego. Al final uno se cansa de librar batallas que sabe perdidas. Hoy es el Día del Libro. Dibujo algo rápido y lo comparto en un par de redes sociales de donde desaparecerá tras veinticuatro horas. Me gusta esa provisionalidad. En un rato he de ir al hospital para hacerme unas pruebas. Nada grave: cada cierto tiempo mis rodillas se empeñan en recordarme el calendario y yo sigo empeñado en desmentirlo dando brincos y agachándome como si fuera de goma. De momento, voy ganando la pelea. Además, procuro mirar el lado bueno, como siempre: será una oportunidad de cambiar la rutina, desayunar en un sitio que me gusta mucho. No hace demasiado tuve que hacer guardia muchos días en ese mismo hospital y las camareras me siguen sonriendo con familiaridad. Me agrada.

Mi querido Óscar me decía el otro día que hoy estaría en Barcelona. Qué tiempos, añadió. Es verdad, qué tiempos. Que nos quiten lo bailado. Me preguntó qué estoy escribiendo. Me lo dicen muchas veces. Mi agente me envió un mensaje hace varias semanas para interesarse por lo mismo. Un buen amigo me animaba el otro día a publicar algo nuevo, ya va tocando. A todos respondo lo mismo: aparte de más proyectos de novela que años viviré y material para varias colecciones de artículos y diarios, tengo una docena de cuentos inéditos en un cajón de mi mesa que no quiero dejar atrás y sé que eso pasará si me pongo a otra cosa. Me gustan estos cuentos. Me gustan mucho. Por eso quiero que alguien los mime, que no los publique para hacer bulto. Que sea una edición bonita, con una cubierta elegante (en tapa blanda, me gusta más), con páginas gustosas de acariciar y letra digna. Puede que con alguna ilustración mía. Ya puestos, no estaría mal añadir a esta docena de cuentos otro par de docenas de historias breves ya publicadas y cuyos derechos recuperé. Sí, un libro contundente, no de grandes dimensiones pero de unas cuatrocientas páginas. Me gustan los libros gruesos, no grandes. Pero llevarlo a las mesas de novedades no depende sólo de mí, ni de lo que me paguen, sino de que una editorial quiera publicarlo y tratarlo con cariño  y de que yo quiera publicarlo con ellos. No es fácil eso. Es tan difícil como enamorarse, tan raro como que alguien quiera estar contigo, construir algo bonito y no sólo pasar el rato.

Mientras tanto, no se está mal aquí.

Con mis libros.

Con mis cuentos inéditos.

Con las novelas por escribir.

Con mi propia compañía.

 

Abril de 2026

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