Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Vicios ocultos (segunda temporada)


Algunos finales deberían prohibir una segunda temporada. El de Vicios ocultos pertenece a esa categoría, pero quién se resiste al sonido de las monedas cayendo en la máquina cuando sabe que basta pulsar otra vez el botón. A pesar de la prevención por no malbaratar el buen sabor de boca de la primera, empiezo con mucha curiosidad, y ganas, la segunda. La disfruto, sobre todo porque no quiere parecerse a la primera, porque intenta ir un poco más allá. No debió de ser una tarea fácil para los creadores, pero ese Gastby moderno con ecos de Tom Ripley que interpreta el guaperas de James Marsden (el Cíclope, para quienes vimos X Men) es un hallazgo para quitarse el sombrero. Me sobra el último episodio. Aunque entiendo que no quiere sino impulsar la trama hacia la tercera temporada, que ya parece estar en camino, me dieron ganas de levantarme y pedir la hoja de reclamaciones si no fuera porque yo en lugar de pedir la hoja de reclamaciones prefiero golpear con discreción la barra con los nudillos, preguntar qué se debe y no volver jamás. 

Pero perdono eso, y alguna cosilla más, porque muestra momentos impagables sobre el paso del tiempo. Porque Vicios ocultos, sobre todo esta temporada, más que una sátira sobre la opulencia, con esas mansiones imposibles, esos coches carísimos y esa gente que parece vivir en un mundo falso fabricado a su medida, es una reflexión aguda y amarga ―quién sabe si son sinónimos―sobre el paso del tiempo. Resulta muy divertida y da mucho juego la desquiciante menopausia que complica tanto la vida del personaje que interpreta Amanda Peet y de quienes la rodean, pero ese galán maduro en la piel de Jon Hamm gastando sus noches  viendo viejas películas cuenta mucho más de lo que parece. La jodida zona gris entre lo que fue y ya no será y la certeza de lo que le espera. Ese tipo brillante y todavía muy guapo que vuelve de un viaje a Grecia con su antiguo jefe (que ha estado a punto de dejar de fumar por una sobredosis de Viagra) y al bajar del avión ve a un matrimonio con dos hijos que suben a otro y la vida parece atragantársele.

Por cosas así me he zampado la serie.

Y por eso veré la tercera, supongo. 

Julio de 2026

 

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